martes, 30 de marzo de 2010

Una mirada



Una mirada desde la alcantarilla
puede ser una visión del mundo
la rebelión consiste en mirar una rosa
hasta pulverizarse los ojos
                               Alejandra Pizarnik
 

lunes, 29 de marzo de 2010

Mujer que dice chau

Me llevo un paquete vacío y arrugado de cigarrillos Republicana y una revista vieja que dejaste aquí. Me llevo los dos boletos últimos del ferrocarril. Me llevo una serv illeta de papel conuna cara mía que habías dibujado, de mi boca sale un globito con palabras, las palabras dicen cosas cómicas. También llevo una hoja acacia recogida en la calle, la otra noche, cuando caminábamos separados por la gente. Y otra hoja,  petrificada, blanca, que tiene un agujerito como una ventana, y la ventana estaba velada por el agua y yo soplé y te vi y ése fue el día en que empezó la suerte.

Me llevo el gusto del vino en la boca. (Por todas las cosas buenas, decíamos, todas las cosas cada vez mejores, que nos van a pasar).

No me llevo ni una sola gota de veneno. Me llevo los besos cuando te ibas (no estaba nunca dormida, nunca). Y un asombro por todo esto que ninguna carta, ninguna explicación, pueden decir a nadie lo que ha sido.

domingo, 28 de marzo de 2010

Schávelzon al rescate de la historia

“La idea es mostrar la historia de Buenos Aires con una mirada distinta, que es la de la arqueología –explica Schávelzon–. Esto es con los restos materiales, evidencias concretas. Una cosa es hablar de la fiebre amarilla desde un documento que te cuenta y otra es tratar de reconstruir desde los frascos de remedios y los lugares donde estaban los cementerios. La gente no tiene idea de dónde estaban, debajo de qué sitios hay cuerpos enterrados; no es muy conocido, por ejemplo, que en el parque Ameghino, donde hoy juegan los pibes, frente a la ex cárcel de Caseros, estaba el Cementerio Sur. Tampoco hay mucha idea de que los remedios que les daban a los afectados no servían para nada: a esa altura no se sabía que la enfermedad se transmitía por el mosquito.”

“La fiebre amarilla afectó sobre todo a los grupos más pobres, a los esclavos libertos que no tenían trabajo, que vivían en pésimas condiciones higiénicas, hacinados –-explica–. La ciudad, la gran aldea, era más aldea que gran, digamos: incluso las familias con dinero vivían con una insalubridad brutal. Fue necesaria esta epidemia, antecedida por dos brotes de cólera, para reformular la estructura de la ciudad. Hoy, salvando las distancias, con las inundaciones volvemos a padecer una crisis estructural de ese tipo. Ya no se soluciona con parches, con caños diez centímetros más anchos: cometimos una serie de errores tan grandes que desembocamos en un estado de situación irreversible: hay que empezar de vuelta. Y hay un círculo vicioso: el que tiene que resolver el problema es el que lo genera, el propio gobierno, que permite que se siga edificando sobre la franja costera. Construyeron una pileta de natación. La solución sería tan costosa y monstruosa que ni da la imaginación; no sé, a lo mejor otro país, Alemania, que de pronto decidió limpiar el Rhin. Pero para nosotros es absurdo: ni siquiera podemos con el Riachuelo, que es un cosito.”

Yo creo que hay una vieja tradición argentina de concepción de progreso, de que todo lo que es pasado es retrógrado y conservador: eso, evidentemente, no es cierto, y es una de las causas por las que seguimos en el subdesarrollo –argumenta–. Y creo, por otro lado, que la comunidad científica y académica no toma las decisiones necesarias para impulsar este tipo de acciones. El Estado no hace un museo, y como considera al área su monopolio, tampoco deja que intervenga la iniciativa privada. Es obvio que el Estado tiene otras prioridades –educación, darle de comer a la gente–, pero también podría admitir una entidad privada a la que, en contrapartida, controle y maneje.”


Estos fragmentos corresponden al arqueólogo Daniel Schávelzon* y pertenecen al artículo (publicado en el Suplemento Radar de Página/12) "Las joyas de la reina" de Angel Berlanga, a propósito del programa televisivo que emitirá Canal Encuentro. El texto es imperdible: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-6028-2010-03-28.html
 
*Es arquitecto y arqueólogo. En 1986 lanzó el Programa de Arqueología Urbana de la Universidad de Buenos Aires. Y desde 1991, ese Programa se transformó en el Centro de Arqueología Urbana en el ámbito de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo, donde se desempeña desde entonces. Para saber más acerca de su tarea puede visitarse su blog: http://www.danielschavelzon.com.ar/

sábado, 27 de marzo de 2010

El mar golpeó en mis venas (P.Aznar y P. Metheny)


Al mar eché un poema
que llevó con él mis preguntas y mi voz
Como un  lento barco se perdió en la espuma

Le pedí que no Diera la vuelta
sin haber visto el altamar
Y en sueños hablar conmigo de lo que vio

Aún si no volviera
yo sabría si llegó

Viajar la vida entera
por la calma azul o en tormentas zozobrar
Poco importa el modo si algún puerto espera

Aguardé tanto tiempo el mensaje
que olvidé volver al mar
Y así yo perdí aquel poema
Grité a los cielos todo mi rencor
Lo hallé por fin, pero escrito en la arena
como una oración

El mar golpeo en mis venas
y liberó mi corazón.

Sábado, en casa

21 de junio de 1969

Era sábado y estábamos invitados a un almuerzo de compromiso. Pero a cada uno de nosotros le gustaba demasiado el sábado como para gastarlo con una pareja fuera de moda. Cada uno había sido feliz alguna vez y había quedado con la marca del deseo. Yo, yo quería todo. Y nosotros allí presos, como si nuestro tren se hubiese descarrilado y fuéramos obligados a aterrizar entre extraños. Nadie allí me quería, yo no quería a nadie. En cuanto a mi sábado -que fuera de la ventana se balanceaba en acacias y sombras-, prefería, a gastarlo mal, encerrarlo en la mano dura, aquel sábado perdido, donde lo estrujaba como a un pañuelo. A la espera del almuerzo, bebíamos sin placer, a la salud del resentimiento: mañana ya sería domingo. No es contigo con quien quiero, decía nuestra mirada sin humedad, y soplábamos despacio el humo del cigarrillo seco. La avaricia de no compartir el sábado iba royendo poco a poco y avanzando como herrumbre, hasta que cualquier alegría sería un insulto a la alegría mayor.

Únicamente la dueña de casa parecía no economizar el sábado para usarlo en mejor compañía. Ella, sin embargo, cuyo corazón ya había conocido otros sábados. ¿Cómo había podido olvidar que se quiere más y más? No se impacientaba siquiera con el grupo heterogéneo, soñador y resignado que en su casa sólo esperaba como a la hora de que partiera el primer tren, cualquier tren, menos quedarse en aquella estación vacía, menos tener que refrenar el caballo que correría con el corazón golpeando a otros, otros caballos.

Finalmente pasamos a la sala para un almuerzo que no tenía la bendición del hambre. Y fue cuando sorprendidos nos encontramos con la mesa. No podía ser para nosotros... Era una mesa para hombres de buena voluntad. ¿Quién sería el invitado realmente esperado y que no había venido? Pero éramos nosotros mismos. ¿Entonces aquella mujer daba lo mejor, no importaba a quién? Y lavaba contenta los pies del primer extranjero. Cohibidos, mirábamos.

La mesa había sido cubierta por una solemne abundancia. Sobre el mantel blanco se amontonaban espigas de trigo. Y manzanas rojas, enormes zanahorias amarillas, redondos tomates de piel casi estallando, cayotes de un verde líquido, ananás malignos en su salvajería, naranjas anaranjadas y calmas, maxixes erizados como puercoespines, pepinos que se cerraban duros sobre la propia carne acuosa, pimentones huecos y enrojecidos que ardían en los ojos, todo enmarañado en barbas húmedas de maíz, pelirrojas como las de junto a una boca. Y los granos de uva. Las más violetas de las uvas negras y que apenas podían esperar por el instante de ser aplastadas. Y no les importaba aplastadas por quién, como la dueña de casa tiempo atrás. Los tomates eran redondos para nadie: para el aire, para el redondo aire. El sábado era de quien viniese. Y la naranja endulzaría la lengua de quien primero llegase. Junto al plato de cada mal invitado, la mujer que lavaba pies de extraños había puesto -aun sin elegirnos, aun sin amarnos- un ramo de trigo o un racimo de rabanitos ardientes o una tajada roja de sandía con sus alegres semillas. Todo cortado por la acidez española que se adivinaba en los limones verdes. En los cuencos estaba la leche, como si hubiese atravesado con las cabras el desierto de los peñascos. Vino, casi negro de tan pisado, se estremecía en vasijas de barro. Todo delante de nosotros. Todo limpio del retorcido deseo humano. Todo como es, no como quisiéramos. Sólo existiendo, y todo. Así como existe un campo. Así como las montañas. Así como hombres y mujeres, y no nosotros, los ávidos. Así como un sábado. Así, como sólo existe. Existe.

En nombre de nada, era hora de comer. En nombre de nadie, era bueno. Sin ningún sueño. Y nosotros poco a poco a la par de la noche, poco a poco anónimos, creciendo, más grandes a la altura de la vida posible. Entonces, como hidalgos campesinos, aceptamos la mesa.

No había holocausto: todo aquello quería tanto ser comido cuanto nosotros queríamos comerlo. No guardando nada para el día siguiente, allí mismo ofrecí lo que sentía a aquello que me lo hacía sentir. Era un vivir que no había pagado de antemano con el sufrimiento de la espera, hambre que nace cuando la boca ya está cerca de la comida. Porque ahora teníamos hambre, hambre entera que abrigaba el todo y las migajas. Quien bebía vino, con los ojos tomaba cuenta de la leche. Quien, lento, bebió leche, sintió el vino que el otro bebía. Allá afuera Dios en las acacias. Que existían. Comíamos. Como quien da agua al caballo. La carne trinchada fue distribuida. La cordialidad era ruda y rural. Nadie habló mal de nadie porque nadie habló bien de nadie. Era una reunión de cosecha, se dio una tregua incluso a las nostalgias. Comíamos. Con una horda de seres vivos, cubríamos gradualmente la tierra. Ocupados como quien labra la existencia, y planta y cosecha, y mata, y vive, y muere, y come. Comí con la honestidad de quien no engaña lo que come: comí aquella comida, no su nombre. Nunca Dios fue tomado por lo que Él es. La comida, decía, ruda, feliz, austera: come, come y reparte. Todo aquello me pertenecía, aquélla era la mesa de mi padre. Comí sin ternura, comí sin la pasión de la piedad. Y sin ofrecerme a la esperanza. Comí sin ninguna nostalgia. Y yo bien valía aquella comida. Porque no siempre puedo ser la guarda de mi hermano, y no puedo ser mi guarda, ah no me quiero más: no quiero formar la vida porque la existencia ya existe. Existe como un suelo donde todos nosotros avanzamos. Sin una palabra de amor. Sin una palabra. Pero tu placer entiende el mío. Somos fuertes y comemos. Pan es amor entre extraños

Clarice Lispector

A propósito de la próxima publicación de "Descubrimientos", libro que recoge artículos y relatos de la autora.
Pueden leerse otros textos suyos en el Suplemento ADN, http://www.lanacion.com.ar/diario-de-hoy/suplementos/adn-cultura/index.asp

martes, 23 de marzo de 2010

1976 - 24 de marzo - 2010

Ella está en el horizonte -dice Fernando Birri-. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré. ¿Para que sirve la utopía? Para eso sirve: para caminar.

domingo, 21 de marzo de 2010

1976 - 24 de marzo - 2010


Fotos y Recuadros
Por Eva Giberti

Los vemos fotografiados como si fueran personas comunes, como tantos otros, sentados en fila, a veces con aire solemne, en oportunidades como borrachos, pero siempre rigurosamente trajeados, como si el traje y la corbata los condujese a reconocer la seriedad del trámite y la investidura del tribunal. Menos uno que aparece en pullover, deportivamente, para poder arremangarse y diferenciarse de los otros como el que se atreve a más y tiene más poder o más capacidad de seducción masculina, diferenciación histórica entre las fuerzas armadas.


Por fin podemos mirarlos, recortarlos, y con sus figuras armar nuevas escenas, como cuando los chicos diseñan sus collages. Una vez recortados podemos pegarlos en el borde de la hoja o meterlos en un estanque, pintado con lápiz celeste, junto con los patos, o como parte de la granja sentados en tractores, o armar un escenario y sentarlos como público en una fiesta de fin de año mirando a los niñitos que cantan el himno. Podemos recortar esas fotografías destrozando la página del diario y construir miles de imágenes, como si fuéramos los dueños de esas vidas. Que ahora deben responder ante la Justicia porque ellos armaron las trágicas escenas que el 24 de marzo conmemora, cuando algunos de ellos sentados frente a su escritorio firmaban las órdenes que hoy dicen no haber firmado.

Esas fotos no nos muestran a quienes nos miran de frente, salvo un primer plano buscado por algún periodista, están de costado o mirando hacia abajo, escondida la mirada por el azar fotográfico.

Son las caras de quienes torturaron y desaparecieron cuando se enancaron en un 24 de marzo para perdurar indefinidamente.

Si volteamos las hojas de Página/12, otras son las fotos que nos miran de frente, desde el vacío de la ausencia, la cara de otro que existía y que fue expulsado de su vida, que está presente cada día. Pero no es ésa la cuestión, la del recuerdo interminable. Desde esas caras que surgen en el diseño de las páginas se reconoce el alerta escondido que brota desde la ausencia. Pero difícilmente se encuentre el sobresalto que podría surgir en el Yo de quien las mira como si no importaran, como un recuadro más del diario. Pero no son un recuadro más, son los desaparecidos.

Esas caras que parecerían ajenas, vaya a saber quiénes serían aquellas gentes desaparecidas que, en la letra del periódico, enhebran mensajes amorosos escritos por amigos y familiares, aparecen y nos alertan, sin que las escuchemos, diciéndonos que la lucha que les robó la vida no terminó.

Ese sujeto que desde el recuadro me mira fatalmente me sobresalta, aunque no quiera atenderlo ni recordarlo. Es un prójimo que apela a mi indiferencia y a mi descuido, que me descubre desde su mirada, como diría Sartre: “La mirada que manifiestan los ojos, no importa de qué naturaleza éstos sean, es puro retorno a mí mismo”.

El surgimiento de ese otro que me mira no es solamente una molestia que se trata de eludir sin mirarlo ni leerlo, ese prójimo que me despoja de mi libertad, como diría Sartre, para quedarme tranquilo y pensar que el horror terminó porque Strassera dio la orden “Nunca Más”. Ese prójimo ocupa el lugar de la palabra viva de cada día, despertándonos.

Ahora podemos entrar en el campo de los asesinos, podemos mirarlos mientras viven, congelarlos en las fotos y recortarlos, por lúgubre que parezca la idea, sin embargo, mientras tanto se cocina el engaño y se perfecciona la trampa: son otros, invisibles, los que están esperando su turno para volver como sea.

Si éste es el comentario para un 24 de marzo, no parece un homenaje a la memoria de los ausentes, menos aún un recordatorio triunfal. No lo es porque la tensión positiva que produce el mirar a los enjuiciados no aminora los efectos del terrorismo de Estado en las generaciones sucesivas ni la inspiración que suscitaron en otros que ahora se enmascaran tras la demanda de mano dura.

Resaltar la singular coyuntura que enlaza a los victimarios siendo juzgados, con sus fotos publicadas en las mismas páginas que honran sus víctimas en homenaje permanente, sólo pretende recordar que cada recuadro es parte de una lucha en la historia del país y como tal corresponde sea leído y mirado. Los otros trajeados con saco y corbata se recordarán como los que ensangrentaron y empobrecieron al país. Sus admiradores activos no están siendo juzgados, todavía.

Publicado en Página/12 el miércoles 17 de marzo de 2010.

jueves, 18 de marzo de 2010

Nuevo Taller de Lectura

"Alguien me dijo:
-¿Quieres vivir?
Alguien me preguntaba si deseaba vivir.
Era, entonces, que mi sangre no se fue toda. Era, también, que había llegado el indio.
Podía, pues, no morir. No morir aún.
Me desgarró la ropa.
Después sentí la prisión del torniquete en los brazos y supe que mis manos sin dedos ya no manarían sangre.
Tal vez dormité, tal vez no.
Volvía de la nada.
Quise reconstruir el mundo.
Despegué los párpados tan pausadamente como si eleborara el alba.
Él me contemplaba.
No era indio. Era el niño rubio. Sucio, estragadas las ropas, todavía no mayor de doce años.
Comprendí que era yo, el de antes, que no había nacido de nuevo, cuando pude hablar con mi propia voz, recuperada, y le dije a través de una sonrisa de padre:
-No has crecido.
A su vez, con irreductible tristeza, él me dijo:
-Tú tampoco"

Fragmento final de la novela "Zama"
de Antonio Di Benedetto.



Por comentarios sugeridos

La liebre dorada Informa:


Nuevo Taller de Lectura

Para más información


Inicia en abril
Día, horario y Lugar: a confirmar.
Costo mensual: $140 (incluye material teórico)


Temario

*Teoría sobre el cuento: J. Cortázar, R. Piglia, A. Castillo, L. Valenzuela.
*Concepto y modos de ficción. J. J. Saer Concepto y modos de representación.
*Horizonte de recepción y de expectativa
*El narrador y su punto de vista
*Construcción de personaje
*El tiempo y el espacio
*Análisis de estilo: tonos y lenguaje
*El proceso de lectura y el proceso de escritura.
*Lecturas complementarias: se entregará material teórico por cada temática abordada.

Lecturas durante el Taller:
* Lenta biografía (Novela) de Sergio Chejfec (Argentina):
“¿Qué sucede cuando quién relata tiene que componer un universo que se esfuma en los rostros y gestos borrados de sus ancestros judíos? ¿Cómo es posible computar, más allá del registro sentimental, una experiencia que parece inescribible y fuera de lugar? ¿Cómo conjeturar y recomponer las piezas de una memoria –la del narrador y la paterna- fracturada para siempre?
Fijarse una identidad e inscribirse en la genealogía paterna es también expropiar el origen, traicionar el nombre del padre para fijar el territorio propio del narrador. Donar al padre una versión de su vida, si se quiere, es un acto de fidelidad; pero también, es hacerlo perder el rostro en la diáspora de las palabras ajenas”. En Siete Notas sobre la poética de Sergio Chejfec

* Papá (Novela) de Federico Jeanmaire (Argentina). Entre el relato de la memoria y la construcción de la identidad literaria.
“Siempre he preferido la belleza a la verdad. La verdad se me antoja un imposible. No le creo. Nunca le he creído del todo a ninguna verdad. No sé. Ni siquiera he podido creer completamente en las verdades más mías. En las íntimas, en las propias. Por suerte, para mí, la literatura no se hace con verdades. Como cualquier otro arte, la literatura es una discusión infinita. Y el hipotético día en que se termine con esa eterna discusión, ese mismo hipotético día también habrá terminado la literatura. Aunque es cierto que hay normas, leyes que se agolpan en los alrededores de los papeles en blanco., Pero, claro, resulta prácticamente imposible llenar esos papeles en blanco con literatura si respetamos puntualmente todas y cada una de esas leyes. Lo literario nace de lo ilegítimo, de lo insoportable”. En Papá de F. Jeanmaire.

* La hora de la estrella (Novela) de Clarice Lispector (Brasil). La metaficción en la creación literaria. Dice la autora:
“Escribir es una maldición que salva. Es una maldición porque obliga y arrastra, como un vicio penoso del cual es imposible librarse. Y es una salvación porque salva el día que se vive y que nunca se entiende a menos que se escriba. ¿El proceso de escribir es difícil? Es como llamar difícil al modo extremadamente prolijo y natural con que es hecha una flor. No puedo escribir mientras estoy ansiosa, porque hago todo lo posible para que las horas pasen. Escribir es prolongar el tiempo, dividirlo en partículas de segundos, dando a cada una de ellas una vida insustituible. Escribir es usar la palabra como carnada, para pescar lo que no es palabra. Cuando esa no-palabra, la entrelínea, muerde la carnada, algo se escribió. Una vez que se pescó la entrelínea, con alivio se puede echar afuera la palabra”.


* La tarde de un escritor (Novela) de Peter Handke (Alemania). La imposición de la palabra.
“He empezado a escribir bajo el signo del relato. Hay que seguir. Dejar que las cosas existan. Hacerlas plausibles. Exponerlas. Legarlas. Seguir elaborando la más fugaz de las materias, tu aliento; ser su artesano”. En La tarde de un escritor de P. Handke.

* De A para X (Novela Epistolar) de John Berger (Inglaterra). El “mirar” y la narrativa poética.
“¿Es algo que hice hace mucho tiempo? ¿O es algo que quería hacer y todavía no he hecho? Igual da. El caso es que en algún momento pensé en poner mi mano en una carta, dibujar su contorno y enviártela. Un poco después de cuando fuera que lo pensara, me topé con un libro en el que enseñaban a dibujar manos y lo abrí y lo vi. Página a página. Decidí comprármelo. Se parecía ala historia de nuestra vida. Todas las historias son también historias de manos, manos que agarran, que sopesan, que señalan, que unen, que amasan, que enhebran, que acarician; manos abandonadas en ele sueño, manos que cortan, que comen, que limpian, que tocan música, que rascan, que asen, que pelean, que se aferran, que aprietan un gatillo, que se cruzan. En cada página del libro hay un delicado dibujo de manos ejecutando una acción específica… Y me miro las manos, que quieren tocarte, y me parecen obsoletas, porque hace tanto que no te acarician…” En De A para X de John Berger.

* Las Primas (Novela) de Aurora Venturini. La desacralización de la literatura.
“Rum…rum…rum…murmuraba Betina, mi hermana paseando su desgracia por el jardincillo y los patios de laja. El rum solía empaparse en las babas de la boba que babeaba. Pobre Betina. Error de la naturaleza. Pobre yo, también error y más aún mi madre que cargaba olvido y monstruos. Pero todo pasa en este mundo inmundo. Por eso no es lógico afligirse demasiado por nada ni por nadie. A veces pienso que somos un sueño o pesadilla cumplida día a día que en cualquier momento ya no será, ya no aparecerá en la pantalla del alma para atormentarnos”. En Las Primas de Aurora Venturini.

¿Y si hoy fuese ayer?

¿Y si estuvieses leyendo una revista vieja en la sala de espera del dentista?

¿Y si el violador del parque fuera tu hermano?

¿Y si Serra gana las elecciones?

¿Y si estuvieses en el mar del Caribe con la persona que amás?

¿Y si ahora fuese mediodía?

¿Y si tuvieses anorexia?

¿Y si estuviésemos en 1945?

¿Y si sonara “Wave” con João Gilberto?

¿Y si pudieses volar por 30 minutos?

¿Y si tu teléfono sonase ahora?

¿Y si escuchases la voz de Bono de U2 susurrándote “I Love You”?

¿Y si estuvieses ahora en una cama de un hospital público sintiendo dolor?

¿Y si no pudieses leer?

¿Y si estuvieses en el desierto con mucha sed y una persona muy idiota?

¿Y si estuvieses sin ropa junto a una persona que te excita mucho?

¿Y si todos los días fuesen nublados?

¿Y si no existiese la TV Globo?

¿Y si fuésemos parientes?
¿Y si Chico Buarque no hubiese compuesto “Construcción”?

¿Y si acá fuera Helsinki?

¿Y si acá se transformase en Buenos Aires?
¿Y si acá fuese Cachemira?

¿Y si no me hubiese roto el cuello en aquel auto en el 94?

¿Y si te hacen un flor de regalo?

¿Y si hoy comés una fruta totalmente desconocida?

¿Y si hoy comés una langosta?

¿Y si nos conocemos íntimamente esta semana?

¿Y si hoy hay algún tipo de hostilidad para con vos?

¿Y si amanece lloviendo mucho?

¿Y si el planeta Tierra comenzase a girar cada vez más acelerado?

¿Y si te encontrás con varias flores nuevas en la ventana de tu cuarto?

¿Y si nunca tuvieras tiempo?

¿Y si parás para respirar ahora?

¿Y si mañana no hay humanidad para vos?

¿Y si no hubiera ningún policía en las calles?

¿Y si comenzaras una inesperada psicoterapia?

¿Y si Caín y Abel nunca hubieran tenido problemas?

¿Y si hubieras estado en la hora y en el lugar equivocado el 11 de septiembre de 2001?

¿Y si nuestro hígado dejase de secretar bilirrubina?

¿Y si acabaras de conocer a alguien que te acompañará 8 horas por día?

¿Y si usás una corbata de un color totalmente extraño?

¿Y si terminás con una apariencia especialmente elegante?

¿Y si te torcés el pie?

¿Y si no tuvieses pie?

¿Y si fueras del tipo de persona que va a la manicura a hacerse el pie?

¿Y si no te gustase tu propio pie?
¿Y si no estuvieses aguantando más tanto ‘¿y si…?’?

¿Y si el dólar no para de subir?

¿Y si la marihuana fuese liberada?

¿Y si los judíos no conmemorasen el Día del Perdón?

¿Y si Dios hubiese hecho el mundo en seis días y no pudiese descansar?

¿Y si Carandirú continuase y vos fueses a vivir allá adentro?

¿Y si E = mc2 dejase de ser una ecuación verdadera?

¿Y si te tragás un gusano con la comida?

¿Y si tus dientes comenzasen a dolerte ahora?

¿Y si no pudiésemos más contar con el amor de nuestros cachorros?

¿Y si tuvieses un nuevo bebé esperando en casa?

¿Y si pensás que me volví loca?

¿Y si percibiésemos que el presente es siempre un presente para nosotros?

¿Y si Bob Wolfenson fotografiase un plato para vos?

¿Y si Chico César hiciese una composición en un plato para vos?

¿Y si adquirieses una colección de platos artísticos, para alta cocina?

¿Y si pudieses ayudar a mejorar la vida de los discapacitados?

¿Y si pensases que estoy haciendo marketing social en este artículo?

¿Y con eso qué?


Mara Grabilli

Publicitaria, psicóloga. Siendo tetrapléjica dirige la ONG Proyecto Próximo Paso, ligado a la calidad de vida de las personas con discapacidad.
Publicado en TPM, octubre de 2001.

Publicado hoy en Crítica de la Argentina

martes, 16 de marzo de 2010

Mediadores de la palabra

“¿Qué es un lector feliz?
Mi definición del día, muy parcial, seria quizá la siguiente: alguien que, gracias a haber compartido una experiencia inicial gratificante con un intercesor, hizo entrar en su experiencia, en sus sueños, en su cuerpo, algunos textos e imágenes gracias a los cuales desarrolló una mayor capacidad de acoger, discernir, nombrar, sentir, pensar, compartir, lo que pasa en él, y lo que encuentra. Una mayor capacidad de asombro. Esta lectura va con el movimiento del deseo, con la búsqueda de otra cosa, con una espera. Ayuda a abrir en sí espacio para el Otro. El Otro que está alrededor de nosotros, cada mañana, bajo la forma de ese mundo que se nos permite ver y que no vemos más. El Otro bajo la forma de todos esos rostros que cruzamos, aquí o allá. El Otro, con las posibilidades, y los riesgos, que todo encuentro implica.”

Michéle Petit.
Antropóloga francesa, ha realizado también estudios de sociología, psicoanálisis y lenguas orientales.

Sus investigaciones han tenido un lugar relevante en los estudios sobre la lectura en el medio rural y el papel de las bibliotecas públicas en la lucha contra los procesos de exclusión

Entre su obra escrita se destaca "Nuevos acercamientos a los jóvenes y la lectura" y "Lecturas: del espacio íntimo al espacio público", publicadas por el Fondo de Cultura Económica.



sábado, 13 de marzo de 2010

Katherine Mansfield

Aunque hacía un tiempo maravilloso, el azul del firmamento estaba salpicado de oro y grandes focos de luz como uvas blancas bañaban los Jardins Publiques. La señorita Brill se alegró de haber cogido las pieles. El aire permanecía inmóvil, pero cuando una abría la boca se notaba una ligera brisa helada, como el frío que nos llega de un vaso de agua helada antes de sorber, y de vez en cuando caía revoloteando una hoja –no se sabía de dónde, tal vez del cielo–. La señorita Brill levantó la mano y acarició la piel. ¡Qué suave maravilla! Era agradable volver a sentir su tacto. La había sacado de la caja aquella misma tarde, le había quitado las bolas de naftalina, la había cepillado bien y había devuelto la vida a los pálidos ojitos, frotándolos. ¡Ah, qué agradable era volverlos a ver espiándola desde el edredón rojo...! Pero el hociquito, hecho de una especie de pasta negra, no se conservaba demasiado bien. No acababa de ver cómo, pero debía haber recibido algún golpe. No importaba, con un poquito de lacre negro cuando llegase el momento, cuando fuese absolutamente necesario... ¡Ah, picarón! Sí, eso era lo que en verdad sentía. Un zorrito picarón que se mordía la cola junto a su oreja izquierda. Hubiera sido capaz de quitárselo, colocarlo sobre su falda y acariciarlo. Sentía un hormigueo en los brazos y las manos, aunque supuso que debía ser de caminar. Y cuando respiraba algo leve y triste –no, no era exactamente triste– algo delicado parecía moverse en su pecho.

Aquella tarde había bastante gente paseando, bastante más que el domingo anterior. Y la orquesta sonaba más alegre y estruendosa. Había empezado la temporada. Y aunque la banda tocaba absolutamente todos los domingos, fuera de temporada nunca era lo mismo. Era como si tocasen sólo para un auditorio familiar; cuando no había extraños no les importaba mucho cómo tocaban. ¿Y no iba el director con una levita nueva? Habría jurado que era nueva. Frotó los pies y levantó ambos brazos como un gallo a punto de cantar, y los músicos, sentados en el quiosco verde, hincharon los carrillos y atacaron la partitura.

Ahora hubo un fragmento de flauta –¡hermosísimo!–, como una cadenita de refulgentes notas. Estaba segura de que se repetiría. Y se repitió; la señorita Brill levantó la cabeza y sonrió.

Sólo otras dos personas compartían su asiento “especial”: un anciano caballero con un abrigo de terciopelo, que apoyaba las manos en un enorme bastón tallado, y una robusta anciana, que se sentaba muy rígida, con un rollo de media sobre el delantal bordado. Pero no hablaban. Lo cual en cierto modo fue una desilusión, puesto que la señorita Brill siempre anhelaba un poco de conversación. Pensó que, en verdad, empezaba a tener bastante experiencia en escuchar haciendo ver que no escuchaba, en sentarse dentro de la vida de otra gente durante un instante, mientras los otros charlaban a su alrededor.

Miró de reojo a la pareja de ancianos. Quizá pronto se fuesen. El último domingo tampoco había resultado tan interesante como de costumbre. Un inglés con su esposa, él con un horripilante panamá y ella con botines. Y la mujer se había pasado todo el rato insistiendo en que debería llevar gafas; diciendo que notaba que las necesitaba; pero que de nada servía hacerse unas porque estaba segura de que se le iban a romper y de que no se le sujetarían bien. Y su marido se había mostrado tan paciente. Le había sugerido de todo: montura de oro, del tipo que se sujeta a las orejas, unas pequeñas almohadillas dentro del puente... Pero no, nada la satisfacía. “Seguro que siempre me resbalarían por la nariz”. La señorita Brill le habría propinado una buena azotaina con muchísimo gusto.

Los ancianos continuaban sentados en el banco, quietos como estatuas. No importaba, siempre había montones de gente a quien mirar. De un lado para otro, pasando frente a los arriates cuajados de flores, junto al templete de la orquesta, paseaban grupitos y parejas, se detenían a charlar, se saludaban, compraban un ramito de flores a un viejo pordiosero que tenía la canastilla colgada de la barandilla. Algunos niños corrían entre los grupos, empujándose y riendo; chiquillos con grandes lazos de seda blanca atados al cuello, y niñitas, muñequitas francesas, vestidas de terciopelo y puntillas. Y a veces algún pequeño que apenas caminaba aparecía tambaleándose entre los árboles, se detenía, miraba, y de pronto se dejaba caer sentado, ¡flop!, hasta que su mamaíta, calzada con altos tacones, corría a socorrerlo, como una clueca joven, regañándolo. Otros preferían sentarse en los bancos y en las sillas pintadas de verde, pero éstos eran casi siempre los mismos un domingo tras otro y –tal como la señorita Brill había advertido a menudo– casi todos ellos tenían algún detalle curioso y divertido. Eran gente rara, silenciosa, en su mayoría ancianos y, por el modo como miraban, parecía que acabasen de salir de alguna habitacioncita oscura o incluso de... ¡de un armario!

Detrás del quiosco se levantaban esbeltos árboles de hojas amarillentas que pendían hacia el suelo, y al fondo se divisaba el horizonte del mar, y más arriba el cielo azul con nubes veteadas de oro.

¡Tum-tum-tum, ta-ta-tararí, pachín, pachum, ta-ti-tirirí, pim, pum!, tocaba la banda.

Dos jovencitas vestidas de rojo pasaron junto a ella y fueron a encontrarse con dos soldados de uniforme azul, y juntos rieron, se aparejaron, y siguieron del brazo. Dos mujeres rollizas, con ridículos sombreros de paja, cruzaron con toda seriedad tirando de sendos borriquillos de hermoso pelaje gris ahumado. Una monja lívida y fría pasó apresuradamente. Una hermosísima mujer perdió su ramillete de violetas mientras se acercaba paseando, y un niñito corrió a devolvérselas, pero ella las tomó y las arrojó lejos, como si estuviesen envenenadas. ¡Vaya por Dios! ¡La señorita Brill no sabía si admirar o no aquel gesto! Y ahora se reunieron exactamente delante de ella una toca de armiño y un caballero vestido de gris. El hombre era alto, envarado, muy digno, y ella llevaba la toca de armiño que había comprado cuando tenía el pelo rubio. Pero ahora todo, el pelo, el rostro, los ojos, era del color de aquel ajado armiño, y su mano, enfundada en un guante varias veces lavado, subió hasta tocarse los labios, y era una patita amarillenta. ¡Oh, estaba tan contenta de volver a verlo... estaba encantada! Había tenido el presentimiento de que iba a encontrarlo aquella tarde. Describió dónde había estado: un poco por todas partes, aquí y allí, y en el mar. Hacía un día maravilloso, ¿no le parecía? ¿Y no le parecía que quizá podían...? Pero él negó con la cabeza, encendió un cigarrillo, y soltó despacio una gran bocanada de humo al rostro de ella, y mientras la mujer continuaba hablando y riendo, apagó la cerilla y siguió caminando. La toca de armiño se quedó sola; y sonrió aún con mayor alegría. Pero incluso la banda pareció adivinar sus sentimientos y se puso a tocar con mayor dulzura, suavemente, mientras el tambor redoblaba repitiendo: “¡Qué bruto! ¡Qué bruto!”. ¿Qué iba a hacer? ¿Qué sucedería ahora? Pero mientras la señorita Brill se planteaba estas preguntas, la toca de armiño se giró, levantó una mano, como si hubiese visto a algún conocido, a alguien mucho más agradable, por aquel lado, y se dirigió hacia allí. Y la banda volvió a cambiar de música y se puso a tocar a un ritmo más vivo, mucho más alegre, y el anciano matrimonio sentado al lado de la señorita Brill se levantó y desapareció, y un viejo divertidísimo con largas patillas que avanzaba al compás de la música estuvo a punto de caer al tropezar con cuatro muchachas que venían cogidas del brazo.

¡Oh, qué fascinante era aquello! ¡Cómo le divertía sentarse allí! ¡Le agradaba tanto contemplarlo todo! Era como si estuviese en el teatro. Igualito que en el teatro. ¿Quién habría adivinado que el cielo del fondo no estaba pintado? Pero hasta que un perrito de color castaño pasó con un trotecillo solemne y luego se alejó lentamente, como un perro “teatral”, como un perro amaestrado para el teatro, la señorita Brill no terminó de descubrir con exactitud qué era lo que hacía que todo fuese tan excitante. Todos se hallaban sobre un escenario. No era simplemente el público, la gente que miraba; no, también estaban actuando. Incluso ella tenía un papel, por eso acudía todos los domingos. No le cabía la menor duda de que si hubiese faltado algún día alguien habría advertido su ausencia; después de todo ella también era parte de aquella representación. ¡Qué raro que no se le hubiese ocurrido hasta entonces! Y, sin embargo, eso explicaba por qué tenía tanto interés en salir de casa siempre a la misma hora, todos los domingos, para no llegar tarde a la función, y también explicaba por qué tenía aquella sensación de rara timidez frente a sus alumnos de inglés, y no le gustaba contarles qué hacía durante las tardes de los domingos. ¡Ahora lo comprendía! La señorita Brill estuvo a punto de echarse a reír en alto. Iba al teatro. Pensó en aquel anciano caballero inválido a quien le leía en voz alta el periódico cuatro tardes por semana mientras él dormía apaciblemente en el jardín. Ya se había acostumbrado a ver su frágil cabeza descansando en el cojín de algodón, los ojos hundidos, la boca entreabierta y la nariz respingona. Si hubiese muerto habría tardado semanas en descubrirlo; y no le hubiera importado. ¡De pronto el anciano había comprendido que quien le leía el periódico era una actriz! “¡Una actriz!”. Su vieja cabeza se incorporó; dos luceritos refulgieron en el fondo de sus pupilas. “Actriz..., usted es actriz, ¿verdad?”, y la señorita Brill alisó el periódico como si fuese el libreto con su parte y respondió amablemente: “Sí, he sido actriz durante mucho tiempo”.

La orquesta había hecho un intermedio, y ahora retomaba el programa. Las piezas que tocaban eran cálidas, soleadas, y, sin embargo, contenían un algo frío –¿qué podía ser?–; no, no era tristeza –algo que hacía que a una le entrasen ganas de cantar–. La melodía se elevaba más y más, brillaba la luz; y a la señorita Brill le pareció que dentro de unos instantes todos, toda la gente que se había congregado en el parque, se pondrían a cantar. Los jóvenes, los que reían mientras paseaban, empezarían primero, y luego les seguirían las voces de los hombres, resueltas y valientes. Y después ella, y los otros que ocupaban los bancos, también se sumarían con una especie de acompañamiento, con una leve melodía, algo que apenas se levantaría y volvería a dulcificarse, algo tan hermoso... emotivo... Los ojos de la señorita Brill se inundaron de lágrimas y contempló sonriente a los otros miembros de la compañía. “Sí, comprendemos, lo comprendemos”, pensó, aunque no estaba segura de qué era lo que comprendían.

Precisamente en aquel instante un muchacho y una chica tomaron asiento en el lugar que había ocupado el anciano matrimonio. Iban espléndidamente vestidos; estaban enamorados. El héroe y la heroína, naturalmente, que acababan de bajar del yate del padre de él. Y mientras continuaba cantando aquella inaudible melodía, mientras continuaba con su arrobada sonrisa, la señorita Brill se dispuso a escuchar.

–No, ahora no –dijo la muchacha–. No, aquí no puedo.

–Pero ¿por qué? ¿No será por esa vieja estúpida que está sentada ahí? –preguntó el chico–. No sé para qué demonios viene aquí, si no la debe querer nadie. ¿Por qué no se quedará en su casa con esa cara de zoqueta?

–Lo más di... divertido es esa piel –rió la muchacha–. Parece una pescadilla frita.

–Bah, ¡déjala! –susurró el chico enojado–. Dime, ma petite chère...

–No, aquí no –dijo ella–. Todavía no.

Camino de casa acostumbraba a comprar un trocito de pastel de miel en la pastelería. Era su extra de los domingos. A veces le tocaba un trocito con almendra, otras no. Aunque entre uno y otro existía una gran diferencia. Si tenía almendra era como volver a casa con un pequeño regalo –con una sorpresa–, con algo que habría podido dejar de estar allí perfectamente. Los domingos que le tocaba una almendra corría a su casa y ponía el agua a hervir precipitadamente.

Pero hoy pasó por la pastelería sin entrar y subió la escalera de su casa, entró en el cuartucho oscuro –su aposento, que parecía un armario– y se sentó en el edredón rojo. Estuvo allí sentada durante largo rato. La caja de la que había sacado la piel todavía estaba sobre la cama. Desató rápidamente la tapa; y rápidamente, sin mirar, volvió a guardarla. Pero cuando volvió a colocar la tapa le pareció oír un ligero sollozo.


La señorita Brill
De Katherine Mansfield

Algunas de sus obras son:
"Te de manzanilla y otro poemas"
"Fiesta en el jardín"



viernes, 12 de marzo de 2010

Deseo

Sólo tu corazón caliente,
y nada más.

Mi paraíso un campo
sin ruiseñor
ni liras,
con un río discreto
y una fuentecilla.

Sin la espuela del viento
sobre la fronda,
ni la estrella que quiere
ser hoja.

Una enorme luz
que fuera
luciérnaga
de otra,
en un campo
de miradas rotas.

Un reposo claro
y allí nuestros besos,
lunares sonoros
del eco,
se abrirían muy lejos.

Y tu corazón caliente,
nada más.

martes, 9 de marzo de 2010

Peces de Amor

Nuestros cuerpos de peces

se deslizan uno al lado del otro.
Tu piel acuática nada en el sueño
junto a la mía
y brillan tus escamas en la luz lunar
filtrándose por las rendijas.
Seres traslúcidos flotamos
confinados al agua de nuestros alientos confundidos.
Aletas de piernas y brazos se rozan en la madrugada
en el oxígeno y el calor
que sube de las blancas algas
con que nos protegemos del frío.
En algún momento de la corriente
nos encontramos
lucios peces se acercan a los ojos abiertos
peces sinuosos reconociéndose las branquias agitadas.
Muerdo el anzuelo de tu boca
y poco después despierto
pierdo la aleta dorsal
las extremidades de sirena..

Gioconda Belli, En El ojo de la mujer. Antología. 1991.







Una política de la fantasía

"-¿Es importante la literatura?

-Sí y no sólo para los chicos. Me acuerdo de un decreto del año '78, durante la dictadura militar, que prohibía libros por "exceso de fantasía" y que alcanzó a una obra de Laura Devetach y a otra de Elsa Borneman. Tan absurdo no era para los fines que perseguía el proceso, porque me parece que la fantasía es vital. Es lo que te permite visualizar o imaginar que las cosas pueden ser distintas, que el lugar en el que estás o la cisrcunstancia que te toca pueden ser modificados. Que aquello que quizás es horrible o injusto, puede dejar de serlo si sabés por qué ocurre. La literatura abre puertas al conocimiento: de uno mismo, del entorno, del mundo... Evoca. moviliza, entretiene, desafía..."

Fragmento de la entrevista a la escritora Silvia Schujer

lunes, 8 de marzo de 2010

Mujeres: en una, todas

Descalza, desnuda, apenas envuelta en la Bandera Argentina, Isadora Duncan baila el Himno Nacional.
Una noche comete esa osadía, en un café de estudiantes de Buenos Aires y a la mañana siguiente todo el mundo lo sabe: el empresario rompe el contrato, las buenas familias devuelven sus entradas al Teatro Colon y la prensa exige la expulsión inmediata de esta pecadora norteamericana que ha venido a la Argentina a mancillar los símbolos patrios.
Isadora no entiende nada. Ningún francés protestó cuando ella bailó la Marsellesa con un chal rojo, azul y blanco por todo vestido.
Si se puede bailar una emoción, sí se puede bailar una idea, ¿por qué no se puede bailar un himno?
La libertad ofende.
Mujer de ojos brillantes, Isadora es enemiga declarada de la escuela tradicional, el matrimonio, la danza clásica, y de todo lo que enjaule al viento.
Ella baila porque bailando goza, y baila lo que quiere, cuándo quiere y como quiere, y las orquestas callan ante la música que nace de su cuerpo.

1916, Buenos Aires: Isadora
En "Mujeres" de Eduardo Galeano
Biblioteca Página/12 - N º 44

sábado, 6 de marzo de 2010

Eros es el Agua


Entre tus piernas

el mar me muestra extraños arrecifes

rocas erguidas corales altaneros

contra mi gruta de caracolas concha nácar

tu molusco de sal persigue la corriente

el agua corta me inventa aletas

mar de la noche con lunas sumergidas

tu oleaje brusco de pulpo enardecido

acelera mis branquias los latidos de esponja

los caballos minúsculos flotando entre gemidos

enredados en largos pistilos de medusa.

Amor entre delfines

dando saltos te lanzas sobre mi flanco leve

te recibo sin ruido te miro entre burbujas

tu risa cerco con mi boca espuma

ligereza del agua oxigeno de tu vegetación de clorofila

la corona de luna abre espacio al océano

De océano los ojos plateados

fluye larga mirada final

y nos alzamos desde el cuerpo acuático

somos carne otra vez

una mujer y un hombre

entre las rocas.

Gioconda Belli (Nicaragua, 1949)


* "El infinito en la palma de la mano", recibió el Premio Biblioteca Breve 2008. Otras novelas de la autora son "Waslala" y "La mujer habitada". En poesía, "El ojo de la mujer. Poesía Reunida" y " Apogeo".

jueves, 4 de marzo de 2010

Iniciamos el Taller

SEGUNDO AÑO CONSECUTIVO

LUNES 5 DE ABRIL DE 18 A 20 HS

COMIENZA EL TALLER DE LECTURA Y ESCRITURA

Lugar: Floresta /Av. Juan B. Justo al 6900

Costo mensual: $140 (incluye material teórico)


PARA CONOCER EL TEMARIO
PUEDEN INGRESAR A LA ENTRADA DEL 1/3/2010
DEL BLOG

 O ESCRIBIENDO A LOS MAILS

Mi infancia está en Tigre, ¿y la tuya?

Esperaré de pie,
amor mío,
esperaré de pie,

Una derrota,
no vence,
más que la muerte,

Año a año,
floreceré para ti,
te ofreceré mi cáliz,

Toma el azul,
el lila, el violáceo,
toma mi primavera,

Si no lo haces,
tendré motivos,
para florecer de nuevo,

Jacarandá
(Jacaranda mimosifolia)






Caminaré por ti,
te perseguiré,
iré tras tus pasos,

Caminaré por el lado salvaje,
como Lou Reed,
por su heroína,

Tú lo sabes, amor mío,
lo que va detrás tuyo,
lo que te persigue,

Es mi pasión de peregrino,
que me traslada,
sin dejar huellas,

Más que en mi alma,
callosa y con durezas,
rebeldes de quitar.

Incienso (Schinus Logifolius)

"El único modo posible de habitar una isla es ordenándole su caos. En ese caos propio de lo cerrado para sí no hay inclusión que no se presente como invasiva. No hay paraíso isleño salvo que entremos en él con hachas y motosierras. La figura del agrimensor nos permite comprender mejor algo de esto.
La isla es un sistema inestable, dinámico o cuántico que transcurre como Dios, fuera de nuestros intereses.
La isla que nosotros escribimos no está en la isla, pero esa naturaleza menor e inventada nos ha brindado una buena parte de la feclicidad. En este libro esa territorialidad está concebida como Poema".

*Esta cita y los poemas, pertenecen al libro "TIGRE" de Javier Cófreces y Alberto Muñoz, editado por Ediciones en Danza.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Labios Sim Beijos

Otra boca besa la boca que mi boca ya no besa,
otras manos tocan las manos que mis manos,
ya no tocan,
otros ojos se miran en los ojos que ya no ven,
mis ojos,

boca que te fuiste,
manos que se fueron,
ojos que se fueron,
mi mano escribe el poema,
que mi boca no quiere repetir, no,
que mis ojos no quieren leer, no,
mi mano escribe el poema de tu boca,
(que tampoco repetirá tu boca),
el poema de tus ojos,
(que tampoco leerán tus ojos),
el poema de tus manos,
(que tus manos no tocarán),


se fue la boca, sí
se fueron las manos, sí
se fueron los ojos, sí

sólo queda el poema
manco
ciego
mudo

Luis Rogelio Nogueras (Cuba, 1944-1985)

martes, 2 de marzo de 2010

"Más puntuales los sueños que los recuerdos, me visitaron para decirme que, por tercera vez, se cerraba el cielo de los años de su ausencia.
Comencé a sentir el día como una carga, melancólica, dolorosa.
Debía esperar la noche para la conmemoración solitaria y el ritual sencillo de mi culto de amor."



Fragmento del cuento "No" de Antonio Di Benedetto (Argentino, 1922-1986) perteneciente al libro "Cuentos claros" editado por Adriana Hidalgo en el año 2008.

Algunas de las obras del autor son: "Zama" (1956), "El Silenciero" (1964), "Los suicidas" (1969) y "Sombras nada más" (1984). El que sigue es un fragmento de su novela "Zama":



"Salí de la ciudad, ribera abajo, al encuentro solitario del barco que aguardaba, sin saber cuándo vendría.

Llegué hasta el muelle viejo, esa construcción inexplicable, puesto que la ciudad y su puerto siempre estuvieron donde están, un cuarto de legua arriba.

Entreverada entre sus palos, se manea la porción de agua del río que entre ellos recae.

Con su pequeña ola y sus remolinos sin salida, iba y venía, con precisión, un mono muerto, todavía completo y no descompuesto. El agua, ante el bosque, fue siempre una invitación al viaje, que él no hizo hasta no ser mono, sino cadáver de mono. El agua quería llevárselo y lo llevaba, pero se le enredó entre los palos del muelle decrépito y ahí estaba él, por irse y no, y ahí estábamos.

Ahí estábamos, por irnos y no"...

Celebrando a Oliverio Girondo


POEMA 12 de Oliverio Girondo

Se miran, se presienten, se DeSean,
se acarician, se besan, se desnudan,
se respiran, se acuestan, se olfatean,
se penetran, se chupan, se demudan,
se adormecen, se despiertan, se Iluminan,
se codician, se culpan, se fascinan,
se mastican, se gustan, se babean,
se confunden, se acoplan, se disgregan,
se aletargan, fallecen, se reintegran,
se distienden, se enarcan, se menean,
se retuercen, se estiran, se caldean,
se estrangulan, se aprietan se estremecen,
se tantean, se juntan, desfallecen,
se repelen, se enervan, se apetecen,
se acometen, se enlazan, se entrechocan,
se agazapan, se apresan, se dislocan,
se perforan, se incrustan, se acribillan,
se remachan, se injertan, se atornillan,
se desmayan, reviven, resplandecen,
se contemplan, se inflaman, se enloquecen,
se derriten, se sueldan, se calcinan,
se desgarran, se muerden, se Asesinan,
resucitan, se buscan, se refriegan,
se rehuyen, se evaden, y se entregan.


* En la imagen, una de las más bellas historias de amor que recrea Dante Alighieri ES"La Divina Comedia": Dante ven Virgilio y a Paolo Malatesta y Francesca da Rimini en el infierno creado por el artista Ary Scheffer (1795-1858), pero esa es otra historia.

lunes, 1 de marzo de 2010

El poético oficio de vivir




Un muerto que habla. Esa evidencia extraña, inverosímil ", APTA PARA TODAS LAS incredulidades", es lo que compele a escribir un Walsh, veinte años antes de que lo acorrale el cerco militar de Videla y Cía., Operación masacre, el libro que funda y pone en marcha El Sistema de (no) ficción con el que liquidará el realismo (y sobre todo el realismo "de izquierda").



Corre 1956, época dura para los peronistas pero no para Walsh, que tiene 29 años y pocas urgencias. Escribe cuentos policiales, lee literatura fantástica, Planea una "novela seria", juega al ajedrez. Hasta que una noche asfixiante de verano, seis meses Después del fallido alzamiento de Valle y la carnicería de José León Suárez, alguien le dice: "Hay un fusilado que vive". No es pues exactamente "la realidad", como se dice un Menudo, la que lo arranca de su confortable ecosistema pequeñoburgués y lo arroja a la arena de una sociedad Irrigada por la violencia: es esa frase más bien descabellada, Cien Por Ciento literaria, digna de Poe o de Lovecraft, que toma el libro por asalto y Empieza a multiplicarse en una extraña legión de espectros fantásticos, enterrados vivos, hombres-lombriz que VIVEN bajo tierra, muertos que respiran ... El muerto que habla entonces, testimonia que, es Livraga: Walsh, que está "afuera" porque no es peronista, es el que denuncia. Hay que decir, piensa Walsh Frente a ese zombi desfigurado por los tiros: Livraga tiene que decir lo que vio, lo que Vivio, que lo sabe, y Walsh, tiene que decir lo que le diga Livraga. Pero lo interesante del caso-lo que Demuestra hasta qué punto el muerto que habla es la encarnación del decir en todo Walsh, y no sólo en sus últimos textos-es el imperativo que lo afecta, lo cambia, lo hace pasar de la figura del que denuncia a la del que testimonia, y de a ahí, fatalmente, la del que testamenta, es decir: El que habla estando ya de algun modo muerto. "Hay que decir", piensa Walsh, y la compulsión lo Livraga con identificación, lo obliga Volverse un zombi él también, un desaparecer bajo tierra o, lo que es más o menos lo mismo, un otro ser. "Ahora (...) abandonaré mi casa y mi trabajo, me llamaré Francisco Freyre, tendré una cédula falsa con ese nombre, un amigo me prestará una casa en el Tigre, durante dos meses viviré en un helado rancho de Merlo, llevaré conmigo un revólver ...". En 1956 Walsh ya es el muerto que habla que será en 1976.

"El idioma de los muertos" por Alan Pauls. En Verano/12, Suplemento de Página/12.

El comienzo de la novela "Operación Masacre "de Rodolfo Walsh Puede Leerse Entrando a la http://www.pagina12.com.ar/diario/verano12/subnotas/141142-45447-2010-02-28.html

Abril amanece con el Taller de Lectura y Escritura. A sumarse

Inicia la segunda semana del mes de Abril
Días y horario a confirmar
Lugar: Floresta /Av. Juan B. Justo al 6900
Costo mensual: $140 (incluye material teórico)

Para más información


“Todo cuento perdurable
es como la semilla
donde está durmiendo
el árbol gigantesco.
Ese árbol crecerá entre nosotros,
dará su sombra en nuestra memoria”.
                                                                                    Julio Cortazar

“La liebre dorada” es un espacio alternativo para la lectura y la escritura en la modalidad de TALLER. ¿Qué es un Taller de Lectura y Escritura? Un lugar de experimentación. ¿Por qué leemos?, ¿por qué escribimos?, ¿qué nos impulsa a leer y a escribir?, ¿qué es lo que nos permite decir de un texto que es literario?, ¿qué procedimiento exploró el autor para lograr tal o cual efecto?, ¿cómo pensamos la lectura y la escritura?, son algunos de los interrogantes que podemos ir destejiendo en el quehacer literario. La experiencia de leer y escribir es intransferible. Ambas despliegan un sin fin de sentidos. No se imponen, se ofrecen. Quizá, “no para que todos sean artistas, sino para que nadie sea esclavo”, al decir de Gianni Rodari.


Temario
*Teoría sobre el cuento: J. Cortázar, R. Piglia, A. Castillo.
*Concepto y modos de ficción. J. J. Saer Concepto y modos de representación.
*Horizonte de recepción y de expectativa
*El narrador y su punto de vista
*Construcción de personaje
*El tiempo y el espacio en la escritura
*Análisis de estilo: tonos y lenguaje
*El proceso de lectura y el papel del lector
*Lecturas complementarias: se entregará material teórico al respecto.


Lecturas durante el Taller:
* Lenta biografía (Novela) de Sergio Chejfec (Argentina):

                                                                                           “¿Qué sucede cuando quién relata tiene que componer un universo que se esfuma en los rostros y gestos borrados de sus ancestros judíos? ¿Cómo es posible computar, más allá del registro sentimental, una experiencia que parece inescribible y fuera de lugar? ¿Cómo conjeturar y recomponer las piezas de una memoria –la del narrador y la paterna- fracturada para siempre?  Fijarse una identidad e inscribirse en la genealogía paterna es también expropiar el origen, traicionar el nombre del padre para fijar el territorio propio del narrador. Donar al padre una versión de su vida, si se quiere, es un acto de fidelidad; pero también, es hacerlo perder el rostro en la diáspora de las palabras ajenas”. En Siete Notas sobre la poética de Sergio Chejfec de Edgardo Berg.

* Papá (Novela) de Federico Jeanmaire (Argentina). Entre el relato de la memoria y la construcción de la identidad literaria.

                                                                     “Siempre he preferido la belleza a la verdad. La verdad se me antoja un imposible. No le creo. Nunca le he creído del todo a ninguna verdad. No sé. Ni siquiera he podido creer completamente en las verdades más mías. En las íntimas, en las propias. Por suerte, para mí, la literatura no se hace con verdades. Como cualquier otro arte, la literatura es una discusión infinita. Y el hipotético día en que se termine con esa eterna discusión, ese mismo hipotético día también habrá terminado la literatura. Aunque es cierto que hay normas, leyes que se agolpan en los alrededores de los papeles en blanco., Pero, claro, resulta prácticamente imposible llenar esos papeles en blanco con literatura si respetamos puntualmente todas y cada una de esas leyes. Lo literario nace de lo ilegítimo, de lo insoportable”. En Papá de F. Jeanmaire.

* La hora de la estrella (Novela) de Clarice Lispector (Brasil). La metaficción en la creación literaria. Dice la autora:

                                                           “Escribir es una maldición que salva. Es una maldición porque obliga y arrastra, como un vicio penoso del cual es imposible librarse. Y es una salvación porque salva el día que se vive y que nunca se entiende a menos que se escriba. ¿El proceso de escribir es difícil? Es como llamar difícil al modo extremadamente prolijo y natural con que es hecha una flor. No puedo escribir mientras estoy ansiosa, porque hago todo lo posible para que las horas pasen. Escribir es prolongar el tiempo, dividirlo en partículas de segundos, dando a cada una de ellas una vida insustituible. Escribir es usar la palabra como carnada, para pescar lo que no es palabra. Cuando esa no-palabra, la entrelínea, muerde la carnada, algo se escribió. Una vez que se pescó la entrelínea, con alivio se puede echar afuera la palabra”.

* La tarde de un escritor (Novela) de Peter Handke (Alemania). La imposición de la palabra.

               “He empezado a escribir bajo el signo del relato. Hay que seguir. Dejar que las cosas existan. Hacerlas plausibles. Exponerlas. Legarlas. Seguir elaborando la más fugaz de las materias, tu aliento; ser su artesano”. En La tarde de un escritor de P. Handke.

* De A para X (Novela Epistolar) de John Berger (Inglaterra). El “mirar” y la narrativa poética.

              “¿Es algo que hice hace mucho tiempo? ¿O es algo que quería hacer y todavía no he hecho? Igual da. El caso es que en algún momento pensé en poner mi mano en una carta, dibujar su contorno y enviártela. Un poco después de cuando fuera que lo pensara, me topé con un libro en el que enseñaban a dibujar manos y lo abrí y lo vi. página a página. Decidí comprármelo. Se parecía ala historia de nuestra vida. Todas las historias son también historias de manos, manos que agarran, que sopesan, que señalan, que unen, que amasan, que enhebran, que acarician; manos abandonadas en ele sueño, manos que cortan, que comen, que limpian, que tocan música, que rascan, que asen, que pelean, que se aferran, que aprietan un gatillo, que se cruzan. En cada página del libro hay un delicado dibujo de manos ejecutando una acción específica… Y me miro las manos, que quieren tocarte, y me parecen obsoletas, porque hace tanto que no te acarician…” En De A para X de John Berger.


* Las primas (Novela) de Aurora Ventiruini (Argentina). La desacralización literaria.
               "Rum...rum...rum...murmuraba Betina, mi hermana paseando su desgracia por el jardincillo y los patios de laja. El rum solía empaparse en  las babas de la boba que babeaba. Pobre Betina. Error de la naturaleza. Pobre yo, también error y más aún mi madre que cargaba olvido y monstruos. Pero todo pasa en este mundo inmundo. Por eso no es lógico afligirse demasiado por nada ni por nadie. A veces pienso quesomos un sueño o pesadilla cimplida día a día que en cualquier momento ya no será, ya no aparecerá en la pantalla del alma para atormentarnos" En Las Primas de Aurora Venturini.



Dinámica de trabajo
El taller consistirá de dos momentos. El tiempo de la lectura, que se inicia como un juego, como un lanzarse a. Sin mucho que pensar. Y con mucho de permiso. A sentir, a dejarse llevar, a quedarse suspendido, a rechazar, a volver a empezar. Todo esto, y más, estallarán con la lectura. El tiempo de la escritura consiste en hallar “la propia voz narrativa”.

“Esa voz que nos nombra” se enfrentará, consigna tras consigna, con la concepción romántica de la escritura asociada a la inspiración y a la producción de textos a partir del dictado de una voz “del más allá” o de “la musa inspiradora”. Nada de esto es real. Iniciarse en la escritura es iniciarse en el oficio artesanal. Pensar al texto como un artificio. Hay “una voz interior” que nos nombra y nos expresa -que no es propiedad exclusiva de “los tocados por la barita mágica”- y, para dar con ella, hay que ir en su búsqueda una y otra vez. Esto presume otro momento dentro del proceso de escribir, la corrección. En ese movimiento constante donde vamos hallando “la propia voz de la escritura”, a la vez, vamos reconociendo y estableciendo en qué consiste “la propia cocina de la escritura”.

Inicia la segunda semana del mes de Abril
Días y horario a confirmar
Lugar: Floresta /Av. Juan B. Justo al 6900
Costo mensual: $140 (incluye material teórico)

Para más información
dafnen2@hotmail.com
gelsomina.noemi@gmail.com