Viajar - Mi proyecto de Escritura Personal

Con el trabajo del Blog y el taller de escritura, surgió la idea de escribir -de manera desprolija- sobre la idea del Viaje: en su sentido simbólico, filosófico, literario, mítico, etc. Así empecé a desempolvar algunas primeras ideas basadas en lecturas pasadas que me llevan -siempre que las pienso- a la idea del Viaje. Así aparecen Soriano, Saer, Piglia, Cortázar, Magris, Barthes, etc. Conjuntamente, mientras me proponía abordar esta idea desde todos aquellos otros conocimientos posibles, también pensé en incorporar las distintas experiencias del viaje (concreto) a Europa y la figura del Padre (mi padre) como guía, faro, historia-memoria. Así visualicé -por primera vez- un proyecto concreto de escritura propio, mucho más que aquel inconcluso sobre Schumann.

A medida que se leen estos “posteos” es evidente que el proyecto se desplazó hacia otro lugar. Un lugar que la escritura me permitió poner en palabras: el lugar del dolor y la ausencia.

Aún no sé cómo continuará. Pero será.

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Miércoles 19 de agosto de 2009

Comienza el viaje
Los invito.

Un viaje de infancia: buscar al “hombrecito del sombrero gris”; mirar cuanto hueco de ascensores encontré, para preguntarme si en verdad estarían juntos "Mariel y el capitán".

Con el paso del tiempo, me fui a Chile con “Amanda”. Partí hacia Cuba con “Yolanda”, con “aquella mujer con sombrero” y con todos los que “merecen amor”. Llegué a Montevideo con un tal Juan hablándome de la alegría, de la felicidad, del Sur y del Norte, de lo que existe a pesar de. Volví a Chile, me esperaban Isla Negra, Temuco, Valparaíso, Santiago y un ramillete de mujeres pasionales y de firmes obreros. De ahí, partí a España: Miguel, Antonio, Manuel, Rafael, Federico venían a mi encuentro, otra vez, de la mano de Juan. Y así, el mundo y el viaje se volvieron palabras por siempre.

Después, al regresar, el viaje fue saber dónde estaban. Y a esta estación vuelvo, aún hoy, a menudo. ¿Dónde?... ¿Porqué?...

El “Toto” de Puig en “La traición de Rita Hayworth” y el “Toto” de “Cinema Paradiso” me transportaron a sus mundos con las imágenes. Antes y después, viajé con “El jardín de al lado” de José Donoso, “Rayuela” de Julio Cortázar, “Cuarteles de invierno” de Osvaldo Soriano, “Seda” de Alessandro Baricco, “La flor de Lis” de Elena Poniatowska, “El amor en los tiempos del cólera” de G. G. Márquez, “La Ilíada y la Odisea” de Homero, “La tempestad” y su “Rey Lear” de W. Shakespeare, “María Estuardo” de F. Schiller, el Río Paraná de Juanele, las profecías de Alejandra, las infancias de Silvina, las intrigas del ser con George, todo Juan José Saer y todo Andrés Rivera con “La revolución es un sueño eterno”, “El Cuaderno Verde del Che”, “El tratado de pintura” de Leonardo Da Vinci, el poder y la opresión en “Vigilar y Castigar” de M. Foucault, las iluminaciones de T. Adorno, los espacios literarios de M. Blanchot. Desde los márgenes también viajé con “Tengo miedo torero” de Pedro Lemebel y “Cuando me muera quiero que me toquen cumbia” de Cristian Alarcón. Con la exquisitez de John Berger, Clarice Lispector, Fernando Pessoa, Tolstoi y Flaubert, también volé. De los viajes con el "Pagina/12" de Lanata, Gelman y Soriano conservo huellas en los ojos y en la piel. Fue un gran despertar, como las lecturas de Dolina, Abrevaya y Guinzburg en la legendaria "Humor". Y con la “Operación” de Rodolfo que nunca termina, este viaje aún continúa. Se construye día a día. A veces avanza. Otras descansan. Algunas retroceden para volver a empezar. Pero nunca se detiene.



Desde la voz de Roberto, Norberto, Silvia, Diana, la otra Silvia también viajé para preguntarme todas aquellas tardes por qué la literatura...



Viajes en movimiento: subirse a un avión, a un tren, a un auto y atravesar la distancia, y llegar. Viajes inmóviles, también los hay. Llevan a otros lugares, si llegan, y suelen recorrer distancias abismales que traen de vuelta al mismo, o al que fue, o al que nunca será. Viajes silenciosos. Viajes inútiles. Viajes para siempre y viajes para nunca. Viajes hasta vos. Viajes hasta mí. Viajes para saber y para no saber. Viajes para encontrar y desencontrar. Viajes hacia la nada y hacia el todo. Viajes...



¿Qué es el viajar? ¿Cómo viajamos? ¿Quién nos lleva? ¿Cuál de todos los que somos se va al partir? ¿Quién es el que regresa?...



Viajar es el tema, sí.



Viajar con las lecturas, en su quietud, en sus incertidumbres, en la maravilla de creer que ese “artificio” nos redime.



Viajar con los Lynch, con los Almodóvar, con los Eastwood, con los Burton, con los Fellini, con los Antonioni, con los Dardenne, con los Coen.



Viajar con el vuelo -en la piel y en los ojos- de la melodía que estremece el alma y los pies de Caetano, de los Valdez, de Paco, de Clapton, Knofler, de Madredeus, de Luciano, de The Pretenders, de Cesárea, de Charly, de Edith.



Viajar por los recuerdos. Y con los recuerdos.



Viajar con ese aroma. Con aquella mirada en la mañana. Un río. Un mar. Un silencio. Y un grito.



Viajar.



Desde hoy, los estaré invitando a viajar. Sin rumbo fijo y, por ahora, con un destino seguro: la literatura.



Viernes 21 de agosto de 2009


De viaje con Dal Masetto
"Yo espero en esas mesas,
como un cazador con la escopeta amartillada,
que caiga la historia.
Si uno está alerta siempre aparece.
El escritor es un espía que anda por el mundo
tratando de robar cosas en un lado
y en otro para alimentarse".

Antonio Dal Masetto


En el final de “Oscuramente fuerte es la vida”, Agata, la protagonista, nos relata su partida de Italia hacia América. Desde el relato, Antonio Dal Masetto, el autor, no sólo reconstruye la historia personal de su madre, sino la suya propia. Dos generaciones que se encuentran en una mirada literaria signada por la poesía, la nostalgia y el recuerdo de la partida, de la inmigración, marca registrada del estilo Dal Masetto. “Me demoro recordándolos, cuando estoy sola y también, de tanto en tanto, relatándoles algunas anécdotas a mis nietos. Ellos, que viven en un mundo lleno de estridencias y velocidad, seguramente sienten que mis historias provienen de un país un tanto irreal, perdidas en la bruma de un tiempo que no es ni podrá ser jamás el suyo. Para mí, en cambio, cada vez más, es como si todo hubiese ocurrido ayer”, concluye Agata, en el primer capítulo de “Oscuramente”.

Si pienso en la idea de viaje, inmediatamente, surge la imagen del agua. Una playa, un río, el mar, una costa, un muelle, una red de pescadores, una embarcación. El río, otra vez.

En su Diccionario de Símbolos, Juan Cirlot, sugiere que “el viaje nunca es una mera traslación en el espacio, sino la tensión de búsqueda y de cambio” (…) “El viajar es una imagen de la aspiración -dice Jung- el anhelo nunca saciado, que en parte alguna encuentra su objeto” (...) “ese objeto es el hallazgo de la madre perdida”. Si abrimos el abanico de simbologías, el agua, el río y el océano encuentran su punto de contacto con la fuerza vital del mundo femenino.

“Viajar” supone un traslado, concreto o simbólico. En uno u otro caso, implica una progresión. Un transcurso definitivo. Un cruce. Nada volverá a ser lo que fue antes de emprender el viaje.

No me pregunto por Agata, porque conozco esa historia más allá de su propio relato. Sé de las historias de baúles, de casas que se miran hasta que desaparecen del horizonte, de las despedidas, de los nogales, de las incertidumbres que anidan en la promesas, de las familias fragmentadas que prometen anidarse a pesar de la distancia, amarrando recuerdos por generaciones para impermeabilizar el corazón herido.

Me pregunto por lo que se deja, por aquello que queda a pesar de uno y la mudanza. ¿A dónde permanece abrigándose?... ¿Hacia dónde nos dirigimos, en verdad, cuando viajamos?... ¿En busca de qué o de quién?... ¿Qué “barquero” nos oficiará el cruce?...

Si en “Oscuramente fuerte es la vida”, Agata se aferra hondamente al impulso de vivir a pesar de y, en “La tierra incomparable” decide ir en busca de aquello que quedó del otro lado del horizonte. “Ese lunes -dos días después de cumplir los ochenta años-Agata se despertó y ahí estaba la idea. Se le apareció mientras emergía del sueño y ahora llenaba todo el espacio de su pensamiento. Todavía con los ojos cerrados, sin moverse, Agata la reconoció y la analizó. No era una idea nueva. Las escasas palabras con que hubiese podido resumirla y expresarla eran las mismas que la habían acompañado durante cuarenta años: desde el momento en que, después de cruzar el océano con sus dos hijos, había desembarcado en el puerto de Buenos Aires, donde la esperaba Mario, su marido, y había comenzado su destino de inmigrante. La idea siguió con ella en ese pueblo de llanura donde se habían radicado y todavía vivía, donde habían trabajado duro y visto crecer a los hijos, y partir a uno de ellos hacia la ciudad, y después los casamientos de ambos, la llegada de los nietos, las navidades que los reunían a todos una vez al año, la muerte de Mario. Y el tiempo había seguido pasando. La idea estuvo siempre ahí. No era la consecuencia de los sueños de algunas noches, sino el fruto de un letargo y una espera de mucho tiempo, una obsesión elaborada en capas y capas de deseos postergados. Y ahora, esta mañana, la dimensión, el peso de la idea, habían cambiado. Agata sentía que esa vieja conocida se proyectaba más allá de su cabeza y de su cuerpo, la rodeaba y de alguna manera la enfrentaba y le exigía. Era como si la determinación que albergaba la idea viniese desde un espacio ajeno a su voluntad. Como si hubiese madurado por su cuenta y ahora llegara para reclamar cumplimiento, con una urgencia nueva, contundente e imperiosa.”

Si algo define a Agata como personaje es su sabiduría. La destila hasta el último instante. Es esa conciencia la que la lleva a no desoír aquella idea que la acompañó durante más de cuarenta años. Es por esa idea que muchos de nosotros anidamos, a través de las historias de otros, regresar al lugar donde todo empezó. ¿Una fantasía, tal vez?


Domingo 23 de agosto de 2009


Soriano nos lleva de viaje

Tres imágenes.

Una. Noche de julio de 2002. Cena en un bar. Cumpleaños. Una amiga eterna. Un regalo: "Cuarteles de Invierno" de Osvaldo Soriano. Un enero de 2003 hundida en esa lectura. Una emoción: el sentimiento profundo de la Amistad hasta abrazar el alma y el cuerpo todo y, comprender que nadie como él supo "decir" la Amistad, y nuestra Argentina.

Dos. Finales del mes de octubre de 2003. Últimas clases con los alumnos de cuarto año de la escuela secundaria. Lecturas finales: "Volubilidad" de Marcelo Cohen, "La habitación cerrada" de Paul Auster y "Cuarteles de Invierno". Se le animaron los mejores a Soriano. Quienes aún hoy rinden culto a la Amistad. Y la compartimos. Mérito exclusivo del "Gordo".

Tres. Cada relectura de "Cuentos de los Años Felices" (1993) es un nuevo viaje a. Un padre, que es el mío. Un tren que es aquel primer tren en el que viajé. Una historia de amor que es la de todos. Hombres y mujeres de códigos, honor, lealtad. Un periodismo "literario". Una Argentina que, soñé primero, y leí después. Una Argentina desde lo hondo de la melancolía y la nostalgia por no ser.

Con estas fotografías mediante, la primera invitación de este viaje es hacia Soriano y uno de los cuentos de "mis" años felices.



"Mi padre tuvo tantas caídas que al final no recordaba la primera. Lo vi despeñarse con una motoneta camino de Plaza Huincul y años más tarde se dio vuelta con el Gordini, cerca de Cañuelas. Mi madre me contó que una vez, cuando yo era muy chico, se cayó sin mayores daños de un poste de teléfonos y como era bastante distraído solía tropezarse con los juguetes que yo dejaba tirados en el suelo.

Una tarde de diciembre de 1960 alguien vino a avisarme que lo había atropellado un auto. Llegué sin aliento en una bicicleta prestada y lo encontré estirado en la calle. Estaba un poco despeinado, con los ojos abiertos y la cara muy blanca. Sobre el asfalto había un poco de sangre manchada por las huellas de unos zapatos. La gente se apartó para dejarme pasar y un tipo me dijo ya estaba por venir la ambulancia. Alguien que le había puesto un pulóver bajo la nuca me alcanzó los anteojos que se habían roto con la caída.

Nadie hablaba y yo no sabía qué decir. Me arrodillé a su lado y le hablé al oído tratando de que la voz no me saliera muy asustada. Le pregunté si podía escucharme y alguna tontería más, pero no abrió la boca. Entonces fui pedir que me ayudaran a llevarlo al hospital pero me dijeron que no convenía moverlo porque debía estar muy estropeado. El paisano de sombrero negro que lo había atropellado estaba llorando dentro del coche y tampoco me hizo caso. Volví a sentarme en la vereda y le tomé una mano. Estaba fría y blanda como la panza de un pescado. No llevaba más que el anillo de casamiento y el Omega con la correa de cuero. Me pregunté qué haría allí, en la otra punta del pueblo, cruzando la calle como un chico atolondrado. En esos días había cumplido los cincuenta y recién ahora me doy cuenta de que corría contra el tiempo. No había hecho nada que le sirviera a él y la única vez que salió en los diarios fue después del accidente, entre un cuatrero detenido en General Roca y un incendio en la usina de Arroyito.

Con los primeros calores de aquel verano había tomado la decisión de abandonar Obras Sanitarias y montar un taller de tornería. Mi madre se oponía porque no creía en su suerte. Entonces me llamó a su escritorio para que le dijera con toda sinceridad si yo le veía futuro en los negocios. De verdad, visto como lo vi entonces, con el chaleco de lana gastado y el pantalón lustroso, no me animé a apostar por él. Me convidó un cigarrillo, dejó que le explicara un complicado asunto de polleras y ya pasada la medianoche, en voz muy baja, me explicó que estaba cansado de esperar, de correr de un desierto a otro mientras se le iban los años y se le arrugaban los cueros. Dijo no estar arrepentido de nada pero se le leía la culpa en los ojos. ¿Culpa de qué? Nunca lo sabré. Aquella noche intentó darme otro de sus consejos, pero no servía para eso. Palabras más o menos, me dijo: "Por mejor que uno se explique y justifique, nada cambia. Siempre se cometen los mismos errores. Una caída dibuja la próxima y por eso creemos en un Dios, en alguien que haya aprendido a no quemarse dos veces con la misma leche". Cosas así eran las que solía recitarme a la medianoche mientras limpiaba compases y tiralíneas frente al tablero de dibujo.

Le dije que no se calentara, que cualquiera hacía plata si eso era lo único que se proponía y que él estaba para otra cosa. Lo suyo era correr por ahí, andar a la deriva para no llegar a ninguna parte. A él y a mí nos daba lo mismo un lugar u otro siempre que tuviera una estación y algunas leguas por delante.

Ese día salimos a caminar por los andurriales, yo estornudando por el polen y él tosiendo su tabaco. Me hablaba de lo que haría cuando tuviera un taller con seis tornos y no sé cuántas máquinas para fabricar herramientas. De a ratos lo situaba en Córdoba y después lo ponía en Mendoza para abastecer también a los chilenos. Sin darnos cuenta llegamos al río y de pronto se jactó de haber sido muy buen nadador en su juventud, allá en Campana. Señaló la isla bajo el puente y me desafió a ganarle a contracorriente. Cambié de conversación porque el Limay es profundo y temí que se ahogara. Yo tenía menos de veinte años y me parecía imposible que mi padre pudiera ganarme en algo. Insistió y puse como excusa una contractura del fútbol o algo parecido. No me oyó o no quiso oírme y empezó a quitarse la ropa ahí mismo, abajo de la luna, hasta que sólo se quedó con unos ridículos calzoncillos celestes que le llegaban hasta las rodillas. Bravuconeaba, supongo. Tenía todo el pelo blanco pero ahora estaba de nuevo en el Delta junto a sus amigos y con toda la vida por delante. No sé qué pensé mientras lo miraba alejarse tirando brazadas. Creo que me daba pena verlo pelear contra su propia sombra. Me toreaba a mí pero la bronca, como el agua, venía de lejos y nos mojaba a los dos.

En un momento lo perdí de vista hasta que al rato me gritó desde la isla. Yo no quería seguirle el juego. Tampoco estaba seguro de animarme a atravesar el río. Le contesté que se dejara de joder, que volviera, y me senté a esperarlo. Calculé que no iba a tardar porque no podía estar mucho tiempo sin fumar. Pero también esa vez me equivoqué. Me pidió que escondiera su ropa y que me fuera a casa porque tenía ganas de dar un paseo por la isla. A dos pasos había un muelle con botes pero ninguno de los dos quería ridiculizarse. Llamé al barquero y le di la poca plata que tenía para que le alcanzara el paquete de cigarrillos e intentara traerlo de vuelta. Pero no volvió. Se quedó pitando en silencio en la otra orilla hasta que me cansé de su juego y me fui a dormir.

Creo que fue ese episodio el que lo alejó por un tiempo de mí y del taller de tornería. La tarde en que lo encontré tirado en la calle temí que se muriera con la impresión de que yo lo había abandonado. La ambulancia tardó siglos en llegar y lo llevó a un hospital donde me dijeron que tenía el cráneo roto. Mi madre se quedaba a su lado durante la mañana y a la tarde iba yo. Cuando pudo mover los labios me dijo que se había gastado el aguinaldo completo en la primera cuota del torno y no se animaba a decírselo a mi madre.

Era otro de sus juguetes tardíos pero todavía no estaba seguro de poder disfrutarlo. "¿Me voy a morir?", me preguntó cuando se dio cuenta de que tenía una bolsa de hielo sobre la cabeza. Le dije que no, aunque no era seguro, y le pregunté dónde estaba su famoso torno. "Llega de Buenos Aires en el tren de la semana que viene; es una hermosura, no te imaginas", me contestó muy serio. Una enfermera había puesto las cosas que llevaba sobre la mesa de luz. El pañuelo, el encendedor, la billetera vacía, unas monedas y el folleto del torno que era italiano y parecía una nave espacial. "¿Te duele?", dije y me senté cerca de la ventana a mirar a las chicas que atravesaban el jardín. "Sí, desde hace mucho", murmuró. "¿Qué me pasó ahora?" Le conté que lo había agarrado un auto y se había golpeado la cabeza contra el pavimento. Pareció sorprenderse, como si le dijera que se había caído de la calesita: "Y a tu madre, ¿qué le vamos a decir?". Se refería al aguinaldo y a todo lo que otra vez no podríamos comprar. Cerró los ojos y se durmió. O tal vez en su confusión de huesos rotos y sesos desbaratados pensaba en lo buena que hubiera sido su vida sin mi madre y sin mí. Me incliné para decirle al oído que no siempre se puede ganar, que a veces hay que saber quedarse de este lado de la orilla. Hizo una mueca de disgusto y entornó los párpados: "Eso es de cobardes; los ríos están para que uno los cruce". Como siempre, del infortunio sacaba alguna lección que lo disculpaba ante los demás.

Después de hablar con el médico tuve miedo de que aquella fuera su última metáfora. A mi madre le dije que la plata del aguinaldo se la habían robado en la calle mientras estaba caído y que de todos modos para nosotros no habría fiestas ese fin de año. Antes de Navidad lo trasladaron a casa, flaco y vendado como un faquir. Ocultaba el folleto del torno abajo de la almohada. No sé si mi madre se creyó el cuento del aguinaldo robado, pero en Nochebuena no tuvimos festejos ni palabras bonitas. Mi padre pasaba las horas inmóvil, con la mirada puesta en el techo. Un día me hizo una seña para que me inclinara a escucharlo: "Véndelo", susurró, "cuando llegue véndelo por lo que te den". Me pareció que contenía un lagrimón y le dije que no, que ahora estaba en medio de la corriente y tenía que nadar. Después de todo, eso era lo que había querido enseñarme. Hizo un gesto de alivio, me pasó un brazo alrededor del cuello, y dijo: "Está bien, pero no te olvides de mandarme un bote con los cigarrillos".

Cuento "Caídas" En 'Cuentos de los Años Felices' de Osvaldo Soriano



Jueves 27 de agosto

Por El Danubio con Claudio Magris




"Todos los relatos cuentan una investigación o un viaje"

Ricardo Piglia en 'Crítica y Ficción'


Si pienso en la idea de viaje, inmediatamente, surge la imagen del agua. Una playa, un río, el mar, una costa, un muelle, una red de pescadores, una embarcación. El río, otra vez, escribí días pasados. El río, siempre. Hoy, el Danubio, y quien lo narra es Claudio Magris (Trieste, Italia, 1939):

"El Danubio enfila las ciudades como perlas, transcurre grande, y el viento de la noche pasa sobre los cafés al aire libre como la respiración de una vieja Europa que tal vez se encuentre ahora en los márgenes del mundo y no produzca, sino sólo consuma historia. Budapest es la más hermosa ciudad del Danubio; una sabia autopuesta en escena, como en Viena, pero con una robusta sustancia y una vitalidad desconocidas en la rival austriaca. Si la Viena moderna imita el París del barón Haussman, con sus grandes bulevares, Budapest imita a su vez este urbanismo vienés de acarreo, es la mímesis de una mímesis; es posible también que gracias a esto se asemeje a la poesía en su acepción platónica: su paisaje sugiera, más que el arte, el sentido del arte".

Todos los relatos cuentan un viaje: delicioso, atrapante, fluvial, cultural, artístico es el viaje que nos propone C. Magris. Sus páginas nos invitan a sumergirnos en esas aguas que recorren países y culturas tan encontradas como idénticas.

Si bien "El Danubio" (Anagrama, 1999) es un viaje entrañable y posible; otra propuesta del mismo autor son las ideas que desgrana en "El infinito viajar" (Anagrama, 2008). Por momentos plantea un estudio filosófico sobre el sentido de "viajar", en otros se vuelve más antropológico para hablarnos del "sujeto" que viaja y, en todo momento, la idea de "vivir, viajar, escribir" se corporizan a través de sis crónicas.

Los hay viajes lineales, tradicionales, circulares, estáticos, dinámicos, peregrinos, iniciáticos; viajes a lo conocido y a lo desconocido. Y si la literatura refiere siempre un viaje, o una investigación, como dice R. Piglia, también hay sujetos paradigmáticos que realizan los viajes y se nos vuelven "faros”: Edipo, Ulises, el Quijote. Y, ¿qué diferencia al viaje del héroe clásico del viaje del héroe moderno?... Es aquí donde Magris distingue "dos modalidades existenciales":

“Al viaje circular, tradicional, clásico, edípico y conservador de Joyce, cuyo Ulises vuelve a casa, le releva el viaje rectilíneo, nietzscheano de los personajes de Musil, un viaje que procede siempre hacia delante, hacia un malvado infinito, como una recta que avanza titubeando en la nada ( …) En la segunda el sujeto, el Yo, el viajero, se lanza siempre hacia delante; en su proceder no se lleva a sí mismo, totalmente a sí mismo, sino que todas las veces aniquila su integral identidad anterior y se desprende de sí.”

Viajar… ¿para qué?... ¿Por qué? … ¿Hacia dónde?... ¿Con quién?... ¿Hasta cuándo?... ¿Regresar?... ¿Cómo? … ¿Cuándo?... ¿Para qué?...

“Utopía y desencanto. Muchas cosas se vienen abajo, cuando se viaja; certidumbres, valores, sentimientos, expectativas que se van perdiendo por el camino —el camino es un maestro duro, pero también bueno. Otras cosas, otros valores y sentimientos se hallan, se encuentran, se recogen en él. Al igual que viajar, escribir significa desmontar, reajustar, volver a combinar; se viaja en la realidad como en un teatro, desplazando los bastidores, abriendo nuevos paisajes, perdiéndose en callejones y deteniéndose delante de falsas puertas dibujadas en la pared." (…) “Conocer es a menudo, platónicamente, reconocer, es el brote de algo acaso ignorado hasta ese momento pero asumido como propio. Para ver un lugar es preciso volver a verlo. Lo conocido y lo familiar, continuamente redescubiertos y enriquecidos, son la premisa del encuentro, la seducción y la aventura; la vigésima o centésima vez que se habla con un amigo o se hace el amor con una persona amada son infinitamente más intensas que la primera. Esto vale también para los lugares; el viaje más fascinador es un regreso, una odisea, y los lugares del recorrido acostumbrado, los microcosmos cotidianos atravesados durante años y años, son un desafío ulisiano. “¿Por qué cabalgáis por estas tierras?”, pregunta el alférez en la famosa balada de Rilke al marqués que avanza a su lado. “Para regresar”, responde el segundo” .

Regresar... ¿a dónde?... ¿hacia quién?...




Miércoles 16 de septiembre de 2009

Viajes que no llegan a destino

A veces sucede: existen viajes que no se cumplen. Otros acontecen, y ya no sabemos dónde estamos parados.


¿No se cumplen momentáneamente?, pregunto.

"Dejando de lado los motivos, atengámonos a la Manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe Semejanza. El llanto medio u ordinario Consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, Estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente. Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le Resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca. Llegado el llanto, se Tapara con decoro el rostro usando Ambas manos con la palma hacia adentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración del llanto, tres minutos."    O la vida entera.



"Instrucciones para llorar" de Julio Cortázar



Jueves 17 de septiembre de 2009

Acqua, eau, aqua, vanduo

No es la lengua que la nombra.


No es el lugar que la contiene.


Tampoco la compañía que nos sugiere.


Es todo lo que ella, con su sola presencia, sabe nombrar.


Agua...

"Yo no sé, mira, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera Tupido y gris, aquí contra el balcón goterones con cuajados y duros, que hacen plaf y se aplastan como bofetadas uno Detrás de otro, qué hastío. Aparece Ahora una gotita en lo alto del marco de la Ventana, se queda temblequeando contra el cielo que la TRIZA en mil brillos apagados, va creciendo y se tambalea, ya va a caer y no se cae, todavía no se cae. Está prendida con todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes, Mientras le crece la barriga, ya es una gotaza que cuelga Majestuosa, y de pronto zup, ahí va, plaf, deshecha, nada, una viscosidad en el mármol. Pero las hay que se suicidan y se entregan enseguida, Brotan en el marco y ahí mismo se tiran, me parece ver la vibración del salto, sus piernitas desprendiéndose y el grito que las emborracha en esa nada del caer y aniquilarse. Tristes gotas, redondas inocentes gotas. Adiós gotas. Adiós. "

"Aplastamiento de las gotas" de Julio Cortázar





"La luna llama a la mar y la mar llama al humilde chorrito de agua, que en busca de la mar corre y corre desde donde sea, por muy lejos que sea, y corriendo crece y arremete y no hay montaña que le pare la Pechada . El sol llama a la parra, que queriendo sol se estira y sube. El primer aire de la mañana Llama a los olores de la ciudad que despierta, el aroma del pan recién dorado, del aroma de café recién molido, y los aromas al aire entran y se apoderan del aire. La noche llama a las flores del Camalote, ya medianoche en punto estallan en el río esos blancos Fulgores que abren la negrura y se meten en ella y la rompen y se la comen ".



"Los llamares" en El Libro de los Abrazos de Eduardo Galeano






Jueves 18 de septiembre

Nadar de noche
¿Cómo es entrar en la noche más larga?...



¿Es una larga noche?...



¿Quiénes esperan del otro lado?...



¿Esperan?...



El recuerdo acercó hasta mi memoria este bellísimo cuento.



Una poética condición de estar, aún, tomados de la mano, como la última vez.



"Era demasiado tarde para estar despierto, especialmente en una casa prestada y a oscuras. Afuera, en el jardín, los grillos convocaban empecinados y furiosos la lluvia, y él se preguntó cómo podían dormir en los cuartos de arriba su mujer y la beba con ese murmullo ensordecedor.



Lunes 21 de septiembre de 2009

Recuerdos en viaje

¿Cuándo el tiempo del vivir comienza a poblarse de recuerdos?


¿Cuándo es ese tiempo en que la vida se detiene unos instantes y sólo hay imágenes, aromas, cadencias, texturas, sabores que fueron de otros para comenzar a ser nuestros ahora?


¿Cuándo se desvió La Rueda de La Fortuna y nos dejó aquí, en este punto, precisamente, donde no hacemos pie?


¿Cuál fue la última conversación? ¿Y la última mirada?


¿Cuál, el gesto del final?


¿Y la última música compartida?




Martes 22 de septiembre de 2009

De partidas también se alimentan los viajes





Partir es un eslabón del viajar.

Suponemos que es el enlace final. Pero sólo es una suposición.

Los viajes se desean, se sienten. Después, se los piensa, se los internaliza. Con el paso de las horas, y del tiempo, se los diagrama, señaliza, y se los vuelve a diagramar. ¿Adónde vamos primero? ¿Qué ruta tomamos? ¿A qué hora arriba el avión? ¿Dónde nos esperan? ¿Alquilamos un auto? ¿Quién lleva el mapa? ¿Y la filmadora? ¿Y después para dónde volvemos? ¿Vienen? Así, van apareciendo amigos, familiares, conocidos con sus recomendaciones, los consejos, las direcciones de más amigos, los encargos, los impostergables.

Deseado, sentido, diagramado, planificado.

El paso siguiente es con quién. Con quién sí viajar, recorrer, reír, caminar, correr, nadar, soñar, reír, llorar, pasear.

Decidida la compañía, es innegable desear que sea ya el día y la hora para partir.

Partir, ¿ahora hacia dónde?...

Sabíamos el primer destino. Estaba escrito. Llegábamos directo al aeropuerto y de ahí, al hotel. ¡Y qué hotel! Me imaginé -tantas veces- bajando con vos a la playa, caminando, respirando profundo, llenándonos de ese aire que llevamos desde el principio de los tiempos en nuestros ojos. Una semana en la playa, con todo el Mediterráneo para nosotros, ¿te lo imaginaste alguna vez? Después, ya lo habíamos decidido, perdernos en nuestras raíces. Dejarnos ir hacía donde todo comenzó. A partir de ahí, aún teniendo planificado el resto del viaje, todo lo que vendría sería "como de prestado", "la yapa". Sé que vos lo sentías así también.

Viajar, ¿qué es?...

Quizás ahora sepas la respuesta.

Yo debo conformarme solamente con tener la pregunta.

Y, ¿sabes?...

No me conformo.




Miércoles 23 de septiembre de 2009

De viaje por la música

Los viajes, también, se definen por su música.

La música evoca una armonía, una cadencia, un ritmo, un sonido.

Esa música nos va marcando el territorio de aquello que verdaderamente nos pertenece del viaje.

Esa música nos delimita quienes fuimos, quienes somos y quienes seremos antes, durante y después del viaje.

Esa música nos habla de un tiempo que es el tiempo de la infancia. Dice Juan José Saer al respecto: "Lengua, sensación, afecto, emociones, pulsiones, sexualidad: de eso está hecha la patria de los hombres, a la que quieren volver continuamente y a la que llevan consigo donde quiera que vayan". La patria de la infancia es la patria de la escritura. Entonces, la música que nos habla del tiempo de la infancia no es más que ese tiempo que vuelve con el viaje y nos descorre el velo de aquello que buscamos al viajar (al escribir).

Esa música altera los latidos del corazón y el parpadeo habitual de nuestros ojos; esa música nos define, nos redime. Esa música que nos habla de un nosotros ancestral. Esa música que nos encuentra mirando un punto fijo, en blanco, preguntándonos, ¿por qué?... ¿y porqué no?...











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Martes 6 de octubre

Final del “no viaje”

En esta parada daré por terminado el viaje que no fue. Y con ella la sección "Viajar".
Seguiremos encontrándonos en otros "viajes", con otros itinerarios, con otras compañías, con otros paisajes y aromas. Tal vez sucedan, tal vez...

¿Quién sueña a quién en estos días?

¿Vos que me sonreís desde el más allá o yo que sueño tu risa estrellarse en el aire que es el mismo aire que respiro?...

Cuando miro mis manos y encuentro en ellas tu misma piel blanca y suave, entiendo la genética. Aunque compartimos otras muchas "marcas" de esta descendencia que lleva impreso en nuestro nombre al Río.

Cuando me sorprendo pronunciando frases o repitiendo gestos -que ahora empiezan a pertenecerme del todo- entiendo que la genética nos trascendió.

Cuando en estos días el sol primaveral enciende tu amada ciudad de Buenos Aires sembrándola de alegría, movimiento y color, algo se oprime en mi corazón que no quiere -porque no puede- dejarse llevar por ese calor que abraza maternalmente.

Cuando te salgo a buscar en una canción, en una foto, en una vidriera, en una callecita porteña, en la anécdota cómplice de tus amigos, en tu agenda sembrada de estampitas comprendo la generosidad de la vida para conmigo. Aunque cada día comience a extrañarte más.

 Cuando tomo conciencia que nos quedó tanto por recorrer...

Ahora comprendo, con el alma y con el cuerpo, qué es dejar de ser hijo.

 Ahora entiendo cuál era esa fuerza gallarda que siempre llevé en mí y que me impulsó a la Vida y a Vivir. Cuando se desaceleraban mis pasos, cuando ya no me interesaba llegar a algún lugar, cuando me ganaba el desánimo, ahí, la potencia de tu espíritu vital ganaba mi coraje y me lanzaba al camino del vivir sin red. Como ahora. Con tu legado en mis ojos.

 Ahora que otros caminos en lo eterno te entretienen y que otro Viaje es el que te lleva, me quedo con todo lo que en mí hay de vos. Tu sonrisa franca y generosa. Tus manos hondas y fuertes con que nos sostuviste y me regalaste tu última caricia. Tu palabra siempre a tiempo en el consejo. Tu complicidad profunda y callada en el silencio. Tu cantar porteño, tu decir serratiso, tu enojo calabres. Tu amor por la Vida, por la Amistad y la Familia. Tus Lealtades, tus Justicias, tus siete Caídas y tus setenta veces "Levántate y anda". Tu mesa familiar regada del generoso Banquete del beber, del comer y de la alegría del compartir la “re-unión”.

Ahora que hay que seguir, que hay que aprender, que hay que saberse la historia para que no se apague.

Ahora, le robaría a los árboles sus ramas, a los pájaros su canto, al mar su oleaje, al viento su ronroneo para que todos juntos, y a la vez, te llenen los oídos de aplausos y la mirada de caricias.

 Ahora que intento esta despedida, este "hasta pronto", este "ciudate", este "andá despacio", este "atenti", este "abrigate", este "no vuelvas tarde", este "¿te llevo un mate?".

 Ahora que salí a buscarte entre tus porteñas callecitas, entre tus esquinas que son ahora toda mi fortuna.

 Ahora que tu ausencia me roba una sonrisa. Ahora que tus pasos no se escuchan. Ahora que tu decir risueño no me arranca carcajadas interminables. Ahora que me pueblan recuerdos con aromas, con colores, con texturas. Ahora que te encuentro en cada pibe que sale a mi encuentro en las calles. Ahora que necesito entender. Ahora, que es mi tiempo. Chau, Gordito. Chau, Viejo. Nos vemos arriba.

30-8-1936
6-9-2009


Jueves 15 de octubre



Hay penita, pena

Me duele el sol de estos días.

No quiero olvidar. No.

Tu perfume.

El sonido de tus palabras.

Tu andariego despertar.

Tus "buenos días" de cada día.

Tu risa inundando los espacios.

Tu mesa tendida.

El sonido del teléfono llamándome.

Tu "hay que vivir y dejar vivir".

Ni cada uno de los instantes cotidianos.
Y sin embargo, el tiempo acabará con su misión de horadar, uno a uno, los recuerdos. Y me iré quedando, poco a poco, con esfumados momentos, gestos, aromas. Los auténticos. Los que te nombren fielmente, junto a estas palabras que no hacen más que buscarte en este espacio del vivir.



Martes 27 de octubre

Diario de Clase



"¿Me contás cómo empezó todo?", sentenció hoy Martín al verme.

Evadí la respuesta con un "No sé muy bien, dejame pensarlo y en el próximo encuentro, lo conversamos, te parece?". Bajé las escaleras y me fui. Entonces, recordé.

Nada hacía prever al comenzar esta mañana -tan acuática y tan frugal- que nos despediríamos para llevarnos uno en el otro.

A veces, sucede así. Nos encontramos, con Martín y sus compañeros, para regalarnos simplemente un "buen día". Conversamos por unos minutos de cualquier cosa, todos a la vez. No nos molestan las voces superpuestas. Tomamos cada uno un lugar. Planteo el tema: "Hoy, la vanguardia en la poesía". Detrás de mi exposición vendrá el debate, las preguntas y las repreguntas. Comentarios que van, comentarios que vuelven. Y entre tanto, diviso hojas y lápices que procuran registrar ideas, sentimientos, "toma de apuntes" que le decimos. Sucede muchas veces que nos reímos: de ocurrencias, de equívocos, de absurdos, de ignorancias propias y ajenas. Vamos así, entre ejercicio y ejercicio, poblando el aire de palabras. Leemos fervorosos, devotos. Siempre pidiendo más. "¡Que no termine!", escucho por lo bajo. Dejamos entrar a nuestra invitada de cada encuentro, la Literatura. Nos entregamos a su abrazo en el huequito izquierdo que espera. Volamos unos instantes. Regresamos extasiados. Sabemos que hemos llegado al final. Partimos llevándonos una idea, una frase que no nos pertenece pero nos dice, un sentir diferente. Una historia por averiguar, una ficción por concluir, un “queda para la próxima”.

De pronto, desde el fondo del aula, otra vez Martín con sus dieciséis cristalinos años que me dice: "Pero, Noemí, no se puede terminar así la clase. Nos dejas como al Sultán de las Mil y Una Noches, ¿te acordás?”

Le sonrío con los ojos, después lo miro entre sorprendida y emocionada. "¡Cómo no recordarlo!", pienso entre mí. “Ahí está tu respuesta, Martín: Todo empezó con mi Sherezade”.

Me sonríe. Le sonrío. Sabemos de qué hablamos.

Mientras bajo las escaleras, pienso quién habrá sido tu Sherezade, la Sherezade de cada uno de los que saludo y despido. Qué historias los anidan sin saberlo, sin recordarlo aún. "Ya las recordarán", pienso, y me voy.

Camino. Mucho camino. Como quien busca sabiendo que ya no va a encontrar. Mientras regreso, en el andar, el cielo me indica mi Sherezade. Abierto y claro, en él reconozco los cuentos de la niñez, aquella huida de Italia, las historias familiares que todos repetimos, tus anécdotas escolares y tus bravuconadas, tus certeros relatos barriales y este puñado de historias en las que te seguiré encontrando, Papá, cada vez que salga a buscarte y no te encuentre.


Domingo 1 de noviembre

Rec



¿En qué estrella estarás cantando hoy esta vieja canción que despertó de sonidos y algarabía las tardes de mi niñez?...

En mi recuerdo es una tarde de otoño (¿lo fue?). Llegaste, como era habitual en vos, con la idea 'rumiada' por días y días. La habías pensado y organizado con todos sus detalles en ese lado de tu mente donde anidaban las fantasías. Así es que acomodaste las cintas, marrones recuerdo, colocaste el micrófono en el grabador y, primero, ensayamos varias veces. Yo soy Prudencio Navarro,/ el cuarteador de Barracas./Tengo un pingo que en el barro/... Y pusiste "Rec".

¿Qué nos gustaba tanto de esa ceremonia?... ¿Mi ingenua y simpática pronunciación de niña con cinco años?... ¿Tu risa a borbotones que me contagiaba e interrumpía el canto?...

¿Cuántas tardes esa canción nos abrazó en el mismo canto?... ¿Y cuántas noches de verano, regresando de la plaza, nos perdíamos "cantando bajito" cualquier otro tango que intentabas que yo memorizara?... Ahora comprendo: en esas letras te encuentro y nos encuentro riéndonos, alegrándonos, viviéndonos.
¿A qué estrella le canto hoy? ....



Miércoles 11 de noviembre
Melancolía de tus manos

"¿Es algo que hice hace mucho tiempo? ¿O es algo que quería hacer y todavía no he hecho? Igual da. El caso es que en algún momento pensé en poner mi mano en una carta, dibujar su contorno y enviártela. Un poco después de cuando fuera que lo pensara, me topé con un libro en el que enseñaban a dibujar manos y lo abrí y lo vi página a página. Decidí comprármelo. Se parecía a la historia de nuestra vida. Todas las historias son también historias de manos, manos que agarran, que sopesan, que señalan, que unen, que amasan, que enhebran, que acarician; manos abandonadas en el sueño, manos que cortan, que comen, que limpian, que tocan música, que rascan, que asen, que pelean, que se aferran, que aprietan un gatillo, que se cruzan. En cada página del libro hay un delicado dibujo de manos ejecutando una acción específica. Y me miro las manos, que quieren tocarte, y me parecen obsoletas, porque hace tanto que no te acarician".
"De A para X"
John Berger
Martes 17 de noviembre

Wish you were here

¡Cómo me gustaría, cómo me gustaría que estuvieras aquí

Somos dos almas perdidas

nadando en una pecera,

año tras año,

Correr sobre el suelo mismo de siempre.

¿Qué hemos encontrado?

Los miedos de siempre.

 
Pink Floyd

Lunes 30 de noviembre
Cuando tú no estás
Solo en la ruta de mi destino
sin el amparo de tu mirar,
soy como un ave que en el camino
rompió las cuerdas de su cantar.


Nace la aurora resplandeciente,
clara mañana, bello rosal,
brilla la estrella, canta la fuente,
ríe la vida, porque tú estás.


Cuando no estás la flor no perfuma,
si tú te vas, me envuelve la bruma;
el zorzal, la fuente y las estrellas
pierden para mí su seducción.


Cuando no estás muere mi esperanza,
si tú te vas se va mi ilusión.
Oye mi lamento, que confío al viento,
todo es dolor cuando tú no estás.


Música: Carlos Gardel / Marcel Lattes
Letra: Alfredo Le Pera / Mario Battistella

Martes 8 de diciembre


Los días de tu ausencia



Miércoles 25 de noviembre.  
No tengo otra opción más que escribir para encontrarte.

Y así voy por tu querida ciudad de Buenos Aires, que carga sobre sí toda la humedad del mundo. El sol hace días que no asoma. Y te extraño. Tanto te extraño que estoy empezando a tener miedo. Miedo de olvidar. De olvidar cómo era el apretón de tus manos contra las mías. Cómo, el beso de tu boca rompiéndose en mi mejilla. Cómo era tu risa de divertida y espontánea. Cómo, tu llegar sonriente y enérgico cada tarde.

Todos morimos un poco al perderte. Y eso, es inevitable. 




Martes 8 de diciembre
¿Cómo se nombra la ausencia? ¿Cómo se la escribe?


No hay más que preguntas.Es este dolor de vos quien escribe y busca nombrarte.


Todo esto sucede mientras intento aturdirme cada día. Entonces, te busco. Sigo buscándote. Me cuelgo con los ojos de los florecidos balcones de tu querida Buenos Aires. Camino las calles que durante los últimos cuarenta años te han visto vivirlas. Miro las caras de los niños, con ternura y melancolía les sonrío y, en el gesto dulce que me devuelven, ansío encontrar tu mirada pícara, risueña, amable. Mis piernas y mis pies van en una búsqueda constante y mi mente y mi corazón, en un letargo ingobernable.


Son noventa y dos días de ausencia. Me dirán que tengo tus recuerdos, tus enseñanzas, tu música, tu gente querida. Me dirán que estás en mi corazón. Y no mienten. Pero yo sólo sé que una caja basta para resguardarte del paso del tiempo. Y sé que, por ahora, nada me conforma.