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lunes, 18 de octubre de 2010

ULTIMO POEMA DE AMOR ESCRITO PARA RECUPERAR A UNA MUJER

Hay varios tipos de amor
en el mercado.
Está el amor adocenado que se 
puede comprar. Viene crudo,
salvaje, pero frágil. Acepta 
el manoseo, una franela
liviana pero
cuesta / dura / duele poco:
se partió y ya no hay cómo,
se acaba ahí: 
pase el que sigue.

Hay un amor más duro, entero, liso
habitualmente hervido a fuego
lento y sin pasión, con poco gusto
por las novedades. Viene seguro
y te lo dan como quien pasa
una pelota perfecta. Está todo
bien y conservado
pero no sirve. Es el amor
fósil de los dinosaurios.

También hay un amor frito 
–o dos–
que viene 
para que te zambullas.
Hay un aceite apasionado que
lo suele arrebatar: si queda vivo,
estás salvado, pero se puede
morir en el intento. Es de 
ocasión, no hay que dejarlo
que se enfríe. Además,
a la larga te patea.
También existen los amores revueltos,
incluso los batidos,
entreverados de pasiones, odios,
envidias, confusión de
gustos y de sentimientos. Son
amores más confusos que
complejos. Te llenan, pero
nadie quiere repetir.

Y hay finalmente un amor
pasado por agua, que tiene mala prensa:
tonto, infantil, un poco ingenuo.
Es el primer amor y es el amor
para empezar de nuevo. El agua
primordial apenas lo sostiene
lo justito para poder dejarlo solo
sin que se desparrame.

Yo paso y paseo mi amor por agua y por
el Río de la Plata: camino sobre el
agua, nadar sabe mi llama
como la de Quevedo. 
Mi amor se ahoga por agua, se hunde
por Vallejo, traga amor
con la tan cursi de Alfonsina.

Ponele sal, que vengo
demasiado
dulce.


Juan Sasturain

lunes, 11 de octubre de 2010

"No es fácil enamorar a una mujer..."

... que tiene freezer.
Uno llega con palabras frescas y ella tiene
–congeladas en el freezer–
las que le dijimos una hora o
dos años atrás. Descongela y dice:
“Comamos primero lo de ayer,
hagamos una cena fría con
estas sobras de abandono,
estos restos de despedida con que
me dejaste plantada”.
No es fácil convencer a una mujer que tiene freezer.
Uno llega con un abrazo inédito,
las yemas de los dedos renovadas,
huellas flamantes para nuevas
sensaciones, y ella tiene
–en un helado estante del freezer–
las marcas de nuestras últimas manos
puestas sobre su sensible corazón,
los guantes con que abofeteamos su
esperanza, el dibujo de
nuestro viejo codo acodado a la mesa
donde le dijimos que
no daba para más.
No es fácil amar a una mujer que tiene freezer.
Uno va en busca de sus hermosas tetas
y ya no están, tibias, ahí donde solían,
sino en el freezer y
hay que aceptarlo. Todo tiene
un tiempo de deshielo,
un tiempo de cocción. Las estaciones
duran minutos; los años,
meses que se disuelven en segundos
para la mujer que tiene freezer.
No es fácil ser el amor de una mujer que tiene freezer.
Hay que esperar. Encontrar una
percha helada y cómoda
donde quedar colgado y
ponerse ahí. Hasta que una noche
ella sienta un vacío
en la boca del estómago, en
el costado de su cama,
y vaya entregada al freezer.
Conviene estar en la primera fila.
Para esas sensaciones bruscas
se preparó el famoso Disney –dicen–,
pero uno siempre espera que le
vaya mejor que al pobre Walt,
vivo de olvido, muerto de frío:
“No se puede matar a la mamá de Bambi,
hacer sufrir a Dumbo y
esperar que todo termine bien
y sin explicaciones”, dice la mujer
que va del freezer al cine y por la vida.
No es fácil olvidar a esa mujer que tiene freezer.
Se nos ha congelado en la memoria
y sólo queda aguantar el remoto,
ruidoso deshielo. Habrá que estar en el
momento justo en que se parte el
Perito Moreno de su
corazón, aprovechar la grieta
para colarse mientras
los japoneses registran
que por fin,
que valió la Pena.
Juan Sasturain
*La imagen corresponde a la película "Frankie and Johnny" del director Gary Marshall, protagonizada por Al Pacino y Michelle Pfeiffer (1991)

lunes, 27 de septiembre de 2010

Sólo hay una

Dicen que hay

dos clases de mujeres:
las que te cobran y
las que te lo hacen pagar.

La que yo digo es de clase única.

No tiene
caja habilitada y ya gastó
su talonario de facturas
en el último ejercicio
registrado en común.
Ahora sólo espera
que yo llegue
regalado.

Dicen que hay
dos clases de regalos:
los que se esperan y
los que se hacen esperar.

El que yo digo es de clase única.

Se empaqueta
solo
se pone
el moño desde adentro y
se arrima
a la puerta de su amor
a esperar que le abran.

Dicen que hay
dos clases de amor:
el que te mata y
el que no te deja vivir.

El que yo digo es de clase única.

Pasta en la reserva
para animales
en vías de extinción,
se cuida
con fervor de resucitado y ya
no muerde:
come de la mano y hasta
se deja domesticar sin que
se le marchiten
los colores
o lo espante
la muerte.

Dicen que hay
dos clases de muerte
pero no es cierto:
sólo hay una
y ya pasó.

*Juan Sasturain hoy en "Contratapa" de Página/12
*En la imagen, "Observatory Time-The Lovers" de Man Ray.

lunes, 30 de agosto de 2010

Un hombre giraba alrededor de una mujer...

...con órbita inestable.
El apogeo era cuando
conseguía tomar sol a su paso
o podía –por un rato– meterse
debajo de sus alas
a la sombra de sus ojos
al calor de sus sábanas.
El perigeo (o cualquiera fuera el
nombre técnico) era todo lo demás:
consultar el almanaque y la
tabla de mareas, rodar frío
como una bolita de vidrio
por los espacios estelares
entre corazones.
Un hombre vivía enamorado
de una mujer que lo miraba pasar
como a las nubes sobre su cabecita.
El soñaba cada noche con
eclipse de sol, cada día con
eclipse de luna,
cada vez se le movían más el
eje de rotación y el equilibrio.
Estaba enfermo de intemperie.
Hasta que un día –perdido por perdido–
se salió de órbita con un
golpe sin ley ni permiso de la física
y se dejó caer sobre ella
con la gravitación soberana
del destino.
El hombre gira perdido ahora
dentro de una mujer que
no lo reconoce del todo.
Lo busca en el cielo o sus
alrededores, pero él golpea
desde la cárcel de sus costillas,
no la deja dormir.
Convirtió la órbita
en su pulso acelerado.
Un hombre giraba alrededor
de una mujer, con órbita inestable y
sin saber de astronomía.
Hoy navega su sangre
río arriba, trepa por el pulso
y espera hacer escala
cuando llegue, instalarse
como un trompo
en su corazón, girar ahí
siempre.
La lección de astronomía por Juan Sasturain en Página/12
*La imagen pertenece al fotógrafo francés Henri Cartier Bresson.

martes, 10 de agosto de 2010

Poema para recuperar a una mujer

Para recuperar una mujer
hay que estar dispuesto a todo.
A todo
menos
ella.
Porque ella es todo lo que uno no tiene.
Es decir:
uno tiene el mundo pero
la realidad es:
ella de un lado
y uno y todo lo demás
del otro.
Y hay que estar dispuesto a disponer de todo
para que ella disponga,
se sirva, se abra,
se ponga y se deje.
Para recuperar una mujer
hay que estar dispuesto a hacer
un embudo
y meter toda la vida en él
para que vaya y caiga
sobre ella;
hay que encender
un ventilador
en el sentido de todas las palabras
y hacerlo soplar
sobre ella;
hay que meterse, finalmente,
en una picadora de carne
y hacer con ella empanaditas
que ella pueda
comer sin esfuerzo;
hay que disolverse y llover
sobre ella
y todo es poco
y no duele
que duela.
Para recuperar una mujer
hay que entrarle por todas partes:
ser la basurita en su ojo,
el ruido que no la deje dormir,
un resto de amor pegado
a su contestador
como
un residuo entre dientes
para su eterno forcejeo;
una piedrita en el zapato,
una gota de sangre en el borde
de su cama
y de su olvido.
Para recuperar una mujer
todo es poco
porque primero

hay que haberla perdido.
Por Juan Sasturain
*En la imagen, "Nunca es tarde para enamorarse" dirigida por Joel Hopkins y protagonizada por D. Hoffman y E. Thompson