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lunes, 11 de julio de 2011

Ayer

un encuentro a destiempo
un horizonte para el que no estábamos destinados
quizás
sólo fue eso
y aún así
no cesas

viernes, 13 de mayo de 2011

Mañanas de Floresta a Isidro Casanova

Había que tener siempre a mano -en la cartera o en la mochila- un libro o el viejo "walkman". De lo contrario, bastaba una buena idea -que fuera la tesis a confirmar o no, durante el viaje- mientras uno colgaba sus ojos en la ventanilla del colectivo  96.

En esos viajes interminables aprendí a tener conciencia del tiempo. De su transcurrir, de su dilatamiento, de sus vueltas y revueltas, de sus desvíos y de su llegada a término. Y de su dejarme a pie, a veces.

Desde Floresta a Isidro Casanova había mucho para leer, para escuchar y para conversar. Fueron lecturas completas las de "Rayuela" de J. Cortazar,  "La Traición de Rita Hayworth" de M. Puig,  "Lo Imborrable" de J.J. Saer, "Amalia" de J. Mármol o, entre tantas, la de "Facundo" de D.F. Sarmiento y "Operación Masacre" de R. Walsh, que me acompañaron en esas mañanas idealistas y exclusivas para mí.

Cuando la música se sentaba en el asiento de al lado,  se avenían S. Rodriguez, E. Aute, P. Milanés, Serrat, Violeta Parra, Mercedes Sosa, las bandas sonoras de las películas de K. Kieslowski  o de "La lección de piano" de  Jane Campion, los tres tenores,  o todo Paco Ibañez, recuperado de unos discos de pasta que vinieron desde Quilmes, después de permanecer años bajo tierra.

Cuatro o cinco cosas aprendí del vivir, de la docencia y del pueblo. De los que esperan, de los que se embarran cada mañana hasta el cuello, de los que enfrentan la exclusión, de los que padecieron -como Jesús en el madero- la década infame de los '90.

Todas esas enseñanazas que llevo grabadas, se me agolparon esta mañana en la garganta. Todas fueron un nudo.   

Por cuestiones del azar, una canción me devolvió a aquella escuela de tres aulas, en el final final del Hospital, donde algunas mañanas al caminar su pasillo comprendí que Dios no atendía detrás de esa puerta amarilla de la que colgaba el cartelito "Laboratorio. Atención de 8 a 12hs", mientras algunos hombres dormían apoltronados en los bancos, niños lloraban de fiebre, hambre o un dolor inimaginable y madres amamantaban o improvisaban cambios de pañales por donde podían y las dejaban.

Y sin embargo, la utopía renacía cada mañana en ese mismo viaje, en esas mismas avenidas, en esa misma ruta tres y en esta canción.


miércoles, 2 de marzo de 2011

Buenos Aires y el mar

El verano pareciera aquietarse.
La brisa fresca se escurre por entre mis lienzos
y un aroma a tierra amanecida me inunda.
Pienso en nada. Pienso a Buenos Aires.
Recorro su arquitectura,
sus variopintos personajes,
me emociona el recuerdo de mi padre.
El día se desliza pesadamente, y regreso a casa.
Pienso en las historias cruzadas,
ésas que pudieron ser y no fueron,
en aquellas que esperan ser descubiertas,
en las otras que navegan por ríos advenedizos.
Pienso en los afectos ganados,
en una niña.
El mar me espera.
Hacia allá comenzaré a caminar mañana.

jueves, 24 de febrero de 2011

Oceánico altar



“¡Otro!”, le dictó su memoria. “No quiero la noche sino cuando la aurora/ la hizo diluirse en oro y azul/ Lo que mi alma ignora/ eso es lo que quiero poseer…” Desde aquella tarde, se había jurado y perjurado que tanta dedicación, esfuerzo y abnegación de días, meses y años, transcurridos en el exilio del retiro, encadenarían sus actos simples de rutina: levantarse con la primera claridad, abrir los amplios ventanales, inspirar el aire fresco, desayunar junto a los jazmines del cielo que inundaban su balcón y la compañía de su gato blanco, blanquísimo. Bajar luego a comprar algunas frutas y verduras para regresar y concentrarse, por fin, en los moldes y telas de las pocas clientas que su estancia en la isla le venía reservando desde aquella tarde. Transcurrida la media mañana, con el sol en su máxima altura, almorzar y tomar un descanso para ahí, sí, sumergirse en un baño fresco, ajustarse uno de los tantos lienzos demorados que le habían quedado y bajar silenciosa las escaleras del edificio y encaramarse por la baja rambla del sur. Todos los días era la misma ceremonia.


Después de su andar sosegado, buscaba un parador. Con una mirada algo distraída pero expectante, ensayaba una búsqueda rapaz por el interior del bar. Le había ocurrido ya repetir ese rito, continuar su andar y regresar al tiempo. Pero esa tarde, mientras la caída del sol resplandecía sobre la costanera, su ansiedad la llevó a desplegar una espaciosa lona sobre la escalinata trasera del parador que miraba al mar. No hizo más que sentarse, quitarse su capelina e iniciar la clausura de su hábito. “Lo que mi alma ignora/ eso es lo que quiero poseer/”- clamó a media voz ante el altar oceánico- “¿Para qué?... Si lo supiese, no haría/ versos para decir que aún no lo sé/ Tengo el alma...”, y su recitado se interrumpió. Una voz la llamó desde el interior del parador. Con la distancia que mediaba, solo se dejaba ver la sombra de un cuerpo colosal y de aristocrática elegancia que ella de inmediato supo reconocer. “Tengo el alma pobre y fría/ Ah, ¿con qué limosna la calentaré?”… y sin meditarlo, se dijo que ya era hora de probarlo.

22 de junio de 2007

*Todos los versos que aparecen en este relato pertencen al poema "No quiero rosas, con tal que haya rosas..." de Fernando Pessoa.

lunes, 21 de febrero de 2011

Más allá de mí

Sábado, madrugada
           
Escribo. Más allá de la imagen. Me lanzo sin red hacia ella.
Escribo para buscar. Escribo para encontrar. Y, en el mientras tanto, me redimo. Oprimen en esta noche cerrada los pensamientos. Y en la realidad, la palabra sobrevive. La noche es lánguida y el día será su disimulada pena. Esta grieta, que se abre entre el arriba y el abajo, orada la herida.  Todo es presencia: todo está ahí arriba del puente; todo está ahí abajo. En el medio, el agua. Espejo de todos. Es este el canto del desacierto. ¿Cuántas indecisiones gobiernan una vida? ¿Cuántas otras las construyen? ¿Cuántas debilidades la gobiernan?  ¿Cuántas otras las destruyen?... ¡Y qué lejos me queda el agua!      
            La palabra es un grito de salvación cuando no hallo cómo decir. Un grito. De rescate. En soledad.
            Camino. Creo que camino. La noche amanecida cae detrás de mis pasos. De terciopelo, cálida, líquida. Y la historia no aparece. Siempre en fuga. Esperando que la atrape. La vida, mientras tanto, siempre ahí. Presente. Sabe que la espero. ¡Cuánto la espero! La historia. La vida. Sin una. Con la otra. Nada es lo que parece. Todo está ahí arriba del puente; todo está ahí abajo. En medio, el agua. Espejo de lo inaprensible.


Sábado, mediodía.

            Entre que me lleven y que me dejen, se escurrió la mañana. Más allá de mí, está este destino de extravío. Me confunde la mirada este paisaje sombrío y delicioso de una Venecia que no me deja encontrarla. ¿Arriba o abajo? ¿Dónde? Me abate esta imposibilidad de asirla.  ¿Cuál es el decir de sus góndolas?... Entre sus puentes y el agua, ¿qué trasbordo hacen los secretos ancestrales, que inundan de humedad y dulzura de tiempo, este espacio vacío y amarrado que se me cuela por los ojos?... ¿Cómo nombrar este estar perdido?…
            Saldré en su búsqueda y nada me detendrá. Entonces, colmaré mis vísceras con  su aire. Sentiré arder mi respiración, mi sangre a borbotones florecerá y seré un único e impetuoso movimiento hacia la carrera de los viajeros amantes, que surcan las aguas de lo cierto.
            ¡Sí!, aún sigo aquí. Junto al mirador. Ya se acercan los pasos de mi “lazarilla”. Los escuchó avanzar. Cortos pero seguros. Suaves pero continuos. Ella me arrastrará con todo mi pesar por esta Venecia que me pierde y me olvida.
           
            6 de octubre de 2007

domingo, 20 de febrero de 2011

Alguna vez

 Uno, dos tres...
Mi mamá me...
Do, re, mi...
Mi papá me...
A, be, ce...
Yo, me, mi...
Alfa, beta, gama...
A, e, i...
Así iban, musicaliteraturizando la mismividita.



5 de mayo de 2007






*La imagen corresponde a una pintura de la artista chilena, Violeta Parra. Ir al sitio oficial

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Amanece diciembre..

...
Abren sus piernas los pétalos de las flores.
Límpido aire barre la quietud del tiempo.
Y uno aquí, haciéndose de silencio.
Buscando el abrazo.
Atisbando un beso escurridizo.
No es en esa mejilla, no.
En esa boca, no es.
Y amanece diciembre.
Me descuelga de este aquí, un libro.
Me adentro por el río caudaloso
de la palabra ajena
para invocar un nombre
en este diciembre que nace.