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lunes, 20 de abril de 2015

Escribir

"Cuando no estoy escribiendo, yo simplemente no sé cómo se escribe. Y si no sonara infantil y falsa esta pregunta que es de las más sinceras, yo elegiría a un amigo escritor y le preguntaría: ¿cómo se escribe? Porque, realmente, ¿cómo se escribe? ¿qué se dice? ¿cómo se dice? Y ¿cómo se empieza? Y ¿qué se hace con el papel en blanco que nos enfrenta tranquilo? Sé que la respuesta, por más que intrigue, es esta única: escribiendo. Soy la persona que más se sorprende al escribir. Y todavía no me habitué a que me llamen escritora. Porque, salvo algunas horas en que escribo, no sé en absoluto escribir. ¿Será que escribir no es un oficio? ¿No hay aprendizaje entonces? ¿Qué es? Sólo me consideraré escritora el día en que yo diga: sé cómo se escribe."


Clarice Lispector En "Revelación de un mundo" (Ucrania, 1920 - Brasil, 1977)

sábado, 13 de noviembre de 2010

En carne viva, tu recuerdo

"Escribir es tantas veces recordar lo que nunca existió.
¿Cómo lograré saber lo que ni siquiera sé? así: como si lo recordara.
Con un esfuerzo de memoria, como si yo nunca hubiera nacido.
Nunca nací, nunca viví: pero recuerdo, y el recuerdo es en carne viva"

Clarice Lispector en Revelación de un  mundo

sábado, 27 de marzo de 2010

Sábado, en casa

21 de junio de 1969

Era sábado y estábamos invitados a un almuerzo de compromiso. Pero a cada uno de nosotros le gustaba demasiado el sábado como para gastarlo con una pareja fuera de moda. Cada uno había sido feliz alguna vez y había quedado con la marca del deseo. Yo, yo quería todo. Y nosotros allí presos, como si nuestro tren se hubiese descarrilado y fuéramos obligados a aterrizar entre extraños. Nadie allí me quería, yo no quería a nadie. En cuanto a mi sábado -que fuera de la ventana se balanceaba en acacias y sombras-, prefería, a gastarlo mal, encerrarlo en la mano dura, aquel sábado perdido, donde lo estrujaba como a un pañuelo. A la espera del almuerzo, bebíamos sin placer, a la salud del resentimiento: mañana ya sería domingo. No es contigo con quien quiero, decía nuestra mirada sin humedad, y soplábamos despacio el humo del cigarrillo seco. La avaricia de no compartir el sábado iba royendo poco a poco y avanzando como herrumbre, hasta que cualquier alegría sería un insulto a la alegría mayor.

Únicamente la dueña de casa parecía no economizar el sábado para usarlo en mejor compañía. Ella, sin embargo, cuyo corazón ya había conocido otros sábados. ¿Cómo había podido olvidar que se quiere más y más? No se impacientaba siquiera con el grupo heterogéneo, soñador y resignado que en su casa sólo esperaba como a la hora de que partiera el primer tren, cualquier tren, menos quedarse en aquella estación vacía, menos tener que refrenar el caballo que correría con el corazón golpeando a otros, otros caballos.

Finalmente pasamos a la sala para un almuerzo que no tenía la bendición del hambre. Y fue cuando sorprendidos nos encontramos con la mesa. No podía ser para nosotros... Era una mesa para hombres de buena voluntad. ¿Quién sería el invitado realmente esperado y que no había venido? Pero éramos nosotros mismos. ¿Entonces aquella mujer daba lo mejor, no importaba a quién? Y lavaba contenta los pies del primer extranjero. Cohibidos, mirábamos.

La mesa había sido cubierta por una solemne abundancia. Sobre el mantel blanco se amontonaban espigas de trigo. Y manzanas rojas, enormes zanahorias amarillas, redondos tomates de piel casi estallando, cayotes de un verde líquido, ananás malignos en su salvajería, naranjas anaranjadas y calmas, maxixes erizados como puercoespines, pepinos que se cerraban duros sobre la propia carne acuosa, pimentones huecos y enrojecidos que ardían en los ojos, todo enmarañado en barbas húmedas de maíz, pelirrojas como las de junto a una boca. Y los granos de uva. Las más violetas de las uvas negras y que apenas podían esperar por el instante de ser aplastadas. Y no les importaba aplastadas por quién, como la dueña de casa tiempo atrás. Los tomates eran redondos para nadie: para el aire, para el redondo aire. El sábado era de quien viniese. Y la naranja endulzaría la lengua de quien primero llegase. Junto al plato de cada mal invitado, la mujer que lavaba pies de extraños había puesto -aun sin elegirnos, aun sin amarnos- un ramo de trigo o un racimo de rabanitos ardientes o una tajada roja de sandía con sus alegres semillas. Todo cortado por la acidez española que se adivinaba en los limones verdes. En los cuencos estaba la leche, como si hubiese atravesado con las cabras el desierto de los peñascos. Vino, casi negro de tan pisado, se estremecía en vasijas de barro. Todo delante de nosotros. Todo limpio del retorcido deseo humano. Todo como es, no como quisiéramos. Sólo existiendo, y todo. Así como existe un campo. Así como las montañas. Así como hombres y mujeres, y no nosotros, los ávidos. Así como un sábado. Así, como sólo existe. Existe.

En nombre de nada, era hora de comer. En nombre de nadie, era bueno. Sin ningún sueño. Y nosotros poco a poco a la par de la noche, poco a poco anónimos, creciendo, más grandes a la altura de la vida posible. Entonces, como hidalgos campesinos, aceptamos la mesa.

No había holocausto: todo aquello quería tanto ser comido cuanto nosotros queríamos comerlo. No guardando nada para el día siguiente, allí mismo ofrecí lo que sentía a aquello que me lo hacía sentir. Era un vivir que no había pagado de antemano con el sufrimiento de la espera, hambre que nace cuando la boca ya está cerca de la comida. Porque ahora teníamos hambre, hambre entera que abrigaba el todo y las migajas. Quien bebía vino, con los ojos tomaba cuenta de la leche. Quien, lento, bebió leche, sintió el vino que el otro bebía. Allá afuera Dios en las acacias. Que existían. Comíamos. Como quien da agua al caballo. La carne trinchada fue distribuida. La cordialidad era ruda y rural. Nadie habló mal de nadie porque nadie habló bien de nadie. Era una reunión de cosecha, se dio una tregua incluso a las nostalgias. Comíamos. Con una horda de seres vivos, cubríamos gradualmente la tierra. Ocupados como quien labra la existencia, y planta y cosecha, y mata, y vive, y muere, y come. Comí con la honestidad de quien no engaña lo que come: comí aquella comida, no su nombre. Nunca Dios fue tomado por lo que Él es. La comida, decía, ruda, feliz, austera: come, come y reparte. Todo aquello me pertenecía, aquélla era la mesa de mi padre. Comí sin ternura, comí sin la pasión de la piedad. Y sin ofrecerme a la esperanza. Comí sin ninguna nostalgia. Y yo bien valía aquella comida. Porque no siempre puedo ser la guarda de mi hermano, y no puedo ser mi guarda, ah no me quiero más: no quiero formar la vida porque la existencia ya existe. Existe como un suelo donde todos nosotros avanzamos. Sin una palabra de amor. Sin una palabra. Pero tu placer entiende el mío. Somos fuertes y comemos. Pan es amor entre extraños

Clarice Lispector

A propósito de la próxima publicación de "Descubrimientos", libro que recoge artículos y relatos de la autora.
Pueden leerse otros textos suyos en el Suplemento ADN, http://www.lanacion.com.ar/diario-de-hoy/suplementos/adn-cultura/index.asp

jueves, 25 de febrero de 2010

Ella y el mar

1968

27 de julio

"Ahí está él, el mar, la más ininteligible de las existencias no humanas. Y aquí está la mujer, de pie en la playa, el más ininteligible de los seres vivos. Al ser el humano un día Formular una pregunta sobre sí mismo, SE Volvió el más ininteligible de los seres vivos. Ella y el mar.

Podría haber un encuentro de sus misterios sólo si uno se entregase al otro: la entrega de dos mundos incognoscibles hecha con la confianza con que se entregarían dos comprensiones.

(...)

(Ella) entrando Va. El agua salada es de un frío que le eriza el ritual en las piernas. Pero una alegría mortales-la alegría es una Fatalidad-ya la invadió, Aunque ni se le OCURRA sonreír ... El aroma es ensordecedor y la despierta de sus sueños más adormecidos seculares. Y ahora ella está alerta, aun sin pensar, como un cazador está alerta sin pensar.

(...)

Y era eso lo que le fataba: el mar por dentro como el líquido espeso de un hombre. Ahora ella está toda igual a Sí Misma (...) Ella es la amante que sabe que lo tendra todo de nuevo ... "


"Ritual" en "Revelación de las Naciones Unidas por Clarice Lispector mundo"

miércoles, 24 de febrero de 2010

Los perfumes de la tierra

1968

7 de septiembre
¿Ya hablé del perfume del jazmín?
Ya hablé del olor del mar.
La tierra es Perfumada.
Y yo me Perfumo para Intensificar Lo Que Soy.
Por eso no puedo usar perfumes que me contraríen.
Perfumarse Es una sabiduría instintiva.
Y como todo arte, Exige Algún conocimiento de sí Misma.
Uso un perfume Cuyo nombre no digo: soy yo es mío,. Dos amigas ya me preguntaron el nombre, se los dije, lo compraron. Y me lo trajeron: simplemente no eran ellas.
No digo el nombre También por secreto: es bueno perfumarse en secreto.

Clarice Lispector en "Revelación de un mundo"

martes, 23 de febrero de 2010

Urgencia


1968
27 de mayo

"Saudade Es un poco como hambre. Sólo Ocurre Cuando se come la presencia. Pero A veces la Saudade es tan profunda que la presencia es poco: se quiere absorbente de toda la otra persona. Estas ganas de ser uno el otro para una unificación completa es uno de los sentimientos más urgentes que Existen en esta vida ".

Clarice Lispector en "Revelación de un mundo "


* En la imagen, "Desnudo con alcatraces", de Diego Rivera, 1944.

jueves, 18 de febrero de 2010

La "norestina"


"Pensar es un acto. Es sentir de las Naciones Unidas Hecho. Los dos juntos son yo que escribo lo que estoy escribiendo ... La verdad es siempre un contacto e interior inexplicable. Mi vida más verdadera es irreconciliables, interior en extremo, y no tiene una palabra sola que la signifique ".

"Lo que es esribo Más que una invención, es Obligación mía hablar de esa muchacha, de entre Millares de ellas. Es mi deber, aunque sea de arte menor, revelar su vida.
Porque tiene derecho al grito.
Entonces yo grito ".

"¿Por qué escribo? Porque todo capte Ante el espíritu de la lengua y así, a veces, la forma forja un contenido. Por tanto, escribo no a causa de la norestina sino por un grave motivo de 'alcalde de fuerza', Como se dice en los apercibimientos oficiales, por fuerza "de ley" ".

"¿Sabría ella algún día del adiós del amor? ¿Sabría algún día de los desmayos del amor? ¿Tendría A su modo el dulce vuelo? Nada de esto sé. QUE SE PUEDE hacer con la verdad de que todo el mundo Esté un poco Triste y solo un poco ".


Clarice Lispector en "La Hora de la Estrella" (novela, 1977)

jueves, 14 de enero de 2010

Coincidir

O, nunca vi un milagro. Me cuentan, y a veces eso me basta como esperanza. Pero también me enoja: ¿por qué no a mí? ¿Por qué sólo me lo cuentan? Ya escuché charlas sobre milagros como ésta: “Me dijo que si pronunciaba determinada palabra un objeto querido se rompería”. Mis objetos se rompen banalmente y por culpa de las empleadas. Hasta que llegué a la conclusión de que soy de aquellas personas que pican piedras durante siglos, y no de aquéllas a las que los guijarros le llegan listos, pulidos y blancos. Tengo visiones fugitivas antes de dormir: ¿será un milagro? Pero ya me explicaron tranquilamente que eso tiene nombre: cidetismo, capacidad de proyectar en el campo de las alucinaciones las imágenes inconscientes.

Milagros, no. Sí, coincidencias. Vivo de coincidencias, vivo de líneas que inciden unas en otras y se cruzan y en el cruzamiento forman un leve e instantáneo punto, tan leve e instantáneo como hecho de pudor y secreto: apenas hablara de él, estaría hablando de nada.

Pero tengo un milagro, sí. El milagro de las hojas. Camino por la calle y del viento me cae una hoja exactamente en los cabellos.

La incidencia de la línea de millones de hojas transformada en una sola; y de millones de personas, la incidencia se reduce a mí. Eso me pasa tantas veces que modestamente me considero la elegida de las hojas. Con gesto furtivo saco la hoja de mis cabellos y la guardo en la cartera, como el más diminuto de los diamantes. Hasta que un día, abro la cartera y la encuentro entre los objetos. La hoja seca, arrugada, muerta. La tiro: no me interesan los fetiches muertos como recuerdo. También porque sé que nuevas hojas coincidirán conmigo.

Un dìa una hoja me golpeò las pestañas. Creo que Dios es muy delicado.


El Milagro de las hojas
de Clarice Lispector
en Crìtica de la Argentina