viernes, 17 de junio de 2011

Habitualmente, ...



... convivo con dos ventanas: una es muy luminosa, a la otra no le llega el sol. Una es portavoz de lo impuesto, la otra es tan libre como el vuelo de un águila. Por una transcurre la vida, por la otra los sueños. Una refleja lo que un día llegó y se quedó para siempre, la otra se apoya en "algún día".

De las dos ventanas la que más me acompaña  es aquella que no transita un camino recto, sino que va imaginando pasos como un zig-zag,  aquella que -como yo- vive acompañada y tan sola a la vez. Aquella que el dolor y lo punzante no la rompe ni la raya, sino que la fortalece. Prefiero esa ventana que, sé, no se romperá ni me desgastará, sino que a diferencia del observador, es la única que perdurará hasta la eternidad.

Pablo Rebolini, estudiante de 4° año de la escuela secundaria.

La imagen pertenece a las conocidas casas de Hundertwasser (1928-2000) al borde del Danubio, en Viena.

jueves, 16 de junio de 2011

Certezas

Los poemas no se parecen a los cuentos, ni tan siquiera cuando son narrativos. Todos los cuentos tratan de batallas, de un tipo o de otro, que terminan en victoria y derrota.
Todo avanza hacia el final, cuando habremos enterarnos del desenlace.
Indiferentes al desenlace, los poemas cruzan los campos... de batalla, socorriendo al herido, escuchando los monólogos delirantes del triunfo y del espanto. Procuran un tipo de paz. No por la hipnosis o la confianza fácil, sino por el reconocimiento y la promesa de que lo que se ha experimentado no puede desaparecer como si nunca hubiera existido. Y, sin embargo, la promesa no es la de un monumento. (¿Quién dice monumentos en el campo de batalla?) La promesa es que el lenguaje ha conocido, ha dado cobijo, a la experiencia que lo necesitaba, que lo pedía a gritos.

Los poemas están más cerca de las oraciones que de los cuentos, pero en la poesía no hay nadie detrás del lenguaje que se recita. Es el propio lenguaje el que tiene que oír y agradecer. Para el poeta religioso, la Palabra es el primer atributo de Dios. En toda la poesía, las palabras son una presencia antes de ser medios de comunicación.
No obstante, la poesía utiliza las mismas palabras y, más o menos, la misa sintaxis que, por ejemplo, el informe anual de una empresa multinacional. (Empresas que preparan, para su propio provecho, los más terribles campos de batalla del mundo moderno.) ¿Qué hace entonces la poesía para transformar tanto el lenguaje, que, en lugar de limitarse a comunicar información, escucha y promete y desempeña el papel de un dios?
El que un poema use las mismas palabras que el informe de una multinacional no es más significativo que el hecho de que un faro y una celda de prisión puedan estar construidos con piedras de la misma cantera, unidas con la misma argamasa. Todo depende de la relación entre las palabras. Y la suma total de todas esas relaciones posibles depende de la manera en la que el escritor se relaciona con el lenguaje, no como sintaxis, ni siquiera como estructura, sino como un principio y una presencia.
El poeta sitúa el lenguaje fuera del alcance del tiempo; o, más exactamente, el poeta se aproxima al lenguaje como si fuera un lugar, un punto de encuentro, en donde el tiempo no tiene finalidad, en donde el propio tiempo queda absorbido y dominado.
La poesía habla, con frecuencia, de su propia inmortalidad, y esta reivindicación es mucho más trascendente que la del genio de un poeta determinado perteneciente a una historia cultural determinada. No debe confundirse aquí la inmortalidad con la fama póstuma. La poesía puede hablar de inmortalidad porque abandona al lenguaje en la creencia de que el lenguaje abraza a toda experiencia, pasada, presente y futura.
Sería engañoso hablar de la promesa de la poesía, pues una promesa se proyecta en el futuro, y es precisamente la coexistencia del futuro, el presente y el pasado lo que propone la poesía.
A una promesa que afecta al presente y al pasado tanto como al futuro mejor la llamaríamos certeza.

John Berger  En Páginas de la Herida.

martes, 14 de junio de 2011

En busca de...

PAVANA DEL HOY PARA UNA INFANTA DIFUNTA QUE AMÓ Y LLORÓ
A Alejandra Pizarnik

Todas las puertas son para salir.
Ya todo es el revés de los espejos.
Pequeña pasajera,
sola con tu alcancía de visiones
y el mismo insoportable desamparo debajo de los pies:
sin duda estás clamando por pasar con tus voces de ahogada,
sin duda te detiene tu propia inmensa sombra que aún te sobrevuela en
busca de otra,
o tiemblas frente a un insecto que cubre con sus membranas todo el caos,
o te amedrenta el mar que cabe desde tu lado en esta lágrima.
Pero otra vez te digo,
ahora que el silencio te envuelve por dos veces en sus alas como un
manto:
en el fondo de todo jardín hay un jardín.
Ahí está tu jardín,
Talita cumi.


Olga Orozco (fragmento)

viernes, 10 de junio de 2011

1986 - El Poeta - 2011

Hay muchas causas para la vigencia de Borges. Ésta es una: abro una página de sus Obras completas (libro compañero de viajes y mudanzas por más de treinta años), leo y me parece recordar, como si las palabras me golpearan físicamente, mi humanidad compartida con otros por los siglos de los siglos, los dones sagrados de esta vida asombrosa, mi fragilidad, mi muerte.
Borges con su escritura abre las puertas y es como si miráramos el mundo por primera vez, como si pudiéramos pensarlo por primera vez y admirarnos de cómo no recordábamos que era así, que venía siendo así y será así, más allá del tiempo.
En "Una oración", Borges dice: "Quiero ser recordado menos como poeta que como amigo; que alguien repita una cadencia de Dunbar o de Frost o del hombre que vio en la medianoche el árbol que sangra, la Cruz, y piense que por primera vez lo oyó de mis labios".
Tantas veces pienso que lo oí de sus labios. Si no lo oyera, el mundo sería más pobre y yo, más sola o más ciega.
Por Inés Garland (ADN Cultura /La Nación)




Una Oración

Mi boca ha pronunciado y pronunciará,
miles de veces y en los dos idiomas que me son íntimos,
el padre nuestro,
pero sólo en parte lo entiendo.
Esta mañana,
la del día primero de julio de 1969,
quiero intentar una oración que sea personal,
no heredada.
Sé que se trata de una empresa que exige una sinceridad más que humana.
Es evidente,
en primer término,
que me esta vedado pedir.
Pedir que no anochezcan mis ojos sería una locura;
sé de millares de personas que ven y que no son particularmente felices,
justas o sabias.
El proceso del tiempo es una trama de efectos y de causas,
de suerte que pedir cualquier merced,
por ínfima que sea,
es pedir que se rompa un eslabón de esa trama de hierro,
es pedir que ya se haya roto.
Nadie merece tal milagro.
No puedo suplicar que mis errores me sean perdonados;
el perdón es un acto ajeno y solo yo puedo salvarme.
El perdón purifica al ofendido,
no al ofensor,
a quien casi no le concierne.
La libertad de mi albedrío es tal vez ilusoria,
pero puedo dar o soñar que doy.
Puedo dar el coraje,
que no tengo;
puedo dar la esperanza que no esta en mí;
puedo enseñar la voluntad de aprender lo que se apenas o entreveo.
Quiero ser recordado menos como poeta que como amigo;
que alguien repita una cadencia de Dunbar o de Frost
o del hombre que vio en la medianoche el árbol que sangra,
la Cruz,
y piense que por primera vez la oyó de mis labios.
Lo demás no me importa;
espero que el olvido no se demore.
Desconocemos los designios del universo,
pero sabemos que razonar con lucidez y obrar con justicia
es ayudar a esos designios,
que no nos serán revelados.
Quiero morir del todo;
quiero morir con este compañero,
mi cuerpo.  


Jorge Luis Borges (1899 - 1986)

Más artículos aquí
 

Habitantes de biblioteca

jueves, 9 de junio de 2011

Sobre la arena...

(...)
 el viento
sopla la memoria
hasta dejarla sin nombre
sin la historia y sin la piel
muda como el instante
intuido por el verbo
no hay más que silencio
en las gargantas
quebrarlo será castigo y
recompensa
celebración y duelo
en el mínimo gesto de tu trazo.


Sandra Lorenzano (exiliada en México desde 1976) , en su libro "Vestigios". Leer artículo completo aquí.

domingo, 5 de junio de 2011

Leonard Cohen y la poesía

"Por ejemplo la palabra “mariposa”. Para usar esta palabra no hace falta aligerar la voz, ni dotarla de pequeñas alas empolvadas, ni inventar un día soleado o un campo de narcisos, ni estar enamorado, ni estar enamorado de las mariposas. La palabra “mariposa” no es una mariposa de verdad. Está la palabra y está la mariposa. La gente tendrá todo el derecho a reírse de ti si confundes estos dos conceptos. No le des tanta importancia a la palabra. ¿Qué quieres transmitir, que amas a las mariposas con más perfección que nadie o que entiendes realmente su naturaleza? La palabra “mariposa” no es más que un dato. No te da pie a revolotear, elevarte, proteger las flores, simbolizar la belleza y la fragilidad o interpretar de alguna forma a una mariposa. No representes las palabras. No representes nunca las palabras. No intentes nunca despegar del suelo cuando hables de volar, ni gires la cabeza y cierres los ojos cuando hables de la muerte. No me mires con ojos ardientes cuando hables del amor. Si quieres impresionarme al hablar del amor, métete la mano en el bolsillo o debajo del vestido y acaríciate. Si tu ambición y tu hambre de aplausos te han llevado a hablar del amor, debes aprender a hacerlo sin desacreditarte a ti mismo ni lo que dices..."

Leonard Cohen Premio Príncipe de Asturias de las Letras, 2011. Leer el texto completo aquí

viernes, 3 de junio de 2011

Las cosas claras

mi voz está en su sitio
el corazón sabe algo más porque me duele
por eso digo:
terrible oficio
es repartir equivocadamente los abrazos
y que el alma viva entre perros hambrientos

uno de mis errores
fue creer que todos éramos hermanos

y ahora
no se le puede cambiar el horizonte a la nostalgia
hay que olvidarse de las viejas sonrisas
y andar con el dolor a cuestas
para que sirva definitivamente

nunca dije
mi lágrima fue grande
sufrí
no me quisieron

cada uno conoce su dolor
y sabe de qué manera hablarle a la desgracia

que venga la vida y me golpee
de nada vale cerrar los ojos

un hombre dormido
es un dolor que descansa

es duro el amor cuando se niega
un día sin embargo recuesta sus abrazos
apoya su misterio en mi cabeza
y me lleva a vivir al primer piso de un incendio

no comparo
simplemente doy mi fruto
y espero

la semilla más humilde
puede brotar el fuego o la hermosura

si estoy acorralado entre dos besos
decido acurrucarme al pie de mi corazón
y sueño

soy triste hasta los zapatos
a la hora del té
mi alegría se sienta y llora conmigo

pero sostengo que un día
aunque el amor sea el hermano implacable de la lluvia
de mi casa a tus ojos
no habrá naufragios


Poema de Roberto Jorge Santoro  (1939 -  desaparecido desde el 1° de junio de 1977)

miércoles, 1 de junio de 2011

Un tesoro que todavía resuena en mis oídos

Bajo el cielo nacido tras la lluvia
escucho un leve deslizarse de remos en el agua,
mientras pienso que la felicidad
no es sino un leve deslizarse de remos en el agua.
O quizás no sea sino la luz de un pequeño barco,
esa luz que aparece y desaparece
en el oscuro oleaje de los años
lentos como una cena tras un entierro.

O la luz de una casa hallada tras la colina
cuando ya creíamos que no quedaba sino andar y andar.

O el espacio del silencio
entre mi voz y la voz de alguien
revelándome el verdadero nombre de las cosas
con sólo nombrarlas: "álamos", "tejados".
La distancia entre el tintineo del cencerro
en el cuello de la oveja al amanecer
y el ruido de una puerta cerrándose tras una fiesta.
El espacio entre el grito del ave herida en el pantano,
y las alas plegadas de una mariposa
sobre la cumbre de la loma barrida por el viento.

Eso fue la felicidad:
dibujar en la escarcha figuras sin sentido
sabiendo que no durarían nada,
cortar una rama de pino
para escribir un instante nuestro nombre en la tierra húmeda,
atrapar una plumilla de cardo
para detener la huida de toda una estación.

Así era la felicidad:
breve como el sueño del aromo derribado,
o el baile de la solterona loca frente al espejo roto.

Pero no importa que los días felices sean breves
como el viaje de la estrella desprendida del cielo,
pues siempre podremos reunir sus recuerdos,
así como el niño castigado en el patio
encuentra guijarros para formar brillantes ejércitos.
Pues siempre podremos estar en un día que no ayer ni mañana,
mirando el cielo nacido tras la lluvia
y escuchando a lo lejos
un leve deslizarse de remos en el agua.


En Para un pueblo fantasma de Jorge Teiller. Más del autor aquí