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domingo, 13 de enero de 2013

Miradas: Vattimo-Grúner

Los desafíos de la izquierda

"¿Qué significa ser de izquierda hoy, en Europa, en América Latina, en Italia, en la Argentina...?

Gianni Vattimo: Ser de izquierda –ya con muchísimas referencias internacionales perdidas–, siempre implicó tener una cosmovisión culturalista; mientras que para la derecha siempre ha sido naturalista. Todo el liberalismo, incluso, hasta el racismo, se trata de liberar la sociedad para que cada uno pueda expresar lo que es. Pero, finalmente, la izquierda tiene que corregir los puntos de partida. Si uno nació con mucho dinero se expresa como capitalista, si uno nació como pobrecito, se expresa como pobrecito. Y, para una competencia verdadera se trataría de salir de puntos de partida comparables, algo que no pasa en el naturalismo derechista. Por ejemplo, que la derecha sea racista generalmente, es natural, porque se trata de disfrutar la diferencia. Todo esto es para mí, básicamente, la mentalidad de derecha. La izquierda tiene que corregir situaciones naturales de partida, obviamente, la derecha no tiene problemas de valores, y la izquierda tiene el problema de decidir entre todos el valor de la cultura. Es decir, de oponerse a la exaltación de las diferencias naturales. ¿Por qué no estoy de acuerdo con la derecha? Porque, básicamente, me interesa la relación con el otro; la izquierda siempre es igualitaria en ese sentido, por ejemplo, radicalizando incluso el principio liberal de la competencia, decir “bueno, competimos pero, por favor, deportivamente”. La exaltación de las leyes del mercado es una exaltación naturalista, es decir, hay leyes del mercado porque el mercado funciona así, no nos ponemos a preguntar cómo empezó esta situación. Se toma la economía política como si fuera una ciencia natural, lo que Marx siempre negó. Esas diferencias me parecen un punto de partida."


sábado, 19 de marzo de 2011

El tiempo se acaba

El mundo ha dejado de ser un lugar habitable.

Ahora, bombardean Libia.

Ayer fue Japón.

Una vida es mil millones de vidas,
aquí, en Libia o en Japón,
da igual.

La tarde es luminosa y abrazadora.

Una niña impaciente me espera
para hacer de un día más de su pequeñita vida
instantes inolvidables.

¿Tendremos tiempo para el recuerdo,
si todo se termina?...

¿Cuántos besos no te daré, pequeño laurel mío,
si todo se termina?...

¿Cuántas cosas no alcanzaré a contarte,
si ellos deciden por nosotros?...

¿Qué haremos los millones de habitantes,
sobre esta tortuga que se estremece,
día a día,
llevándose con ella nuestra última oportunidad?...

¿Nuestra última oportunidad?...

Antes que se termine,
yo ...

jueves, 11 de junio de 2009

La utopía de "lo colectivo" por Noé Jitrik








Colectivos



Uno de los rasgos más notables de los relatos de Julio Verne es que casi siempre se trata de la constitución de un equipo o, dicho de un modo menos deportivo, de un colectivo. Como corresponde a un escritor de inspiración romántica, pese a su imaginario constructivista, las cualidades personales de un grupo de personas que se encuentran en una situación de riesgo se conjugan para enfrentarlo y por lo general la fórmula es fecunda: el colectivo se forma, lo individual no es depreciado y el éxito corona una empresa cuyos rasgos son definidos por un conductor, aceptado por todos; con ese apoyo, el conductor no se equivoca nunca, nadie le socava el poder que le ha sido otorgado y todo termina bien, triunfo de un espíritu propio de una época, por añadidura ávida de invenciones y de iniciativas pero también de personalidades individuales.

La literatura abunda en situaciones en las que igualmente se trata de conformar un colectivo; no siempre el proceso tiene las características que se encuentran en Verne; en la interesante novela El señor de las moscas, de William Golding, un grupo de niños se encuentra en una selva desconocida y hostil, llena de amenazas; todos comprenden que deben hacer algo juntos para no perecer, pero bien pronto las voluntades se disparan, quienes pueden liderar son combatidos, el grupo se divide y cada subdivisión se subdivide a su vez, y de este modo, la catástrofe no tarda en producirse.

¿Qué quiere decir esta diferencia? ¿Que en el siglo XIX era más fácil que en el XX constituir colectivos en medio de la selva? ¿Los escritores del XIX representaban fielmente lo que necesitaban sus sociedades, que era concentrar esfuerzos y dirigirlos a finalidades precisas, mientras que los del XX, igualmente fieles observadores, registraban una imposibilidad social de parecidas concentraciones? ¿A nuestra época no le gusta que se formen colectivos eficaces y, al contrario, le gusta la frustración y el fracaso?

La literatura, otra vez, es fecunda en la presentación de tales situaciones. En una novela de Stephen King, un grupo de personas que están en un supermercado, asediadas por unas máquinas enemigas, intentan organizarse, pero casi de inmediato las sospechas y los personalismos los ponen al borde del exterminio; y puesto que hablamos de exterminio, algo semejante ocurre en la película de Buñuel El ángel exterminador: los personajes admiten que no pueden salir de la casa y que deben hallar la forma, pero hasta que no llega un Deus ex maquina no logran ponerse ni mínimamente de acuerdo. De inmediato, desde luego, cuando se produce el suspiro de la liberación, se olvida lo que costó ese acuerdo, la dificultad de constituir el “colectivo”. ¿Por qué esa dificultad?

Si consideramos una situación simple, un grupo de jóvenes que quieren hacer una revista literaria para empezar a foguearse, pasa algo similar; todos coinciden, con fervor, en lo bueno que será encontrar un camino adecuado para lograrlo; todos están de acuerdo y designan a uno de sus miembros para encabezar la empresa: suele ser el que mejor expresa el deseo de todos, pero no tarda demasiado tiempo en sobreponer su deseo al deseo de los demás y, en consecuencia, los demás se rebelan, se insurgen, se separan y fundan, por lo general, otra revista, con un nuevo vocero, casualmente el que se levantó contra el primero.

Algo no muy diferente ocurre con los grupos que se destinan a hacer política: comprenden que hay que construir un colectivo y le otorgan la voz cantante al que mejor expresa las ideas de todos; tan bien las expresa que las de los demás empiezan a palidecer hasta que no aguantan más, se sienten sofocados, reprimidos e intentan separarse; si el grupo no ha acumulado suficiente poder pueden irse y armar un nuevo colectivo, pero si hay de por medio una cuestión de poder no es tan fácil, la historia muestra cuánta muerte se produjo cuando la disidencia intenta manifestarse: el nazismo y el stalinismo son excelentes ejemplos de esta limitación, pero no son los únicos episodios históricos, la historia es rica en experiencias nefastas de ese tipo, la Inquisición, los conflictos monárquicos, la ética de ciertos grupos guerrilleros, las Academias y toda clase de instancias en las que quienes detentan el poder se reservan todo el derecho a la enunciación y consideran traidores a quienes intentan recuperar el sentido originario de la conformación del colectivo o simplemente no soportan la voz cantante o consideran que se han extraviado los principios fundadores, a veces con razón, a veces sin ella.

En todos los órdenes esta situación se produce, pero donde es más dramática es en el plano social y político; ahí se podría entender un poco más esa misteriosa, inexplicable tendencia que altera y esteriliza toda formación de grupos cuyo punto de partida puede haber sido una inteligente comprensión de intereses y de objetivos comunes; así, un conjunto de sujetos conscientes de una necesidad social que los interpreta y les permite trascender se reúne, reina el entusiasmo y la simpatía, todos se disponen a entregar lo mejor de sí, no hay inconveniente en distribuir responsabilidades y en reconocer competencias, pero muy pronto, sobre todo si hay de por medio una cuestión de poder aunque sea sólo enunciativo, comienzan las disconformidades, en lugar de dirigir la imaginación hacia procedimientos más eficaces para lograr mejores resultados de una acción el tiempo útil se disipa en la exhibición de desconfianzas, en la exigencia de rendición de cuentas, en el examen de intenciones, en principio siempre perversas, hasta culminar en la división, el antagonismo y la parálisis.

Un lugar muy característico en el que tiene lugar una dramática semejante es la “asamblea”, sea cual fuere el motivo que le da origen, convocatoria espontánea a miembros de un sector social frente a un problema que individualmente no podría ser resuelto, respuesta a una exclusión que afecta a un grupo grande de personas, necesidades institucionales de distribuir responsabilidades, instancia suprema de resolución de problemas que afectan intereses y seguramente otras muchas motivaciones. Tal vez el mejor ejemplo de ello sea la asamblea que surge de la Revolución Francesa, se sabe a qué extremos llegaron sus integrantes en cuanto a cortar cabezas, pero no menos ilustrativo es lo que ocurre en las asambleas estudiantiles o en las populares, donde al comienzo los motivos para su reunión son generosamente compartidos y, poco a poco, inexplicablemente, el aquelarre, la invalidación. Ni hablar de las asambleas de propietarios de un condominio, su soberanía termina por ser un trapo sucio arrugado por la interrupción, la histeria y la rápida ofensa.

En cuanto al “colectivo”, se diría que la necesidad o la aspiración a conformarlo descansa en que lo que no puede ser resuelto por un “ejecutivo”, ya sea porque existen límites a su competencia o ya por la perplejidad que de pronto puede acosarlo frente a un problema que lo supera, que debe ser solucionado por la totalidad de sus miembros pensando juntos, discurriendo en conjunto y proponiendo algo superior. Pero no es fácil que esto ocurra, al cabo de un tiempo –en las Asambleas es muy breve– las reuniones se convierten muy pronto en escenarios de disputas incomprensibles, las voces se elevan y los que las tienen más bajas renuncian y dejan libre el terreno a quienes hablan más alto o bien a quienes aguardan con paciencia que se muestre una vez más que hacer funcionar un colectivo es una ilusión democrática destinada inevitablemente al fracaso.

¡Menudo tema! A la vuelta de la disolución del colectivo está esperando, paciente y solapado, el autoritarismo. Curiosamente, quienes contemplan la ruina de ese colectivo que quisieron fundar admiten el autoritarismo con tristeza, sin duda, pero también con resignación. O acaso con la obstinada esperanza de una nueva posibilidad, de crear un grupo político, de fundar una revista, de solucionar un problema barrial, de reparar un edificio o, en fin, de ver, alguna vez, que un colectivo funciona y no oprime a nadie y en el que todos pueden ser quienes son, sin perder nada de lo propio ni ganar a costa de la derrota de otros.


Publicado hoy en el diario
Página/12

jueves, 28 de mayo de 2009

Desencanto según J. Saramago

Todos los días desaparecen especies animales y vegetales, idiomas, oficios. Los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. Cada día hay una minoría que sabe más y una minoría que sabe menos. La ignorancia se expande de forma aterradora. Tenemos un gravísimo problema en la redistribución de la riqueza. La explotación ha llegado a extremos diabólicos. Las multinacionales dominan o mundo. No sé si son las sombras o las imágenes las que nos ocultan la realidad. Podemos discutir sobre el tema infinitamente, lo cierto es que hemos perdido capacidad crítica para analizar lo que pasa en el mundo. De ahí que parezca que estamos encerrados en la caverna de Platón. Abandonamos nuestra responsabilidad de pensar, de actuar. Nos convertimos en seres inertes sin la capacidad de indignación, de inconformismo y de protesta que nos caracterizó durante muchos años. Estamos llegando al fin de una civilización y no me gusta la que se anuncia. El neoliberalismo, en mi opinión, es un nuevo totalitarismo disfrazado de democracia, de la que no se mantienen nada más que las apariencias. El centro comercial es el símbolo de ese nuevo mundo. Pero hay otro pequeño mundo que desaparece, el de las pequeñas industrias y de la artesanía. Está claro que todo tiene que morir, pero hay gente que, mientras vive, tiende a construir su propia felicidad, y esos son eliminados. Pierden la batalla por la supervivencia, no soportan vivir según las reglas del sistema. Se van como vencidos, pero con la dignidad intacta, simplemente diciendo que se retiran porque no quieren este mundo.

Saramago en su Blog
El cuaderno de Saramago

miércoles, 22 de abril de 2009

De despedidas y encuentros...de partidas y llegadas.

Durante la semana pasada nos dejó el filósofo y escritor Franco Volpi y, a comienzos de la

presente, el científico Gregorio Klimovsky. Quizás, los siguientes artículos publicados, nos

conduzcan a revisitar sus obras. Ojalá.

Para recordarlos, valorarlos aún más y comenzar a extrañarlos estos dos links: "A modo de

despedida a Gregorio Klimovsky" - http://www.pagina12.com.ar/diario/ciencia/19-

123653-2009-04-22.html y, "En memoria de Franco Volpi"

http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13



Para continuar en el campo de las ideas, una mirada de la "noción de extranjeridad" que nos

ofrece Maristela Svampa en Los Muros de la Exclusión. El texto puede bajarse desde

http://www.revistaenie.clarin.com/notas/2009/04/18/_-01900177.htm

miércoles, 1 de abril de 2009

Homenaje: el cierre de campaña de alfonsín en 1983

CRITICA DE LA ARGENTINA

El discurso que hizo llorar a un país

Es una marca generacional. Casi no hay argentino que no recuerde con emoción el vibrante discurso de Alfonsín que lo llevó directo a la Presidencia. Fue el 27 de octubre de 1983, en la Plaza de la República, ante un millón de personas. Aquí se reproduce completo en tributo al primer presidente de la restauración de la democracia.

01.04.2009

Argentinos: Se acaba... se acaba la dictadura militar. Se acaban la inmoralidad y la prepotencia. Se acaban el miedo y la represión. Se acaba el hambre obrera. Se acaban las fábricas muertas. Se acaba el imperio del dinero sobre el esfuerzo de la producción. Se terminó, basta de ser extranjeros en nuestra tierra. Argentinos, vamos todos a volver a ser los dueños del país. La Argentina será de su pueblo. Nace la democracia y renacen los argentinos. Decidimos el país que queremos; estamos enfrentando el momento más decisivo del último siglo. Y ya no va a haber ningún iluminado que venga a explicarnos cómo se construye la república. Ya no habrá más sectas de “nenes de papá”, ni de adivinos, ni de uniformados, ni de matones para decirnos lo que tenemos que hacer con la patria.Ahora somos nosotros, el conjunto del pueblo, quienes vamos a decir cómo se construye el país. Y que nadie se equivoque, que la lucha electoral no confunda a nadie; no hay dos pueblos. Hay dos dirigencias, dos posibilidades. Pero hay un solo pueblo.Así, lo que vamos a decidir dentro de cuatro días es cuál de los dos proyectos populares de la Argentina va a tener la responsabilidad de conducir al país. Y aquí tampoco nadie debe confundirse. No son los objetivos nacionales los que nos diferencian sino los métodos y los hombres, para alcanzarlos.No es suficiente levantar la bandera de justicia social, hay que construirla y hacer que permanezca. Las conquistas pasajeras, frágiles, las borran de un plumazo las dictaduras. Y entonces, es el pueblo el que paga los errores de los gobiernos populares.No puede haber más equivocaciones. Hay que saber gobernar a la Argentina. Éste no es un tiempo para improvisar, para debilitarse en luchas internas. Hay demasiado trabajo que hacer para que se carezca de la unidad de mano necesaria para enfrentar todos los problemas que nos deja la dictadura.No alcanza declamar la libertad. Hay que tener historia de libertad para poder asegurarla. Si no, vuelve el silencio, la represión y el miedo.Lo que vamos a decidir es cuál de los dos proyectos populares está en mejores condiciones de lograr la libertad y la justicia social sin retrocesos, para éstas y las próximas generaciones de argentinos.Los más altos dirigentes justicialistas han dicho que las elecciones no las ganará ningún candidato sino que las va a ganar Perón, así como el Cid Campeador venció muerto una batalla.Me pregunto, como se preguntan millones de argentinos, entonces, ¿quién va a gobernar en la Argentina? Y me lo pregunto al igual que millones de argentinos, porque todos recordamos muy bien lo que ocurrió cuando murió Perón.En ese momento, se produjo una crisis de autoridad que ocasionó grandes daños al país. En esos años, hubo quienes tomaron decisiones desacertadas, hubo quienes actuaron irresponsablemente, hubo quienes precedieron con buena voluntad y hubo quienes lo hicieron de manera criminal. Pero lo cierto es que sucedía algo más importante: nadie sabía realmente quién gobernaba en verdad a la Argentina. La crisis de autoridad creada por la muerte de Perón, al no poder ser resuelta por el partido gobernante, colocó a la Nación más allá de la voluntad, e incluso de la buena voluntad, de los que deseaban fervientemente consolidar un gobierno popular al servicio del pueblo.Asistimos entonces a un caos económico, al desorden social y a la escalada de la violencia. El llamado Rodrigazo inauguró hiperinflación y la especulación más desenfrenada. Esta inflación galopante, desatada en junio de 1975, implicó un despojo cotidiano sobre todos los salarios. La reacción justa e inevitable de los trabajadores ahondó un creciente desorden social.Entretanto, la acción de las Tres A, desplegada con toda intensidad e impunidad, había suscitado un clima de violencia generalizada. Sobre este telón de fondo, en medio del caos económico y el desorden social, nos vimos envueltos en un juego enloquecido de terrorismo y represión que se fue ampliando de manera incontenible.Nadie podrá reprochar jamás al radicalismo haber echado leña al fuego en esos años de desorientación y crisis. El radicalismo no intentó aprovecharlos en su favor sino que puso todo su esfuerzo para que se mantuvieran las instituciones de la república.Pero la crisis de autoridad suscitada por la muerte de Perón resultó inmanejable y tuvo consecuencias trágicas. La más evidente, que todos sufrimos, fue la de ofrecer el pretexto esperado por las minorías del privilegio para provocar el golpe de 1976 y sumir a la Nación argentina en el régimen más oprobioso de toda su historia.Vinieron con el pretexto de terminar con la especulación y desencadenaron una especulación gigantesca que desmanteló el aparato productivo del país, empobreció a la inmensa mayoría de los argentinos y enriqueció desmesuradamente a un minúsculo grupo de parásitos.Vinieron con el pretexto de evitar la cesación de pagos ante el extranjero y endeudaron al país en una forma que nadie hubiera podido imaginar y sin dejar nada a cambio de una deuda inmensa.Vinieron con el pretexto de eliminar la corrupción y terminaron corrompiendo todo, hasta las palabras más sagradas y los juramentos más solemnes.Vinieron con el pretexto de restaurar la tranquilidad y se ocuparon de imponer el temor a la inmensa mayoría de los argentinos.Vinieron con el pretexto de instaurar el orden y acabar con la violencia y desataron una represión masiva, atroz e ilegal, acarreando un drama tremendo para el país, cavando un foso de sangre deliberadamente, impulsado por algunos grupos privilegiados con el designio de enfrentar definitivamente a las Fuerzas Armadas con el pueblo argentino a fin de entorpecer o impedir la vialidad de cualquier futuro gobierno popular.Vinieron con el pretexto de imponer la paz e incitaron a la guerra, hasta que, usando las aspiraciones más legítimas y sentidas por todos los argentinos, se embarcaron irresponsablemente en el conflicto de las Malvinas.Nadie puede imaginar que sea responsable de estas tragedias la masa de hombres y mujeres argentinos que creían en Perón. Por el contrario, ellos, como la inmensa mayoría de los argentinos, han sido las víctimas de tales males.Pero sería irresponsable no reconocer que la crisis de autoridad que siguió a la muerte de Perón desembocó en una situación inmanejable para el partido entonces gobernante. Así cundieron el desconcierto y el descreimiento y se dejó el campo libre para la aventura del régimen militar y los intereses espurios, de adentro y de afuera, que se encaramaron en el poder.Es una lección amarga que los argentinos no podemos ni debemos olvidar porque, si no, las desgracias volverán a repetirse. Detrás de esa lección hay otra más profunda que tampoco deberemos olvidar. La crisis de autoridad que se vivió al morir Perón abrió una disputa por el poder en la que predominaron la prepotencia y la violencia. Pero con la prepotencia y la violencia no hay gobierno posible para el pueblo argentino: con ellas sólo se benefician los pequeños grupos que las manejan mientras casi todos los argentinos se perjudican. Peor aún: por ese camino corremos el peligro de quedarnos sin país.Porque la violencia y la prepotencia son las que nos impiden construir. Es la violencia alternativamente ejercida por unos y otros grupos minoritarios, ya sea la violencia física, económica, social o política, la que nos obliga a comenzar siempre de nuevo, la que viene a destruir lo que a duras penas levantamos un día y nos fuerza a empezarlo otra vez al día siguiente. ¿Qué industria vamos a tener si cada dos o tres o cuatro años las fábricas se cierran y pasan otros tantos años para abrirlas otra vez y recomenzar casi de cero? ¿Qué sindicatos vamos a tener si los trabajadores se ven entorpecidos desde afuera o desde adentro para construirlos y perfeccionarlos a través del tiempo por su libre decisión, ejerciendo con pasión pero con tranquilidad la crítica que permite corregir errores y mejorar las cosas? ¿Qué educación vamos a tener si la intolerancia y la prepotencia llevan periódicamente a echar maestros y profesores, a cerrar aulas y laboratorios, a destruir una y otra vez en pocos días lo que tanto trabajo y tantos años cuesta levantar en cada ocasión? Y así podríamos seguir con cada tema, con cada actividad. ¿Cómo nos vamos a quedar inermes ante los intereses extranjeros si destruyéndonos una y otra vez a nosotros mismos somos incapaces de fortalecernos?Los argentinos, casi todos los argentinos, tenemos en nuestra boca el amargo regusto de trabajar en vano, de arar en el mar porque periódicamente asistimos a la destrucción de nuestros esfuerzos.Y todo esto ocurre porque el poder que se puede obtener con la violencia y la prepotencia sólo sirve para lo que ellas sirvan, es decir para destruir. Es poco o nada lo que se puede construir con la violencia y la prepotencia. Y así es como está nuestra desgraciada Nación.La crisis de autoridad sólo será resuelta restableciendo la autoridad, es decir la capacidad para conciliar, la aptitud para convencer y no para vencer.Tendremos autoridad porque seremos capaces de convencer, porque estamos proponiendo lo que todos los argentinos sabemos que necesitamos: la paz y la tranquilidad de una convivencia en la que se respeten las discrepancias y en la que los esfuerzos para construir que hagamos cada día no sean destruidos mañana por la intolerancia y la violencia.Proponerse convencer sólo tiene sentido si estamos dispuestos también a que otros nos puedan convencer a nosotros, si aseguramos la libertad y la tolerancia entre los argentinos. Proclamamos estas ideas no sólo porque nos parecen mejores, sino –y sobre todo– porque sabemos que constituyen el único método para que los argentinos nos pongamos a construir de una vez por todas nuestro futuro. Esto es, simplemente, la democracia.Y cuando denunciemos a quienes proponen, de uno u otro modo, perpetuar la violencia, la prepotencia o la intolerancia como método de gobierno, no queremos ni nos importa denunciar a una o varias personas determinadas. Lo que nos preocupa, y lo que nunca dejará de preocuparnos, es impedir que ese método destructivo siga imperando en nuestra patria, que siga aniquilando los esfuerzos de todos los argentinos, que siga condenándonos, como nos condenó hasta ahora, a ser un país en guerra consigo mismo.Hay quienes creen, por tener demasiado metida dentro de sí mismos la prepotencia, o por soñar con soluciones mágicas e inmediatas, que ser tolerantes es ser débiles. Se confunden por completo. Para ser tolerantes y para hacer imperar la tolerancia se requiere mucho más firmeza que para ser prepotentes.En primer lugar, se necesita firmeza consigo mismo para no caer en la tentación de abusar del propio poder. ¡Cuánto mejor estaríamos hoy sí en las Fuerzas Armadas hubiera existido el buen criterio, el correcto criterio de usar las armas que el pueblo les entregó para defenderlo eficientemente contra las Fuerzas Armadas de otros países y no para ocupar el gobierno de la república!¿Cuánto mejor estaríamos si casi todos los gobiernos no hubieran cedido a la tensión de declarar el estado de sitio –medida excepcional y extrema según la Constitución– para vencer sus dificultades en vez de procurar convencer a la población, aceptar sus críticas y garantizar el reemplazo pacífico de los gobernantes.Pero también se requiere mucha firmeza para impedir, de una vez por todas, que vuelvan a triunfar los profetas de la prepotencia y de la violencia. Después de las desgracias que sufrimos, el pueblo argentino entero habrá de impedirlo. Nunca más permitiremos que un pequeño grupo de iluminados, con o sin uniforme, pretenda erigirse en salvadores de la patria, mandándonos y pretendiendo que obedezcamos sin chistar. Porque sabemos que sólo podremos levantarnos de estas ruinas que nos oprimen mediante el esfuerzo libre y voluntario de todos, mediante el trabajo oscuro y cotidiano de cada uno. Ningún obstáculo será insuperable frente a la voluntad inmensa de un pueblo que se pone a trabajar si cerramos definitivamente el camino a la prepotencia y la violencia y la destrucción con las que nos amenazan.Estas ideas constituyen nuestra primera propuesta básica: que sea claro el método con el que vamos a construir nuestro propio futuro, el método de la libertad y de la democracia.Nuestra segunda propuesta fundamental, además del método con el que actuaremos, señala el punto de partida del camino que nos propondremos recorrer: el de la justicia social.Es innecesario reiterar la gravedad de la situación actual del país, la peor de toda su historia. Pero sí es un deber de todos entender que hay quienes sufren más que otros. Nuestro punto de partida, que sabemos compartido por la inmensa mayoría de los argentinos, apela a un formidable esfuerzo de solidaridad y fraternidad con los que están más desamparados, con los que más necesitan entre todos los que necesitan. Vamos a construir el futuro de la Argentina y comenzaremos por construirlo ya mismo para quienes menos tienen.Es por eso que yo hice un solo juramento: no habrá más niños con hambre entre los niños de la Argentina. Esos niños que sufren hambre son los más desamparados entre los desamparados y su condición nos marca con un estigma que debe avergonzarnos como hombres y como argentinos.Nuestra apelación a la fraternidad y la solidaridad entre los argentinos es mucho más que un impulso ético. Hay en ella un propósito político en el sentido más profundo de la palabra.Porque la riqueza de un país no está en su territorio ni en sus bienes, ni en sus vacas ni en su petróleo: está en todos y cada uno de sus habitantes, en todos y cada uno de sus hombres y mujeres. Es el trabajo, la capacidad de creación de los seres humanos que lo habitan, lo que da sentido y riqueza a un país.Por eso, cuando nos proponemos privilegiar el mejoramiento de las condiciones de vida de los sectores más postergados, estamos proponiendo rescatar, lo más rápidamente posible, la mayor fuente de nuestra riqueza, el mayor capital de nuestra patria: es la voluntad de terminar con la inacción a que fueron condenados millones de hombres y mujeres para que sumen su esfuerzo a los otros millones de hombres y mujeres que están trabajando. Es la voluntad de conseguir cuanto antes una mayor igualdad, para que todos los argentinos puedan tener iguales oportunidades de desplegar su esfuerzo creador y contribuir con él al bienestar de todos. Es voluntad de terminar con los que están injustamente relegados porque la sociedad no les ofrece ni les permite lo que debe ofrecerles y permitirles en la Argentina justa y generosa que vamos a construir. Es la voluntad de acabar con la falta de techo y comida, de educación y de salud, que castiga a tantos compatriotas y que nos priva a todos de la contribución que podrían dar a la nación. Es la voluntad de terminar con la discriminación ejercida contra nuestras mujeres argentinas por la subsistencia de costumbres retrógradas.Ese pueblo unido en el trabajo, en la libertad y en la justicia social que vamos a tener constituirá la valla más formidable que los argentinos levantaremos para impedir nuevas frustraciones.Sobre esa voluntad nuestro gobierno actuará con toda la energía y la firmeza que el pueblo está esperando para que nunca más los pequeños grupos de privilegiados de adentro ni los grandes intereses de afuera quiebren las instituciones y sometan a la Nación.Y ahí no habrá ninguna antinomia, porque es falso que las haya, como son falsas las acusaciones que imprudentemente algunos lanzaron.No habrá radicales ni antirradicales, ni peronistas ni antiperonistas cuando se trate de terminar con los manejos de la patria financiera, con la especulación de un grupo parasitario enriquecido a costa de la miseria de los que producen y trabajan.No habrá radicales ni antirradicales, ni peronistas ni antiperonistas cuando haya que impedir cualquier loca aventura militar que pretenda dar un nuevo golpe.Sabemos que, como argentinos, son innumerables quienes aprendieron que detrás de las palabras grandilocuentes con las que se incita a los golpes está, ahora más que nunca, la avidez de unos pocos privilegiados dispuestos a arruinar al país y grandes intereses extranjeros dispuestos a someterlo.La inmensa mayoría de los argentinos, sin distinciones ni banderas, y el gobierno al frente, terminarán para siempre con cualquier tentativa de recrear la perversa e ilícita asociación de miembros de las cúpulas de las FF.AA., formando un partido militar, para aliarse una vez más con la elite parasitaria de la patria financiera a fin de conquistar y usufructuar el poder en su propio beneficio.No habrá radicales ni antirradicales, ni peronistas ni antiperonistas sino argentinos unidos para enfrentar el imperialismo en nuestra patria o para apoyar solidariamente a los países hermanos que sufran sus ataques.La construcción y la defensa de la Argentina la haremos marchando juntos, aceptando en libertad las discrepancias, respetando las diferencias de opinión, admitiendo sin reparos las controversias en el marco de nuestras instituciones, porque así y sólo así podremos lograr la unión que necesitamos para salir adelante.Una nación es una voluntad viviente y, al igual que los hombres, se templa con las desgracias. Las desgracias que sufrimos nos han templado y ese temple es indispensable para sobrellevar las dificultades que deberemos superar.¡Y las vamos a superar!Tenemos el inmenso privilegio, entre los países del mundo, de disponer de un territorio extenso y lleno de posibilidades que esperan ser explotadas. Frente a un pueblo que despliegue con vigor su capacidad de trabajo y vaya construyendo piedra sobre piedra su futuro, impidiendo que nadie, nunca más, venga a destruir lo que vaya haciendo, no hay dificultad que no pueda superarse. Éste es nuestro propósito, ésa es la voluntad en que nos empeñaremos todos los argentinos, ése será nuestro gobierno.Y el símbolo que coronará nuestros esfuerzos, que expresará mejor que ningún otro la autoridad, la paz, la tolerancia, la continuidad del trabajo fructífero de la Nación, lo veremos dentro de seis años, cuando entreguemos las instituciones intactas, la banda y el bastón de Presidente a quien el pueblo argentino haya elegido libre y voluntariamente.