domingo, 31 de mayo de 2009

Pegarle a un Maestro



Lo sabe un chico de cuatro años, de salita celeste, que ni siquiera sabe hablar correctamente.
Lo sabe un chico de seis años, que ni siquiera sabe escribir.
Lo sabe un chico de doce años, que desconoce todas las materias que le deparará el secundario.
Lo sabe un adolescente de diecisiete años, aunque sea la edad de las confusiones, la edad en la que nada se sabe con certeza.
Lo saben sus padres.
Lo saben sus abuelos.
Lo sabe el tutor o encargado.
Lo saben los que no tienen estudios completos.
Lo sabe el repetidor.
Lo sabe el de mala conducta.
Lo sabe el que falta siempre.
Lo sabe el rateado.
Lo sabe el bochado.
Lo sabe hasta un analfabeto.
No se le pega a un maestro.
No se le puede pegar a un maestro.
A los maestros no se les pega.
Lo sabe un chico de cuatro años, de seis, de doce, de diecisiete, lo saben los repetidores, los de mala conducta, los analfabetos, los bochados, sus padres, sus abuelos, cualquiera lo sabe, pero no lo saben algunos gobernadores.
Son unos burros.
No saben lo más primario.
Lo que saben es matar a un maestro.
Lo que saben es tirarles granadas de gas lacrimógeno.
Lo que saben es golpearlos con un palo.
Lo que saben es dispararles balas de goma.
A los maestros.
A maestros.
Lo que no saben es que se puede discutir con un maestro.
Lo que no saben es que se puede estar en desacuerdo con lo que el maestro dice o hace.
Lo que no saben es que un maestro puede tener razón o no tenerla.
Pero no se le puede pegar a un maestro.
No se le pega a un maestro.
A los maestros no se les pega.
Y no lo saben porque son unos burros.
Y si no lo saben que lo aprendan.
Y si les cuesta aprenderlo que lo aprendan igual.
Y si no lo quieren aprender por las buenas, que lo aprendan por las malas.
Que se vuelvan a sus casas y escriban mil veces en sus cuadernos lo que todo el mundo sabe menos ellos, que lo repitan como loros hasta que se les grabe, se les fije en la cabeza, lo reciten de memoria y no se lo olviden por el resto de su vida; ellos y los que los sucedan, ellos y los demás gobernadores, los de ahora, los del año próximo y los sucesores de los sucesores, que aprendan lo que saben los chicos de cuatro años, de seis, de doce, los adolescentes de diecisiete, los rateados, los bochados, los analfabetos, los repetidores, los padres, los abuelos, los tutores o encargados, con o sin estudios completos:
Que no se le pega a un maestro.
No se le puede pegar a un maestro.
No debo pegarle a un maestro.
A los maestros no se les pega.
Sepan, conozcan, interpreten, subrayen, comprendan, resalten, razonen, interioricen, incorporen, adquieran, retengan este concepto, aunque les cueste porque siempre están distraídos, presten atención y métanselo en la cabeza: los maestros son sagrados.


Por Mex Urtizberea
La Nación, 6 de abril de 2007.

No dejen de leer la nota de Guillermo Saccomanno, "El Legado" en el Suplemento Radar de Página/12. Un homenaje sentido al Maestro, a la Educación y a la Literatura. Este es el link http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-5332-2009-05-31.html.

Les dejo un adelanto:

"... Esta debe ser la hora más difícil, piensa uno, cuando la clase termina, se despide de los alumnos, y vuelve a trasponer todas las puertas de rejas, cuando vuelve a escuchar el sonido de los cerrojos, cuando ya falta menos para alcanzar la puerta de salida y la calle. Ya es casi de noche. Difícil no pensar en qué sentimientos deben tener aquellos que uno despidió, que quedaron adentro y a los cuales, literalmente, se les viene la noche. Tal vez alguno esta noche lea La casa de los muertos, esa novela testimonial en la que Dostoievski describió su experiencia de condenado en una prisión en Siberia. ¿Acaso cambiaron tanto el mundo y el hombre desde entonces?, se pregunta uno..."

El paisaje del río según Juanele


FUI AL RÍO...

Fui al río, y lo sentía
cerca de mí, enfrente de mí.
Las ramas tenían voces
que no llegaban hasta mí.
La corriente decía
cosas que no entendía.
Me angustiaba casi.
Quería comprenderlo,
sentir qué decía el cielo vago y pálido en él
con sus primeras sílabas alargadas,
pero no podía.

Regresaba
-¿Era yo el que regresaba?-
en la angustia vaga
de sentirme solo entre las cosas últimas y secretas.
De pronto sentí el río en mí,
corría en mí
con sus orillas trémulas de señas,
con sus hondos reflejos apenas estrellados.
Corría el río en mí con sus ramajes.
Era yo un río en el anochecer,
y suspiraban en mí los árboles,
y el sendero y las hierbas se apagaban en mí.
Me atravesaba un río, me atravesaba un río!



PARA QUE LOS HOMBRES

Para que los hombres no tengan vergüenza
de la belleza de las flores,
para que las cosas sean ellas mismas: formas sensibles
o profundas de la unidad o espejos de nuestro esfuerzo
por penetrar el mundo,
con el semblante emocionado y pasajero de nuestros sueños,
o la armonía de nuestra paz en la soledad de nuestro pensamiento,
para que podamos mirar y tocar sin pudor
las flores, sí, todas las flores
y seamos iguales a nosotros mismos en la hermandad delicada,
para que las cosas no sean mercancías,
y se abra como una flor toda la nobleza del hombre:
iremos todos hasta nuestro extremo límite,
nos perderemos en la hora del don con la sonrisa
anónima y segura de una simiente en la noche de la tierra.


Juan L. Ortíz
Poeta entrerriano, nadie como él para hacer del río (Paraná) poesía pura.
1896 - 1978

sábado, 30 de mayo de 2009

"Un encuentro" de Milan Kundera




Un día, al principio de los años setenta, durante la ocupación rusa de mi país, mi mujer y yo, los dos despedidos de nuestros trabajos, los dos con problemas de salud, fuimos a visitar en un hospital en las afueras de Praga a un gran médico, al que llamábamos el profesor Smahel, un viejo sabio judío, amigo de todos los disidentes. Nos encontramos allí con E., un periodista, también despedido de todas partes, también con problemas de salud, y los cuatro estuvimos conversando mucho tiempo, felices de la atmósfera de mutua simpatía.


A la vuelta, E. nos llevó de regreso en su coche y comenzó a hablar de Bohumil Hrabal, en aquel momento el escritor checo más importante; dotado de una fantasía sin límites, amante de experiencias plebeyas (sus novelas están pobladas de personajes muy ordinarios), era muy leído y muy querido (toda la oleada de la joven cinematografía checa lo adoraba como a su santo patrón). Era profundamente apolítico. Lo cual no era inocente en un régimen para el que "todo es política": su apoliticismo se burlaba de un mundo en el que arreciaban las ideologías. Por eso cayó durante mucho tiempo en una relativa desgracia (por ser, como era, inutilizable para cualquier compromiso oficial), pero gracias a ese apoliticismo (tampoco nunca se comprometió contra el régimen), durante la ocupación rusa lo dejaron en paz y pudo así, siempre en la cuerda floja, publicar algunos libros.


E. lo insultaba furioso: ¿cómo puede él aceptar publicar sus libros cuando sus colegas tienen prohibida la publicación de los suyos? ¿Cómo puede con ello respaldar al régimen? ¿Sin una sola palabra de protesta? Su comportamiento es detestable y Hrabal es un colaboracionista.


Reaccioné con la misma furia: ¡qué absurdo hablar de colaboracionismo si el espíritu de los libros de Hrabal, su humor, su imaginación están en el polo opuesto de la mentalidad que nos gobierna y que quiere asfixiarnos con camisas de fuerza! El mundo en el que se puede leer a Hrabal es totalmente distinto a aquel donde no se pudiera oír su voz. ¡Un único libro de Hrabal rinde un servicio mucho mayor a la gente, a su libertad de espíritu, que todos nosotros juntos con nuestros gestos y nuestras proclamas contestatarias! La discusión en el coche se convirtió rápidamente en una pelea llena de odio.


Cuando más tarde, extrañado por aquel odio (auténtico y perfectamente recíproco), volví a pensar en aquel episodio, me dije: la armonía en casa del médico fue pasajera debido a las circunstancias históricas particulares, que nos convertían en perseguidos; nuestro desacuerdo, por el contrario, era fundamental y ajeno a las circunstancias, era el desacuerdo entre aquellos para quienes la lucha política es superior a la vida concreta, al arte, al pensamiento, y aquellos para quienes el sentido de la política es estar al servicio de la vida concreta, del arte, del pensamiento. Tal vez las dos actitudes sean igualmente legítimas, pero son irreconciliables.


En otoño de 1968, cuando pude viajar dos semanas a París, tuve la suerte de hablar largamente en dos o tres ocasiones con Aragon en su apartamento de la Rue de Varennes. No, no le dije nada destacable, en cambio escuché. Como nunca he llevado un diario, mis recuerdos son vagos; de aquellos comentarios, recuerdo sólo dos asuntos recurrentes: me habló mucho de André Breton, quien al final de su vida se habría acercado a él; y me habló del arte de la novela. Incluso antes de escribir su prólogo a La broma (escrito un mes antes de nuestros encuentros), había elogiado la novela como tal: "La novela es indispensable al hombre, como el pan"; durante mis visitas me incitaba a defender siempre "ese arte" (ese arte "desprestigiado", como escribió en su prólogo; rescaté más tarde esta fórmula para el título de un capítulo en El arte de la novela ).


Conservé de nuestros encuentros la impresión de que la razón más profunda de su ruptura con los surrealistas no era política (su obediencia al Partido Comunista), sino estética (su fidelidad a la novela, el arte "desprestigiado" por los surrealistas) y me pareció haber entrevisto el doble drama de su vida: su pasión por el arte de la novela (tal vez el terreno principal de su genio) y su amistad por Breton (hoy en día, ya lo sé: en la era de los balances, la llaga más dolorosa es la que dejan las amistades rotas; y nada más idiota que sacrificar una amistad por la política. Me enorgullezco de no haberlo hecho nunca. Admiré a Mitterrand por la fidelidad que supo conservar hacia sus viejos amigos. Y por esta fidelidad fue violentamente atacado hacia el final de su vida. Esta fidelidad fue de hecho su nobleza).


Unos siete años después de mi encuentro con Aragon, conocí a Aimé Césaire, cuya poesía había descubierto poco después de la guerra, en la traducción checa de una revista de vanguardia (la misma que me había dado a conocer a Milosz). Fue en París, en el taller del pintor cubano Wilfredo Lam; Aimé Césaire, joven, vivaracho, encantador, me abrumó a preguntas. La primera: "Kundera, ¿conoció usted a Nezval?". "Por supuesto, y usted, ¿cómo lo conoció?" No, no lo había conocido, pero Breton le había hablado mucho de él. Según mis ideas preconcebidas, Breton, con su reputación de hombre intransigente, sólo podría haber hablado mal de Vitezslav Nezval, quien, unos años antes, se había separado del grupo de los surrealistas checos y había optado por obedecer (algo así como Aragon) la voz del partido. No obstante, Césaire me repitió que Breton, en 1940, durante su estancia en Martinica, le había hablado con aprecio de Nezval. Esto me conmovió. En particular porque Nezval, a su vez, lo recuerdo bien, hablaba siempre con aprecio de Breton.


Lo que más me llamó la atención en los grandes procesos de Stalin es la fría aprobación con la que los hombres de Estado comunistas aceptaban la condena a muerte de sus amigos. Porque eran todos amigos, me refiero a que se habían conocido íntimamente, habían vivido juntos momentos duros, emigración, persecución, larga lucha política. ¿Cómo pudieron sacrificar su amistad, y de esa manera tan macabramente definitiva?


Pero ¿era realmente amistad? Hay un tipo de relación humana para la que, en checo, se emplea la palabra sudruzstvi ( sudruh : camarada), o sea "la amistad entre camaradas", la simpatía que une a aquellos que comparten la misma lucha política. Cuando desaparece la entrega a la causa común, también desaparece la razón de la simpatía. Pero la amistad que está sometida a un interés superior a la amistad no tiene nada que ver con la amistad.


En nuestros tiempos aprendimos a someter la amistad a lo que suele llamarse las convicciones. Y lo hacíamos con el orgullo de actuar con rectitud moral. Es necesaria una gran madurez para comprender que la opinión que defendemos no es más que nuestra hipótesis favorita, a la fuerza imperfecta, probablemente pasajera, que sólo los muy cortos de entendederas pueden tomar por una certeza o una verdad. Contrariamente a la pueril fidelidad a una convicción, la fidelidad a un amigo es una virtud, tal vez la única, la última.


Miro la foto de René Char al lado de Heidegger. El primero, célebre resistente contra la ocupación alemana. El segundo, denigrado por las simpatías que, en determinado momento de su vida, sintió por el nazismo naciente. La foto está fechada en los años de posguerra. Se les ve de espaldas; una gorra en la cabeza, una grande, la otra pequeña, paseando en plena naturaleza. Me encanta esta foto.



Milan Kundera, Une rencontre (2009)
Traducción del francés: Beatriz de Moura, 2009

Publicado en ADN Cultura, diario LA NACION, 30 de mayo de 2009.

jueves, 28 de mayo de 2009

Desencanto según J. Saramago

Todos los días desaparecen especies animales y vegetales, idiomas, oficios. Los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. Cada día hay una minoría que sabe más y una minoría que sabe menos. La ignorancia se expande de forma aterradora. Tenemos un gravísimo problema en la redistribución de la riqueza. La explotación ha llegado a extremos diabólicos. Las multinacionales dominan o mundo. No sé si son las sombras o las imágenes las que nos ocultan la realidad. Podemos discutir sobre el tema infinitamente, lo cierto es que hemos perdido capacidad crítica para analizar lo que pasa en el mundo. De ahí que parezca que estamos encerrados en la caverna de Platón. Abandonamos nuestra responsabilidad de pensar, de actuar. Nos convertimos en seres inertes sin la capacidad de indignación, de inconformismo y de protesta que nos caracterizó durante muchos años. Estamos llegando al fin de una civilización y no me gusta la que se anuncia. El neoliberalismo, en mi opinión, es un nuevo totalitarismo disfrazado de democracia, de la que no se mantienen nada más que las apariencias. El centro comercial es el símbolo de ese nuevo mundo. Pero hay otro pequeño mundo que desaparece, el de las pequeñas industrias y de la artesanía. Está claro que todo tiene que morir, pero hay gente que, mientras vive, tiende a construir su propia felicidad, y esos son eliminados. Pierden la batalla por la supervivencia, no soportan vivir según las reglas del sistema. Se van como vencidos, pero con la dignidad intacta, simplemente diciendo que se retiran porque no quieren este mundo.

Saramago en su Blog
El cuaderno de Saramago

"Nostalgia del Presente" de J. L. Borges




Nostalgia del presente

En aquel preciso momento el hombre se dijo:
Qué no daría yo por la dicha
de estar a tu lado en Islandia
bajo el gran día inmóvil
y de compartir el ahora
como se comparte la música
o el sabor de una fruta.
En aquel preciso momento
el hombre estaba junto a ella en Islandia


Los justos

Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire.
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso
ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
El tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le
agrada.
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto
canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
EI que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo

Jorge Luis Borges
La Cifra



Nota: La ilustración corresponde a la exposición fotográfica, "El Atlas de Borges", inaugurada en Madrid (España)el 28 de enero de 2008.

sábado, 23 de mayo de 2009

Descubriendo la vida...descubriendo mi alma





Un día me di cuenta que se me fue todo de las manos… que los espacios cambian, que los tiempos se acortan, que las ganas se gastan, que el agua desborda…


Me di cuenta que las miradas no miran, los oídos no escuchan, las palabras no siempre calman, pero a menudo ayudan… que las heridas perduran, a veces pequeñas y otras profundas… que el trayecto igual avanza y que la miel no alcanza…


Descubrí que quienes nos hacen, se deshacen… que todo al fin se desintegra… que poco vale y siempre algo queda… que hay caminos que no conducen a nada, pero igual seguimos con la cruel esperanza…


Me di cuenta que, muy a pesar del amor, existe el olvido… que en ocasiones no se consigue el alivio… que son las más las que no tienen sentido…


Un día supe que los que pasaron, siempre estarán en el alma… que los que quedaron, nos brindan la calma… y que a los que partieron, en algún momento, se los extraña…


Descubrí que las promesas son vanas, las verdades ajenas, las mentiras prestadas… que es más fácil decir adiós que pedir perdón… y más difícil aún desandar el camino pretendiendo calmar el dolor…


Un día me di cuenta que el paseo termina… que el viaje de vuelta es más corto… que nunca nos quedamos solos… que el tiempo, fiel compañero y cruel enemigo, corre a zancadas y no da respiro… que a veces se añora lo que se tuvo… siempre se necesita lo que no llega… nunca se tiene lo que no es de uno…


Un día descubrí que la meta es un punto invisible desde la partida… que en algunos pasos parece que se aleja y en otros parece que se achica…


Que la vida es un constante vaivén de tristezas y alegrías… que las cosas pasan, los recuerdos quedan… que las personas se marchan y los sentimientos dan pelea… que a veces no se repite, pero siempre se anhela…


Un día descubriré que todo lo vivido valió la pena…!!

Mariel Miraglia
30/04/2009

miércoles, 20 de mayo de 2009

Verte Sonreir


Porque no se quien sopla el viento
y quien ha escrito la verdad
porque se escapan los momentos
y ya no puedo regresar

Que mas puedo tener que tiempo
y mucho mas para aprender
pero sin ti no hay sentimientos
es como nunca amanecer

Que lindo es verte sonreír
no te he querido hacer sufrir
solo es que a veces tengo tantas cosas
en mi mente...

Que no me dejan ver
que vos estas aquí
protegiéndome, ayudándome
que lindo es verte sonreír

Nunca se pierde la esperanza
igual se vuelve a naufragar
solo tu abrazo a mi me alcanza
para vencer la oscuridad

Las heridas de la vida
las medallas y el honor
nada de eso justifica
si no puedo darte amor

Que lindo es verte sonreír
no te he querido hacer sufrir
solo es que a veces tengo tantas cosas
en mi mente...

Que no me dejan ver
que vos estas aquí
protegiéndome, ayudándome
que lindo es verte sonreír
que bueno es verte sonreír.

Alejandro Lerner

martes, 19 de mayo de 2009

Un poeta a la altura de lo que escribía

Mario Benedetti nos anticipó que somos mucho más que dos, que al fuego le debemos decir gracias y que el Sur también existe. Algunos opinan que es un gran poeta menor. Arrancó la poesía del libro y la emparentó con la música: consiguió la prodigiosa multiplicación de los otros panes. Un poema alado por la música llegará siempre más lejos que todo misil preventivo. Certero, llegará a cada corazón y sin daños colaterales.

A Benedetti lo conocí a través de varias entrevistas. Conservo su imagen de cordial farmacéutico, con su corbata siempre descentrada y metida bajo el cinturón. Como hombre, como ciudadano del mundo, siempre estuvo a la altura de lo que enarboló escribiendo. ¿De cuántos se puede decir esto? Así anda, así trastabilla el mundo.

La última vez que lo encontré, café de San Telmo mediante, le propuse hablar sobre la muerte. Apretó el ceño, se mordió el bigote perfectamente recortado, carraspeó. Temí que la pregunta quedara sumida en un silencio sin retorno. Poco considerado, lo apuré con otra entre jocosa y desmesurada: "Mario, ¿al menos podría decir de dónde venimos y adónde vamos?". Suspiró, sonrío apenas y siguió: "Demasiado sencilla la pregunta, ¿no? ¡Yo qué sé! Lo más fácil sería responder que venimos de la nada y vamos hacia la nada. Pero tampoco estoy seguro". "¿Hay algo que usted tenga por seguro?", le dije. "Sí: que no quiero ser olvidadizo y, menos, olvidador; que no debemos encogernos de hombros ante los 40.000 niños que sucumben diariamente en el purgatorio del hambre."

Vaya a saber uno por qué, siempre llueve cuando se viene la última despedida. Benedetti se puso el perramus sobre los hombros, subimos a un taxi y, sin que mediara pregunta, empezó a modelar su respuesta pendiente: "Lo importante es la voluntad de abrir caminos. Para uno y para los demás. Es no conformarse con los que abrieron otros, con las autopistas y avenidas ya abiertas. El abrecaminos abre un pequeño sendero, todavía rodeado de malezas. Es una manera de luchar contra la vejez, contra los años que se vienen. Se trata de tener respuestas vitales, aunque todos sabemos que tenemos el fin obligatorio. La muerte es inevitable, pero es injusta. Y no merecemos morir".

Las noticias nos dicen que Mario Benedetti ha muerto. El, con su porfiado luminoso enojo, sin trampear, ha desfondado la ley de las leyes. Hoy, la enojada es la muerte. Miles, millones de personas, están pronunciando los transparentes poemas de Mario, señal de que ella esta vez perdió la pulseada. La muerte no siempre se sale con la suya. Benedetti, en realidad, ahora respira de otra manera. No descansa en paz: descansa en solidaridad.


Rodolfo Braceli

En http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1129753

domingo, 17 de mayo de 2009

Partidas

Te dejo con tu vida
tu trabajo
tu gente
con tus puestas de sol
y tus amaneceres.

Sembrando tu confianza
te dejo junto al mundo
derrotando imposibles
segura sin seguro.

Te dejo frente al mar
descifrándote sola
sin mi pregunta a ciegas
sin mi respuesta rota.

Te dejo sin mis dudas
pobres y malheridas
sin mis inmadureces
sin mi veteranía.

Pero tampoco creas
a pie juntillas todo
no creas nunca creas
este falso abandono.

Estaré donde menos
lo esperes
por ejemplo
en un árbol añoso
de oscuros cabeceos.

Estaré en un lejano
horizonte sin horas
en la huella del tacto
en tu sombra y mi sombra.

Estaré repartido
en cuatro o cinco pibes
de esos que vos mirás
y enseguida te siguen.

Y ojalá pueda estar
de tu sueño en la red
esperando tus ojos
y mirándote.

Chau número tres

Mario Benedetti

1920 - 2009

"Cineclub" de David Gilmour

Un día, el crítico de cine David Gilmour notó que la abulia, las malas notas y el desconcierto amenazaban con desmoronar la vida educativa de su hijo. Entonces le propuso abandonar el colegio a cambio de sentarse a ver con él tres películas por semana. Cineclub (Mondadori) recoge de manera emocionante los meses de esa experiencia de cambiar pizarrón por pantalla para devolverle a su hijo el sentido de la vida.


ESA REVOLUCION LLAMADA BRANDO

Marlon y las mujeres

Por David Gilmour

Le puse Un tranvía llamado Deseo (1951). Le conté que, en 1948, un joven actor relativamente desconocido, Marlon Brando, hizo dedo desde Nueva York hasta la casa de Tennessee Williams en Provincetown, Massachusetts, con el fin de presentarse a la prueba para la producción de Broadway, y que encontró al célebre dramaturgo en un estado de terrible ansiedad. No había luz y los servicios estaban embozados. No había agua. Brando reparó la avería eléctrica colocando monedas detrás de los fusibles y luego se puso en cuatro patas y arregló las cañerías; una vez hecho eso, se secó las manos y entró en la sala de estar para leer las frases de Stanley Kowalski. Leyó durante unos treinta segundos, según se cuenta, antes de que Tennessee, que estaba medio borracho, le hiciera callar y dijera: “Está bien”, y lo mandara de vuelta a Nueva York con el papel.

¿Y su actuación? Hubo actores que dejaron la interpretación cuando vieron a Brando realizando Un tranvía... en Broadway en 1949. (Del mismo modo que a Virginia Woolf le entraron ganas de abandonar la escritura cuando leyó a Proust por primera vez.) Pero el estudio no quería que Brando participara de la película. Era demasiado joven. Hablaba entre dientes. Pero anteriormente su profesora de interpretación, Stella Adler, había hecho la fatídica predicción de que aquel “extraño mocoso” se convertiría en el mejor actor de su generación, lo que resultó ser cierto.

Años más tarde, los estudiantes que asistieron a talleres de interpretación con Brando recordaban sus costumbres poco ortodoxas, su capacidad para recitar un monólogo de Shakespeare boca abajo y hacerlo más auténtico y conmovedor que ningún otro actor.

–Un tranvía llamado Deseo –expliqué– fue la obra en la que dejaron que el genio saliera de la botella; literalmente, cambió todo el estilo de interpretación en Estados Unidos.

“Se notaba –dijo años más tarde Karl Malden, que interpretaba a Mitch en la producción original de Broadway–. El público quería a Brando; venían a ver a Brando; y cuando él no estaba en el escenario, se notaba que estaban esperando a que volviera.”

Me di cuenta de que estaba hablando en exceso de la película, de modo que me obligué a callarme.

–Está bien –dije a Jesse–, hoy vas a ver algo importante. Abróchate el cinturón.

A veces sonaba el teléfono; temía esos momentos. Si se trataba de Rebecca Ng, el ambiente se hacía pedazos como si un gamberro hubiera lanzado una piedra por la ventana. Una tarde –era un día caluroso de finales de agosto–, Jesse desapareció para atender una llamada en mitad de Una Eva y dos Adanes (1959); estuvo fuera veinte minutos y cuando volvió estaba distraído y triste. Volví a poner la película, pero era perfectamente consciente de que él no estaba en la realidad. Había fijado los ojos en la pantalla de televisión como una especie de ancla para que sus agitados pensamientos sobre Rebecca pudieran discurrir libremente.

Apagué de golpe el DVD.

–¿Sabes, Jesse? Estas películas se hicieron con mucho amor y dedicación. Estaban pensadas para ser vistas de un tirón, de tal forma que una escena desembocara en otra. Así que voy a dictar una norma. De ahora en adelante, nada de llamadas de teléfono durante la película. Es irrespetuoso y desagradable.

–Ok –dijo él.

–Ni siquiera miraremos el número cuando aparezca, ¿está bien?

–Ok, está bien.

Volvió a sonar el teléfono. (Incluso en el secundario, Rebecca parecía percibir cuándo la atención de Jesse estaba en otra parte.)

–Más vale que atiendas. Por lo menos esta vez.

–Estoy con mi padre –susurró–. Ya te llamaré.

Un zumbido parecido al de un pequeño avispón atrapado dentro del auricular.

–Estoy con mi padre –repitió.

Colgó el teléfono.

–¿Qué pasa?

–Nada.

Entonces, lanzando un suspiro de irritación, como si hubiera estado conteniendo el aliento, dijo:

–Rebecca siempre elige los momentos más raros para hablar de las cosas. Por un momento, me pareció ver que sus ojos se llenaban de lágrimas.

–¿Qué cosas?

–Nuestra relación.

Volvimos a la película, pero yo notaba que él no estaba allí. Estaba viendo otra película: las cosas terribles que Rebecca iba a hacer porque la había cabreado por teléfono. Apagué la televisión. El me miró sorprendido, como si hubiera hecho algo malo.

–Una vez tuve una novia –dije–. Sólo hablábamos de nuestra relación. Es lo que hacíamos en lugar de tener una. Se vuelve muy aburrido. Llámala. Acláralo.


Este es el link para leer la nota completa
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-5305-2009-05-17.html