miércoles, 5 de septiembre de 2012

Recomendación 3 / Gesualdo Bufalino


 Miré a Marta. Yacía con la sábana sobre los ojos: ajena o ausente. Y entonces volví a tenderme a su lado, me adormecí, en el duermevela sentí que se incorpó un momento para toser; luego se inclinó sobre mí con un asma materna, como si quisiera decirme algo y no se atreviera, mientras era claro que no tenía otra opción, era la última carta que le quedaba. 
Soporté en la frente ese aliento como un tibio, rápido saqueo que, aunque me sobresaltó un poco, no fue suficiente para sacarme del fondo del abismo donde me miraba fijamente un viejo en primer plano; un serpentario de arrugas entre los dos bordes de la solapa; y me hacía señas de que me fuera, se agachaba para recoger con mano indolente una piedra a sus pies. “¿Quién eres, qué quieres?” le pregunté mentalmente, mientras que, sin esperar a que me contestara, volví a abrir los ojos, recuperaba mi nombre, mi peso, mi tiempo, mi volumen de aire en el cuarto. Pero la música pronunciaba sus últimos acordes, por lo tanto no había pasado más de un minuto. 
Ahora ella se había puesto de nuevo bocarriba y miraba con insistencia a un punto al pie de sus sábanas donde en un roto de la tela se veía puerilmente su dedo gordo como de cera, única desnudez visible, además de la cara y el cuello y los brazos abiertos en cruz. 
–Besémonos en la boca sin miedo –dijo enseguida–. Podemos hacerlo. 
Pero yo apenas me apreté más contra ella, insinué una mano sobre su piel, busqué la lana de la ingle, las tímidas prominencias del regazo y del seno, como buscando el camino para hacer salir de su madriguera la almendra del mal que allí se escondía. 
–Hacía mucho tiempo que no me tocaba un hombre. Sólo recuerdo la oreja fría sobre mis costillas, la mañana que llegué a la Rocca. 
¿Decía la verdad? ¿Se había mantenido apartada de los hombres durante todos estos meses, ella que, en verdad, se había entregado a mí apáticamente? Dudé en creerle, pero no me detuve mucho a pensarlo, ahora que parecía decidida a hablar y me sentía tan dispuesto a escucharla. 
Me encontraba en ese estado de lasitud y confianza en los sentidos que sucede al abrazo amoroso, cuando se desea seguir en una barca el lento flujo de un río, sintiendo cómo se debilitan poco a poco bajo la camisa las intemperancias del corazón. Y me gustaba dejarme cautivar por la lisonja de su voz, no obstante el lugar me pareciera penoso, tan lleno como estaba de extrañas presencias, de tocadores de madera ordinaria, muy añejos, de espejos con imágenes rufianas, de sillas de esparto trenzado, donde nuestros vestidos amontonados se agitaban al viento de un ventilador, como si quisieran simular la silueta de un espantapájaros, aspaventando en medio del campo. 
–Por ello –dijo Marta– he salido contigo esta tarde. Tras tantas caricias de viejo, quería abandonar el mundo con el recuerdo de una caricia de joven sobre mí. 
Pobre de mí, no se cuidaba mucho de no contradecirse. Pero yo, como hacía poco había dudado para mis adentros de su declaración de antigua abstinencia, tampoco ahora me sorprendió oírla admitir, aunque en forma enigmática, lo que ya había supuesto desde el inicio: que había estado con el Magro, por debilidad o especulación, en aquel camastro del pabellón o en otro lugar... Y bien, no me importaba. Ya nada me importaba de la Rocca, ni de mis penosos compañeros, todos con la cabeza en el cepo, a la espera, o dedicados, con cuchillas y ligas, a intentar rudimentarios suicidios en las letrinas. Ni de él, de aquel tuerto e iracundo Geronte, un anti Papa con tiara de ceniza, anidado en el vientre de la Rocca, como sus cultivos de gérmenes en compotas de gelatina. Más bien, la idea de haberlo quizás traicionado me produjo un sobresalto de satisfacción, mientras pasaba despacio la mano por el pelo tan corto de Marta. 


Gesualdo Bufalino
"La perorata del apestado", Editorial Anagrama.

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