domingo, 14 de febrero de 2010

En tu homenaje

Queen Fue un grupo que vino al País memorable Cuando Estaba en el pico máximo de su rendimiento. No como pasó con los Doors-que en realidad los Doos Fueron, ya que sólo Estaban dos miembros originales-y otras tantas bandas que arribaron en el crepúsculo.


Siempre me gustaron los títulos de los discos de Queen: Una noche en la ópera o Un día en las carreras, por ejemplo. En Función De Estos títulos es que quiero contar una nueva aventura para ver si Algún grupo de rock argento la encuentra interesante como para denominar un álbum. Se llamaría Un día en la cancha y me gustaría que el grupo de rock no fuera un engendro del tipo de Los Piojos-falsete Con ese insufrible barrial Berreta-sino algo más GLAMOROSO, agrandando la ONU cercano Mars Volta ya apuesta. Empezó la cosa así: jugaban Vélez, de local, mi club y del alma, San Lorenzo de Almagro. Mi viejo me había estado avisando toda la semana que PENSABA Seriamente en viajar a Liniers para dar el presente una Pesar De qué se consideraba este un partido riesgoso-habían matado A UN hincha de Vélez en el partido de ida-y en una cancha alejada Y Que siempre Fue hostil para el Ciclón. Como mi viejo tiene 80 años y me daba miedo dejarlo ir solo, le dije que lo Iba a acompañar, pero que, por seguridad, no se llevara ni banderas ni corbatas ni nada con los colores del campeón. Me dijo que me quedara tranquilo. Quedamos a las dos en la estación de Caballito, para tomar el Expreso del Oeste que nos iba a dejar en Liniers. Como estaba haciendo tiempo antes y llegaba, me metí en una librería por 15 pesos y conseguí un libro de Sándor Márai. Hasta ese entonces nunca había ido con un libro a la cancha, pero esto Iba a ser lo de menos. Mi viejo Apareció en la estación íntegramente vestido con un equipo de gimnasia del club. Empezamos a discutir y amagué por primera vez en la tarde en no ir al partido. El se empecinó ya regañadientes entré en el tren repleto Que Nos Llevaba, tal vez, una una muerte segura. Cuando llegamos a la cancha, quedamos encerrados entre un acceso a la cancha-que tardaban en Habilitar-y las vías del tren. A los costados, los caballos nerviosos de la Policía nos empujaban hacia el centro. Vino mi segundo intento de irme. Pero mi viejo me dijo que ya entrábamos, que faltaba poco, que aguantáramos. Cuando se abrieron las puertas, en el cacheo, un Policía Amablemente me dijo que escondiera el libro bajo mi campera, Porque si no los controles me lo iban sacar una. Mi viejo, venia que hace, le gritó: "¡Qué le querés sacar el libro al pibe! ¡No ves que no hace nada!". Le pedí al Policía que detuviera a lo por favor, que se lo llevara porque me Estaba quemando la cabeza desde temprano. Esto le causo gracia y nos dejó pasar. Ya en la cancha, nos subimos bien alto en la popular y Mientras pasaban los minutos para que empezara el partido, la tribuna se fue Llenando hasta que no Cabia ni un alfiler. Parecíamos un dibujo de Escher, cada cuerpo era de la Continuidad del otro. Estratégicamente, yo estaba parado Frente a un paraavalancha y mi viejo Estaba Debajo de mí, alcance al de un manotazo. Seguia entrando más y más gente y me agarro claustrofobia. Le dije a mi viejo que me iba. Tenía las manos sudadas y el pecho, me faltaba el aire. Mi viejo, ya convertido en un mandril de ochenta años con el culo rojo, me gritó: "Espera, espera, ya no entra nadie más. Hoy ¡Mira que si ganamos quedamos punteros, eh!". Estábamos a presión, casi no tocábamos el piso con los pies. Entonces escucho que alguien, Detrás de mí, dice: "¡Ahí viene la hinchada!". Casi me vuelvo loco. Por una de las puertas de abajo Hacía su irrupción la gloriosa de Boedo con banderas y pitos y paraguas. Por física Cuestión Una, la gente que cobraba Empezó a salir Disparada como si fueran jabones que se escapaban de las manos. Se iban contra el alambrado como fuegos artificiales. Piuff, piuff. Me agarré del paraavalanchas y agarré a mi viejo. Logramos resistir la presión. Empezó el partido. Fue cero a cero el primer tiempo y casi todo el segundo. Yo rezaba para que saliéramos así, ya que era un gol nuestro Garantía de una avalancha letal. Cuando faltaban dos minutos, Romeo la embocó y vino el momento tan temido. Estallo la tribuna y como si alguien hubiera apretado el botón de un inodoro de gente, mi viejo Se perdió en el Maremagnum. Quise manotearlo pero la ola se lo había llevado. Quedé paralizado. Pero de golpe el movimiento sísmico de cuerpos, Respetando una ley algebraica de flujo y reflujo, lo traia de vuelta. Frente a mi estupor, Estaba ahí, Viniendo hacia mí a la cabeza de la ola de monos, con algo en la mano. ¡Era un alfajor que se había encontrado en el camino! "Agarra, agarra", me decía pasándomelo, como Dios hace con Miguel Ángel en los techos de la Capilla Sixtina.

Por Fabián Casas *
En el Suplemento Radar de Página/12
 
 
* Escritor argentino, "Ocio" (su novela publicada en el año 2000), "Ensayos bonsai" (del año 2007) y, su última incursión, "Los Lemmings y otros" es de lo más recomendable es narrativa. También se destaca por su obra poética.

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